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CRONWELL JARA entrevistado por Frank Otero Luque

Frank Otero Luque

Argentina



«Las palabras brotan como de una cascada y me inundan»
 
 Es la tarde del jueves 10 de febrero de 2005. Coincidentemente, hoy es el
cumpleaños de Guillermo Vera, un amigo común que nos une a través de la Casa Museo
José Carlos Mariátegui, donde Cronwell ha sido mi maestro en el Taller de Cuentos
que dirige. 
 
 Estamos reunidos en mi casa, en Surco. No ha sido fácil lograr que Cronwell me
conceda una entrevista; a él no le gustan «esas cosas». Creo que ha pesado el hecho
de haber sido su alumno.
 
 —¿Cuál de tus libros es el preferido?
 —Todos son mis favoritos. No hay un libro mío del que me arrepienta haber
escrito. Pero si me obligan a ser más estricto, son cuatro: Las huellas del puma,
por los cuentos Hueso duro, La Luna y el arco iris, y La fuga de Agamenón Castro;
Babá Osaím, en la reciente edición de la editorial San Marcos; así como la antología
Fraicico, el esclavo sobre el toro ensillado, por los cuentos Montacerdos, Agnus Dei
y Piedra de Sacrificio. Y no puedo dejar de lado mi trabajo mayor: la novela
Patíbulo para un caballo.
 
 —¿Cuál consideras que es el mejor cuento que hayas realizado?
 —Decididamente, son varios: Montacerdos, en la reedición chilena del año 2004,
Hueso Duro, Agnus Dei, Piedra de sacrificio, Cabeza de Nube y las trampas del
destierro, y Fraicico, entre otros que tengo inéditos.
 
 —Háblanos un poco sobre la trama de Montacerdos.
 —Es el drama de mamá Griselda y los pequeños Yococo y Maruja, contada desde la
perspectiva de esta última, quien era la única cuerda. Al instalarse en una
barriada, los vecinos —quienes también eran invasores en aquel lugar— los repudian,
pero ellos luchan para sobrevivir en ese inhóspito medio. 
 
 —¿Cuáles son los valores humanos que presentas?
 —Por ejemplo, en medio de su extrema pobreza, la madre loca nunca descuida a
sus hijos; siempre se preocupa de su alimentación, llegando incluso, en determinado
momento, a cazar ratas para procurarles algo de comer. En estos extremos difíciles,
ella demuestra ternura y lucha por la integridad de su familia, en oposición a la
hostilidad y violencia del entorno.
 
—¿Cuáles son las miserias humanas que subrayas?
 —La insensibilidad de la directiva del barrio, la prepotencia del marido de
doña Juana, quien prácticamente viola a Griselda, provocándole luego el aborto, la
muerte y la subsiguiente desintegración de la familia.
 
 —¿Por qué sería un placer leer algo tan sórdido?
 —Por la calidad de la escritura, como ocurre en la gran literatura de
Lautreamon o de Rimbaud (disculpa la comparación). En contraste a ese mundo sórdido,
el cuento está escrito con un sostenido tono poético y mantiene un ritmo adecuado a
ese tono. En consecuencia, gusta por la eufonía. Por eso, este cuento fue
considerado por el diario El Mercurio como una de las mejores obras publicadas en
Chile en el año 2004.
 
 —¿Crees que al lector le provoque abrazar y besar a ese niño sucio y enfermo que
era Yococo?
 —A muy poca gente se le ocurriría besar a un mendigo en la calle. Bueno, Yococo
no era mendigo sino palomilla. En todo caso, a nosotros, que no estamos sucios ni
enfermos, tampoco ningún desconocido nos besaría en la calle.
 
 —Ese personaje me inspiró mucha ternura, pero a la vez rechazo por su aspecto;
especialmente por la herida sempiterna que tenía en el cráneo.
 —¿Sabes que Yococo existió? Y la realidad, tú sabes, suele ser más sórdida y
grosera que cualquier fantasía literaria.
 
 —Precisamente la siguiente pregunta es: ¿cuál fue tu fuente de inspiración para
un personaje tan bien logrado?
 —Yococo fue real. Y es verdad, verlo era un asco y a la vez conmovía. Pero
tenía virtudes. Vivió entre los años 1958 y 1965
 
 —¡Murió muy joven!
 —Sí, en un accidente: lo aplastaron unos caballos de la policía. Cuando me
enteré, sentí una profunda nostalgia y recordé sus mataperradas y su carácter alegre
y juguetón, a pesar de sus grandes necesidades y carencias. Su madre falleció
después, creo que a consecuencia de un aborto. Y con respecto a la herida infectada,
también fue real. Mi padre, que era jefe de enfermeros del Hospital Militar, se la
curó. La primera vez, a una solicitud de mi viejo, yo lo llevé a mi casa, con
engaños, pero después él mismo llegaba de buena gana y salía contento con su venda
en la cabeza. Finalmente, sanó después de varias sesiones.
 
 —¿Por qué recalcas que la edición chilena de Montacerdos es uno de tus mejores
cuentos? ¿Qué pasó con las ediciones anteriores?
 —Porque en la antología Fraicico, debido a un error, la versión publicada no
era la definitiva sino una que estaba en proceso de corrección. Y en la primera
edición, hay exceso de un tono populachero, jerguero; era como una escultura en
bruto. 
 
 —¿Por qué Cabeza de Nube es otro de tus cuentos favoritos, además de
Montacerdos?
 —Cabeza de Nube, en Fraicico. Es una referencia muy cercana y ceñida a mi
niñez. Incluye los recuerdos mágicos y maravillosos propios de la fantasía y
realidad de mi infancia, cuando mi padre se desvivía en su afán por migrar a Lima.
Llega a plasmar un drama muy conmovedor, en el cual el rencor, la violencia de los
perros como la de los niños y la visión poética del protagonista que narra la
historia se conllevan en una atmósfera de mucha poesía y ternura.
 
 —¿Cuál es tu mayor fuente de inspiración?
 —El amor y el sentimiento de fugacidad de la vida.
 
 —¿Crees en otra vidas?
 —Aquí están mi paraíso y mi infierno.
 
 —Entonces, ¿para qué trascender a través de la escritura?
 —Tal vez para seguir viviendo en cada una de mis historias.
 
 —¿Cuál sería tu receta para escribir un buen cuento?
 —Iniciarlo con una acción dramática o con una frase reflexiva que exprese un
conflicto.
 
 —¿No hay cuento sin drama?
 —En la literatura universal, no existe un solo cuento clásico sin drama.
 
 —Pero debe haber algún cuento feliz.
 —Si hubiese un protagonista feliz, para que el cuento sea bueno deberá
contener, auque sea de modo subrepticio o secreto, un gran drama que contraste con
esa alegría.
 
 —Continúa, por favor, con tu receta para hacer un buen cuento.
 —Bueno. A partir del inicio que te mencioné, de ahí en adelante se debe
sostener la historia y el drama que acontece en ella, tratando de no perder el tono
emocional, la tensión dramática ni el suspenso. Para ello, uno debe ceñirse a las
acciones propias de ese drama e intentar darle un phatos —una especie de fiebre, de
delirio y de absurdo— a todo lo que se presenta en el escenario de los hechos. De
otro lado, intento decir algo nuevo para no repetir lo que han dicho otros y,
párrafo a párrafo, trato de sorprender al lector con algo interesante. Es necesario
esforzarse para crear personajes insólitos y especialmente cautivantes, y esmerarse
en sorprender al lector con un final inesperado o de suspenso. Los finales triviales
o neutros me parecen carentes de imaginación o de cierta dosis de falta de ingenio.
 
 —¿Cómo concibes, cómo creas el argumento?
 —A partir de un sentimiento o idea deslumbrante, de algo que me maravilla y
cautiva, y se vuelve una deleitosa obsesión en mí.
 
 —¿Qué nos dices sobre el tratamiento del lenguaje?
 —Busco de modo febril y obseso la eufonía, pegada a un tono poético y a un gran
sentimiento en todo lo que se dice, y trato de no perder el ritmo, una armonía, una
musicalidad especial. Como un músico con su obra.
 
 —Háblanos sobre tu experiencia como docente.
 —Es lo mejor que me ha pasado en la vida, además de escribir. Todo lo que digo
en un taller de narrativa me sirve para reflexionar sobre el proceso de la
escritura, qué actitud tomar al enfrentar un tema, cómo desarrollarlo, cómo crear el
argumento y, a partir de ahí, cómo inventar un tono emocional e ir creando uno y
otro personaje, sin perder jamás la perspectiva esencial del cuento: la inexorable
necesidad de crear situaciones dramáticas. No hay buena descripción que valga si no
está sometida a un drama.
 
 —¿Cuál es el dolor más grande que hayas tenido?
 —La muerte de mi padre, en el 2001, y la de mi abuela Ruperta Calle Carnero, en
1993. Me dejaron un vacío enorme, un pesar sin consuelo.
 
 —¿Experimentas el trillado «desafío de la página en blanco»?
 —Para mí, representa a la novia que llega virgen a la primera noche de bodas.
¿Cómo no querer desnudarla para darle mi vida, mi espíritu y reproducirme con ella?
¿Y cómo no hacer el amor, desesperadamente, a mordiscos, con uñas y todo, con el ser
que más amo?
 
 —¿Por qué has publicado tan poca poesía?
 —Después de publicar "Colina de los helechos", he escrito un turbión de poemas,
que me vino desde el 2001. Son alrededor de 600 poemas distribuidos en 5 poemarios
inéditos.
 
 —¿Ya tienen título?
 —Las letanías del ocio, Poesía en sartén de palo, Las cucarachas bailan mambo,
Dinosaurio azul (antología) y Manifiesto del ocio, además de Poemas para niños
prohibidos y poemas prohibidos para niños. Este último es un poemario infantil, en
tono de jodas, contestatarios, malditos, pero también indagadores, «inteligentotes»;
un libro donde el primer poema se intitula «Mamá, ¿por qué no te mueres?».
 
 —¿Te resulta más fácil escribir un cuento o un poema?
 —Cuando estoy en vena, los dos son iguales. Las palabras brotan como de una
cascada y me inundan. Nacen de una enorme, ineludible necesidad de comunicar, amar,
como de un temor y de una infinidad de vacíos.
 
 —¿A qué autores peruanos contemporáneos admiras?
 —A Julio Ramón Ribeyro, Enrique López Albújar, José María Arguedas, Ciro
Alegría, Manuel Beingolea, José Diez Canseco, Eleodoro Vargas Vicuña, a Cecilia
Granadino, por supuesto; a Guillermo Niño de Guzmán (por Caballos de media noche),
Mario Bellatín (por Salón de Belleza), a Antonio Gálvez Ronceros (por Monólogo desde
las tinieblas), a Gregorio Martínez (por Canto de Sirenas) y a José Antonio Bravo
(por Barrio de broncas). Y, por supuesto, admiro las obras de mi paisano Miguel
Gutiérrez.
 
 —A Cecilia Granadino, por supuesto...
 —¡Sí, claro! Independientemente de apreciar su altísima calidad como escritora,
ella es mi compañera, mi complemento, mi gran amiga. Somos como hermanos, como hijos
de un mismo padre ya muerto. Y tratamos de convivir, de compartir viajes y
literatura para consolarnos.
 
 —¿A qué poetas admiras?
 —A César Vallejo, César Moro, Carlos Oquendo de Amat, Juan Ojeda, Martín Adán,
Jorge Eduardo Eielson, Tulio Mora, Enrique Verástegui, Abelardo Sánchez de León,
Marita Troiano, Rosella di Paolo, Marcos Martos, Elvira Ordóñez, Catalina Bustamante
y Alberto Alarcón. Y en idioma portugués, a Fernando Pessoa, Carlos Drummond de
Andrade y Vinicius de Moraes. 
 
 —¿Qué opinas de Pablo Neruda?
 —Ah, bueno. Me quedo con Residencias de la tierra, con las Odas elementales y
con Veinte poemas de amor y una canción desesperada.
 
 —¿Otros latinoamericanos?
 —En narrativa, a Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez,
Jorge Amado y Julio Cortázar. Y no latinoamericanos: a Franz Kafka, Patrick Suskind,
Milan Kundera, William Faulkner, Ernest Hemingway, Raymond Carver, Charles Bukowski.

 
 —¡Hum! ¿Carpentier y García Márquez?
 —Sí. Lo Real Maravilloso versus Realismo Mágico.
 
 —¿A qué te refieres con lo Real Maravilloso?
 —Según Carpentier, lo real maravilloso se logra mediante el choque de lo nativo
—nuestra idiosincrasia, nuestros mitos, la música, el paisaje, la arquitectura y los
objetos en general— con elementos europeos, extraños y exóticos. Imagina un castillo
medieval entre las palmeras del Caribe, por ejemplo. Ese contraste le otorga al
paisaje un aire de extrañeza y de fábula. A eso Carpentier llama lo Real
Maravilloso. 
 
 —¿Qué hace que un clásico sea un clásico?
 —Su capacidad de seducir al lector así hayan pasado siglos. Los clásicos se
siguen leyendo con el mismo fervor y regocijo de una obra reciente y fresca. En
ellos hay palpitación, vida, pasión e incógnita ante el destino; predomina la magia
y el misterio. En ellos se dan las grandes interrogantes sobre el amor y la muerte,
y el destino del hombre y las sociedades en este lastimoso planeta. Eso me pasa, por
ejemplo, con La Eneida, La Odisea, Edipo Rey, Hamlet o El Quijote.
 
 —¿Por qué Cien años de soledad es un clásico contemporáneo?
 —Porque implica una historia hondamente maravillosa. En el fondo, es el símbolo
de la tragedia de las naciones americanas, hecha de guerras absurdas, de tiranos
mediocres, con muertes inútiles, que nos hacer merecedores del calificativo de
ciudadanos del Tercer Mundo. De otro lado, «Habla de tu aldea y serás universal»,
como decía Lao Tse. Y Macondo, aunque inventada, es una aldea colombiana, porque se
la siente así, auténtica, original, y de ahí que sea universal. Sin embargo, Cien
años de soledad no sería nada sin la prosa poética de Gabo, que deslumbra y fascina;
tanto así que mereció el Premio Nóbel. 
 
 —¿Cómo defines el Realismo Mágico?
 —Es una corriente literaria que tiene la tendencia a crear historias a partir
de un enorme sentimiento religioso y mítico milenario, nativo, andino. Es lo que nos
ofrece José María Arguedas.
 
 —¿Te sientes un escritor comprendido por el medio?
 —No, en absoluto. Tengo muy pocos lectores. Menos admiradores. Y sólo existe un
excelente crítico literario que me rescata de ser un total desconocido: Ricardo
González Vigil. Es quien mejor conoce mi literatura. Y debo de agradecerle siempre.
 
 —¿Por qué crees que el medio no te comprende?
 —Habría que preguntarle a los lectores peruanos. Tal vez porque mi literatura
no es masiva. Y porque en este país, la gran mayoría de gente no lee o no sabe
leer; no ha sido educada para hacerlo. Por el contrario, sí lo ha sido, por ejemplo,
para el pésimo fútbol o para receptar las pésimas telenovelas. 
 
 —¿Con qué escritores te identificarías en esa incomprensión?
 —Con César Vallejo, Eleodoro Vargas Vicuña, o con Julio Ramón Ribeyro, a quien
sólo se le valoró hacia el final de su vida. En mi caso, sé que escribo para el
futuro, para cuando ya me haya ido. Porque sé, después de todo, que a los peruanos
les gusta admirar a sus artistas cuando están muertos. Ahí se les pone hasta
estatuas. Su amor es necrológico, como lo es por Vallejo o Arguedas. Algo así podría
pasar conmigo, sobre todo si no me desvivo por crearme una propaganda, o hacerme
autohomenajes. Los «chocanos» abundan, pagan para que los llenen de honores, pagan
para que los entrevisten, los aplaudan.
 
 —Imagínate como el sobreviviente en una isla solitaria de un barco que ha
naufragado. Tuviste la posibilidad de salvar un libro, una pieza musical y un
cuadro. ¿Cuáles serían?
 —El Quijote de La Mancha, de Cervantes; las fugas para teclado, de Händel; y El
jardín de las delicias, de Jerónimo Bosch.
 
 —¿Y si fueran obras peruanas?
 —Los poemas completos de César Vallejo y de José María Arguedas, las
composiciones de Daniel Alomías Robles, y Mamacha con palomas o Los funerales de la
Santa, de Teófilo Castillo.
 
 —¿Cuál es la peor desgracia —no necesariamente dolor, como en el caso de la
muerte de tu padre y de tu abuela— que hayas tenido en la vida?
 —Tiene un nombre de mujer que no voy a decir.
 
 —¿Y la satisfacción más grande?
 —Tiene un nombre de mujer que tampoco voy a decir.
 
 
RESEÑA BIOGRÁFICA
 
CRONWELL JORGE JARA JIMÉNEZ nació en Piura, Perú, el 26 de julio de 1950. Hijo de
Cronwell Isaías Jara y Carmela Jiménez Calle. El tercero de cuatro hermanos. La
primera falleció a los meses de nacida. 
 
En 1955, se trasladó con su familia a Lima, específicamente al barrio Mariscal
Castilla, del distrito del Rímac. Colaboró en la construcción de su escuela fiscal
4523, en primaria, y luego pasó a la Gran Unidad Escolar Ricardo Bentín, donde
concluyó su educación secundaria en 1968. 
 
En 1971, ingresó a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) para estudiar
literatura, egresando como bachiller en 1982. Se licenció en el 2001 con la tesis
"Propuesta metodológica para la escritura de cuentos para niños. Manual y método". 
 
En 1979, fue galardonado con el primer puesto en el concurso "José María Arguedas",
promovido por el Instituto Peruano—Japonés, con el cuento Hueso duro. Ese mismo
año, obtuvo el primer puesto en el concurso de cuentos para TV, organizado por
ENRAD—PERU, con El rey momo Lorenzo se venga, y se hizo acreedor a una mención
honrosa en el Premio Copé de Cuento, con Quién mató a Herminio Rojas. 
 
De 1980 a 1983, trabajó en el departamento editorial del Instituto Nacional de Cultura
 
En 1983, representó al Perú en el Encuentro de Jóvenes Artistas Latinoamericanos,
organizado por Casa de las Américas, en La Habana. 
 
De 1983 a 1985 hizo, escribió guiones para cine (Asalto al tren más alto del mundo,
Petizos; y Froylán Alama). Asimismo, corrigió los guiones de las películas El mundo
de los Chapis (dirección de Juan Carlos Torrico y edición de María Ruiz) y La boca
del lobo (producción de Stefan Kaspar).
 
En 1985 obtuvo dos menciones honrosas: una en el concurso de novela convocado por
ECASA y otra en el concurso El cuento de las 1,000 palabras, de la revista Caretas.
Asimismo, ganó el Primer Premio Copé de Cuento, con La fuga de Agamenón Castro.
 
Desde 1985, viene recorriendo el Perú con su Taller Itinerante de Narrativa Breve,
invitado por diversas universidades e instituciones culturales. 
 
En 1987, viajó a Brasil para especializarse en guiones de telenovelas, con el
maestro Aguinaldo Silva.
 
En 1991, integró el prestigioso jurado del Premio Casa de las Américas, en el género
de novela. 
 
De 1992 a 1994, ocupó la vicepresidencia de la Asociación Nacional de Escritores y
Artistas (ANEA). 
 
En 1993, participó en el simposio Literatura Peruana Hoy, en Alemania, donde
presentó la ponencia: Visión de la violencia en dos novelas peruanas (Final del
Porvenir, de Augusto Higa; y Los verdes años del billar, de Roberto Reyes Tarazona).
 
De 1995 a 1997, integró la directiva nacional de la Asociación Peruana de Literatura
Infantil y Juvenil, y dirigió el taller de narrativa de la Universidad de Lima.
 
Desde 1995 hasta la actualidad, dicta el taller de narrativa y poesía en la
Universidad Nacional Federico Villarreal.
 
Desde el año 2002, dirige los talleres de cuentos en la Casa Museo José Carlos
Mariátegui.
 
Además de publicar en idioma español, sus obras ha integrando antologías en otros
idiomas (inglés, francés, alemán, italiano y sueco) y han sido elogiadas por la
crítica especializada.
 
 
Obras publicadas:
 
01. Hueso duro. Cuentos, 1980 (Presentado por Antonio Cornejo Polar)
02. Montacerdos. Novela breve, 1981
03. Las huellas del puma. Cuentos, 1986
04. El asno que voló a la luna. Cuentos infantiles, 1987
05. Patíbulo para un caballo. Novela, 1989
06. Montacerdos y otros cuentos, 1990
07. Barranzuelo, un rey africano en el Paititi . Cuentos, 1990
08. Don Rómulo Ramírez, cazador de cóndores. Cuentos, 1990
09. Colina de los helechos. Poemario, 1992
10. Agnus Dei. Cuentos, 1994 (Presentado por Jean Marie Le Forgere)
11. Las ranas embajadoras de la lluvia — Cuatro aproximaciones a la Isla Taquile
 (en coedición con Cecilia Granadino), 96 relatos, Ediciones Minka, 1995
12. INTIKA . Poema mítico, 1995
13. La hormiga que quería ser escritora. Cuento infantil, 1996
14. Cutí, la niña que quería la Luna. Cuento infantil, 1996
15. El espantapájaros y la casita del libro. Cuento infantil, 1996
16. El creador del mundo visita Motupe. Cuento infantil, 1996
17. Babá Osaín, cimarrón, ora por la santa muerta. 46 relatos, 1990
 (Reeditado en 2003)
18. Fraicico, el esclavo sobre el toro ensillado. Antología de cuentos,
 Editorial San Marcos, 2003
19. Arte de cazar dragones — Manual y método para escribir cuentos para niños.
 Editorial San Marcos, 2003
 
 
http://www.geocities.com/foterografia/conrwelljaraentrevista.html
 
http://www.geocities.com/foterografia/cronwelljarabiografia.html

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