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EL MASAJISTA

Antonio Nadal Pería



Después del trabajo de la mañana acudía al gimnasio, hacía ejercicio durante una hora, se duchaba, le daban un masaje y tras unos minutos de reposo en la camilla comía algo en la cafetería del local. El masaje lo solía dar una mujer, pero un día faltó y ocupó su lugar un hombre. A ella le gustó el cambio. Era más joven que ella y fuerte. A diferencia de la otra masajista, no hablaba durante su trabajo y se concentraba en sus movimientos. Le masajeó la espalda y las piernas con verdadera eficacia mientras se tapaba el resto del cuerpo con una toalla. Le preguntó si seguiría en el gimnasio, pues lo prefería a la otra masajista. "No depende de mí", le dijo. "Si depende de mí no faltarás", dijo ella. Durante la comida coincidió con uno de los dueños del gimnasio y se interesó por el nuevo masajista. "La masajista no puede venir en un temporada. Operan a su hija y quiere cuidarla", le informó. "Yo quiero a ese masajista y no sólo por una temporada", replicó ella. "Lo tendremos en cuenta, siempre se puede acordar con él unas horas si hay otros clientes que lo prefieren".
Ella le habló a su marido del nuevo masajista durante la cena en casa. "Nada que ver la energía que despide con la suavidad de la masajista", comentó. "Es más relajante con él", añadió. "Es decir, que te ha encantado", observó el marido. "Sí, y me gustaría invitarle a nuestra casa de la montaña un fin de semana para que me dé masajes. Ya sabes lo cansada que termino con las caminatas. Así lo conoces y opinas". "¿Importa lo que opine yo?". Ella no contestó.
Al día siguiente se lo propuso al nuevo masajista. "Me gustaría, si no hay inconveniente por parte de nadie". "Por supuesto que te pagaré por tus servicios", aclaró ella.
Cuatro días después subieron los tres a la casa de la montaña del matrimonio. El masajista habló poco durante el trayecto, pero contestó amablemente a las preguntas del marido y de su mujer relacionadas con su vida y su trabajo.
Llegaron al anochecer, cenaron, tomaron unas copas en la terraza y se acostaron un poco tarde. Por la mañana, mientras ella preparaba el desayuno, apareció el masajista en la cocina. "Voy a subir un monte y luego me gustaría bañarme y que me dieras un masaje. En el ático tenemos la bañera, la sauna y una camilla. ¿Quieres acompañarme en la excursión?", propuso ella. Ante la indecisión de él, la mujer le dijo que su marido se quedaba en la casa, trabajando en su despacho, pues tenía una lesión en una rodilla. "Tiene que corregir muchos exámenes", informó. El masajista aceptó la proposición. Caminaron durante dos horas, él detrás de ella. "¿Nunca se cansa?", le preguntó en un momento en que se detuvieron para beber agua de una cantimplora. "No, contestó ella, pero cuando termino la excursión me duele la espalda y las piernas. Por eso te pedí que vinieras con nosotros". "Pues estoy dispuesto para cumplir con mi trabajo".
Cuando regresaron a la casa, el marido se encontraba leyendo un libro voluminoso, sentado en un banco pegado a la fachada, a la sombra. Tenía una lata de cerveza a su lado. Unos perros del pueblo merodeaban por allí. "Nos vamos dentro, querido", dijo ella.
"Te puedes duchar en el baño de abajo, le dijo al masajista, y luego subes al ático. Déjame treinta minutos. Te estaré esperando para el masaje".
Cuando subió al ático por unas empinadas escaleras, encontró a la mujer desnuda, boca abajo, sobre una camilla. A pesar de su edad madura, conservaba un cuerpo agradable, sólo con algo de más en la cintura. Comenzó su tarea con la mayor profesionalidad de la que era capaz, pero pronto notó que aquel cuerpo, sometido a sus manipulaciones, le excitaba. Él llevaba puesto un pantalón corto y una camiseta estrecha. Fue evidente su excitación y ella sonrió. Tras unos veinte minutos de masaje, ella se dio la vuelta en la camilla y separó las piernas. "Por favor, no dejes de pasar tus manos por ninguna parte de mi cuerpo, por pequeña que sea", le dijo. "Todas tienen derecho al disfrute".
Poco a poco sus manos fueron haciéndose más atrevidas e invasoras ante el placer manifiesto de ella. "Termina el masaje como debe de ser, follándome", le pidió. "¿Y su marido?". "No te preocupes por él, ya se lo imagina, y tal vez mire". El masajista se quitó el pantalón, tiró de la mujer por las caderas hacia el borde de la camilla, le levantó las piernas separadas y la penetró. Mientras la poseía, acariciaba con fuerza sus pechos. El marido entró en la casa, subió al primer piso e intentó escuchar los sonidos que bajaban del tercer piso. Si no fuese porque algunos peldaños de la escalera crujían, le hubiera gustado subirlos y comprobar lo que suponía que sucedía allí entre su mujer y su masajista. El siguiente paso sería pedirle al masajista que lo hiciera delante de él.

Este artículo tiene © del autor.

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1 Mensaje

  • EL MASAJISTA 31 de marzo de 2012 19:34, por Maria76

    La imaginación humana no tiene límites... Enhorabuena por esta bonita historia.

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