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Los derechos humanos pulverizados en el país

Tomado del diario TIEMPO, de Honduras

Helen Umaña

Honduras



Los días precedentes equivalen a caminar por una interminable pesadilla de escenas alucinantes. El cuerpo de Pedro Magdiel macerado por cuarentidós puñaladas. La sangre saliendo a borbotones de la cabeza del profesor Roger Bados. La Lic. Julieta Castellanos, Rectora de la UNAH, arrojada bárbaramente sobre el piso.
Una joven mujer desmayada, brazos en cruz, en una calle de Tegucigalpa. Otra, arrastrada por el duro pavimento. Más allá, un anciano con el cráneo hendido por certero toletazo. La Ing. Alba Ochoa, salvajemente ultrajada por una mujer policía mientras sus iguales levantan una valla o elevan sus escudos para impedir la documentación gráfica en los bajos del palacio legislativo. Botas militares triturando la cabeza de los detenidos arrojados sobre el pavimento. El joven Rodrigo Ardón, graduándose de hombre digno, en la ergástula policial.

El diputado Marvin Ponce con ¡tres fracturas en un brazo!, producto de un ataque bestial cuando defendía a una mujer y a su hija, víctimas de la indiscriminada agresión. El Dr. Edgardo Napoleón Valeriano (ex director de Servicios Médicos de ACNUR y actual jefe regional de Salud de la Zona Sur) frente a las cámaras de televisión mostrando las imborrables huellas que sobre su espalda dejaron los golpes de una cadena blandida con odio y saña inconmensurables. El periodista Gustavo Cardoza, de Radio Progreso, relatando, en vivo y hasta el último instante (cuando su celular se corta bruscamente), el momento trágico de la salvaje tortura que recibe. En el litoral atlántico, las humildes familias de la comunidad Guadalupe Carney asediadas las veinticuatro horas del día y su angustiado S.O.S. que cae en un vacío aterrador.

Lo anterior no es un recuento. Sólo, muestras al azar para ilustrar que la espiral represiva se ha desatado con violencia vertiginosa. La nación, como en horroroso viaje en la máquina del tiempo, se enfiló ya hacia un período que, con toda seguridad, dejará pálido al que se vivió en la década del ochenta bajo la égida del general Gustavo Alvarez Martínez.
Pero, ahora, con un ingrediente realmente perverso. Incluso, sádico. Las acciones criminales contra miles y miles de hondureños y hondureñas, que no tenemos por qué aceptar la validez del golpe de Estado, y que manifestamos nuestro rechazo en forma pacífica en multitudinarias marchas por todo el país, se están realizando con el aplauso o el silencio de la mayor parte del sistema informativo del país. Radios, canales televisivos y periódicos se han atrincherado en una política de ocultamiento o de aplauso a la acción policial-militar que, de hecho, los hace cómplices de la situación. Eso de la objetividad y la ética periodística se volatilizó completamente de la práctica periodística hondureña. Las clases teóricas sobre esos temas, recibidas en los centros de formación periodística, sucumbieron a la avalancha de billetes, prontos a la compra de conciencias.

En el ataque en Choloma, las cámaras de tres periodistas fueron confiscadas y su memoria electrónica fue borrada para ocultar el testimonio gráfico que guardaban en su interior. Pero ese acto delictivo es (y será) totalmente infructuoso. Tanto para Choloma, como para cada acción represiva, el ojo certero de cientos de cámaras y celulares estuvo allí. Escalofriantes fotografías y vídeos circulan por el mundo. La dolorosa memoria de los trágicos acontecimientos ya está a resguardo, pues, de los depredadores de oficio. Por lo mismo, nunca, el mundo podrá olvidar y, tarde o temprano, la justicia exigirá cuentas a los responsables. Tampoco está lejano el día cuando esas fotografías, en gran formato, se divulguen en exposiciones internacionales y nacionales de obligada realización. Aparecerán, también, en una especie de antología de la infamia, en muchos libros testimoniales que la imaginación ya visualiza. ¡La maravilla del mundo tecnológico, esta vez, al servicio de la verdad!

Gracias a «La Mara 28», con irrebatibles pruebas que jamás podrán ser desvirtuadas por quienes cantan loas a la tiranía, el nombre de Honduras ya se puede incluir en la lista de países que poseen una abominable historia en materia de derechos humanos. Pronto, empezará a decirse y escribirse: la Argentina de Rafael Videla; el Chile de Augusto Pinochet; El Salvador de Roberto D’Aubuisson y Cía; la Nicaragua de Anastasio Somoza; la Guatemala de Romeo Lucas García y Efraín Ríos Mont y la Honduras de Roberto Micheletti Baín.

Helen Umaña

San Pedro Sula, 15 de agosto de 2009

Ver en línea : Tomado del diario TIEMPO, de Honduras

Este artículo tiene © del autor.

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