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CATORCE PELDAÑOS

Valentín Justel Tejedor

ESPAÑA



 

Al fondo del establecimiento en la zona interior situada a la izquierda de la puerta de entrada, surgía casi de forma inesperada, una bellísima escalera de trazo recto y declinado, que contaba con catorce peldaños.
 
Todos ellos eran de madera albúmina de pino, y estaban desgastados en su parte central, por el inexorable trasiego de los cientos de lectores, que subían y bajaban por ella con asiduidad.
 
Todos y cada uno de aquellos peldaños tenían en su mitad el barniz gríseo y ceniciento, como si su cutícula delgada y delicada; incolora y satinada, hubiera desaparecido, poco a poco, dejando sin lustre, y sin brillo a aquella mágica escalinata.
 
Las rectilíneas barandas alternaban el esplendente dorado de brillos metálicos, con el sereno color glauco, mezcla de verdemar y aguamarina, produciendo un sorprendente contraste, que simultáneamente inquietaba y relajaba.
 
Al ascender por sus escalones se llegaba a un corredor superior con estanterías, suspendido a escasos dos metros del embaldosado pavimento del comercio.
 
Los armarios de este pasillo superior eran igualmente de color esmeralda, sin estridencias. En sus repisas había cientos de volúmenes escritos en lenguas extranjeras. Alfombraba el suelo del corredor una moqueta de color clorofila, cuyas hebras atenuaban el rumor de los pasos.
 
 
Desde la altura, en una esquina del corredor, se oteaba toda la librería. Desde ese ángulo se vislumbraban las sinuosas lámparas con tulipas de color cardenillo, las cuales, imprimían con su suave luz, un ambiente de sosiego propio de una biblioteca decimonónica. También se apreciaba la techumbre interior formada por un plano raso de marfilina escayola, y unas sencillas molduras ebúrneas, exornadas con escaso fililí, que circuían el derredor superior de la gran sala.
 
Abajo, entre las estanterías y anaqueles, que formaban un verdadero entramado laberíntico de libros, se observaba el continuo ir y venir de los lectores. 
Entre ellos cada tarde, solía estar un muchacho de doce años, que se llamaba Alejandro. Su sueño era ser escritor, por ello siempre antes de entrar en la librería charlaba con Enrique, un poeta que regalaba su poesía a cambio de la voluntad. Enrique continuamente estaba sentado junto a la puerta de entrada de la librería, con un montón de folios escritos con poemas de su puño y letra, la mayoría de ellos hablaban de amor.
 
Alejandro, a pesar de conocer aquella historia, muchas veces exhortaba a Enrique para que le repitiera como había sido su encuentro con el Nobel Saramago.
 
El poeta de calle, le contaba que cuando pasó por allí el gran literato, Enrique le entregó un folio que contenía un octosílabo: Romance del Deseo.
 
En cada ocasión que lo contaba se emocionaba, relatando como estrechó su mano, y él guardó el poema que Enrique le había entregado (…) 

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