Portada del sitio > LITERATURA > Relatos > Eludin, el espíritu perverso del guanacastón
Grabar en formato PDF Imprimir este artículo Enviar este artículo a un amigo

Eludin, el espíritu perverso del guanacastón

Fragmentos inéditos de la obra "La marca del apocalípsis"

Alex Espinal

Honduras



En aquel bicentenario árbol estableció su morada, talvez por un tiempo, un inicuo ser que a diario diezmaba la tranquilidad de los vecinos del tranquilo barrio,muchos oriundos se dispersaron debido a los constantes espantos de “Eludin”, con ese nombre lo identificaban los moradores y no se sabe a ciencia cierta cuantos años vivió allí,ni que fenómeno de la naturaleza o de ultratumba lo confinó,aislándolo en uno de tantos agujeros que poseían las ramas del guanacaston más longevo que existía en el pueblo. Al pequeño caserío en mención se le conocía más como el barrio “sopla moscos” por su característica vegetación, desde donde se esparcía una gran cantidad de zancudos y mosquitos cada vez que el viento sacudía la frondosa arboleda ubicada a la orilla del desolado callejón y de la quebrada que a pocos metros desembocaba en el gran río, era común la presencia de vientos espantosos, casi siempre provenientes del sur, pero los ventorrales ya eran tolerados en la convivencia diaria de aquella humilde gente. Lo que tornaba inhóspito el lugar eran las acciones malévolas del espectro a quien le causaban gracia, no así a los oriundos, la maldad era para él la razón que le daba gratitud a sus días y noches de soledad, a veces cuando la luna estaba llena prefería quedarse en su cueva causando un intenso revoloteo, desde sus hogares los aldeanos escuchaban las diabólicas carcajadas y el ruido que hacía con las latas de refresco que durante el día los niños mas traviesos le aventaban a su habitación, con aquel relajo Eludin gestaba su venganza al entorpecer el sueño de aquellos infantes que se cobijaban de pies a cabeza atrapados por el terror y así verdaderamente lograba su objetivo porque hasta los adultos corrían por todos los rincones de las casas buscando la cabeza de ajos para cruzar todas las puertas y ventanas, pero el jolgorio continuaba hasta que la madrugada perdía su majestuosidad con la salida de los primeros labradores hacia sus tareas diarias. Por la profundidad de su voz y tono pausado, los testigos dicen que parecía que se trataba de un fantasma antiguo, atrapado en el infinito recorrido de los siglos, que se quedó recorriendo durante las frías noches de aquel poblado los sitios mas enigmáticos, de esos a los que por lo general la gente les tiene temor al transitar y que se la piel se pone "como de gallina" al escuchar simplemente el suave ruido de los bichos de la noche como los callejones, potreros, árboles copados, el tejado de las casas, a la orilla de los ríos, las faldas de los cerros, en fin todo lugar propenso a los espantos. Entre el sopla moscos y el viejo pueblo existía un solitario sendero conocido por todos como los portones, a ambos lados del camino se ubicaban los potreros de dos señores reconocidos en la comunidad y allí pastaban decenas de vacas, caballos y burros, ese era uno de los puntos más visitados por el espíritu perverso, se paseaba por la orilla de los cercos espinosos a la espera del mejor momento para su actuación con la que lograba que los marchantes se sintieran aterrados, presas del pánico, algunos eran incapaces de reaccionar sobriamente porque la manifiesta presencia de algo siniestro provocaba aplomo en el cuerpo, otros que eran menos crédulos lograban salir en veloz carrera por todo el trayecto que al final se les convertía en un recorrido interminable que los dejaba con temblores, mudos y en algunos casos quedaban dementes. Fueron tantos los daños que aquella fuerza extraña dejó en decenas de hombres y mujeres que muchos de a poco terminaron abandonando sus viviendas. Por la característica vegetación y el ambiente sugestivo que privaba en aquel lugar es que el mal soplo aprovechaba todo su ingenio para urdir todo tipo de tretas, de las más raras que ser humano haya visto en su vida, es así que en una ocasión un pobre labrador del barrio fue el escogido para la sesión de terror de esa noche, era Ramón, quien en horas de la tarde se trasladó al centro del pueblo, dizque a comprar algunas provisiones que hacían falta en su casa, esa tarde llovió torrencialmente y la quebrada se había desbordado, a las 12:30 de la noche era una locura para todo caminante atravesar aquel oscuro callejón, pero no le quedaba de otra porque la lluvia lo atrapó en alguna parte sin darle posibilidad de salir a temprana hora, pero ni modo, debía ir a descansar para amanecer en su labranza; de pronto moncho se dispuso a avanzar sobre el páramo sin ningún temor, no portaba linterna, apenas lograba escuchar cada uno de sus pasos que removían el lodo y algunas rocas que dejaba sueltas el trajín diario de personas, vehículos y el ganado, realmente que el camino era estrecho, pero aquel hombre de estatura mediana, con sombrero ceñido con un barbiquejo de cuero y sus zapatos burros era uno de los que más les gustaba retar ese tipo de sugestiones, sin embargo cuando había avanzado en su recorrido y se ubicaba cerca de los famosos portones comenzó a sentir que alguien le soplaba los oídos, de momento no le prestó atención, pero las extrañas exhalaciones sobre su cuello cada vez eran mas persistentes, su espalda se entumecía y las piernas se le comenzaban a adormecer, era signo de que el miedo estaba invadiéndolo, además un vientecíllo se hacía sentir a su alrededor sacudiéndole la camisa, aquel aire obviamente no era nada puro, aunque moncho no era alguien que se comía las tortillas con sal- así les llaman en estos lares a las personas que saben sus oraciones para repeler cualquier mal espíritu- no dejaba de sentir temor. Apoyado por quien sabe que oraciones, el jornalero siguió su camino, a unos 200 metros pasó frente al portón de otro potrero pero aquel chiflón lo seguía perturbando, luego llegó a la anonilla, un árbol típico del lugar y fue antes de cruzar la quebrada que tenía inundada la parte baja del barrio sopla moscos que pudo más la persistencia de Eludin, allí moncho sentía que el sombrero se le caía de la cabeza, el corazón le saltaba en el pecho y las piernas se negaban a dar un paso más debido al adormecimiento que sentía en el cuerpo y de pronto, en medio de la impotencia que le provocó la presencia del mal aire se dejó escuchar una tétrica voz que parecía provenir de todas partes: ¡monchoooooo!, ¡monchoooooooo!...no me tengas miedo, no se porqué todos me tienen miedo, salen corriendo cuando sienten mi presencia y eso a veces me hace actuar con enojo, entre más corren, más los espanto, porque me enfurecen. A todo eso, moncho estaba frío, casi muerto del miedo y tenía la camisa empapada de sudor, aunque hacía frío, pero la voz insistía: ¿Crees en los malos espiritus? Le preguntó Eludin. Bueno, sssssssssí, respondió Moncho con tono entre cortado. Mientras conversaban bajo el árbol de anonilla donde se produjo este encuentro, soplaba suavemente un viento fresco. “Ahora que escuchaste mi vos no quiero que pienses que se le aparezco a cualquiera que camina por aquí, solo lo hago con personas casadas que le ponen los cuernos a su pareja como me pasó a mi cuando era hombre como vos, mi mujer vivía con otro hombre por eso la atormento”, prosiguió Eludin. Moncho, quien en el fondo sabía lo que venía de hacer en el pueblo, le preguntó al mal espíritu: ¿y yo que tengo que ver en eso?. Pobre Juana, ¡si supiera lo que vienes de hacer! que te valga que mi intensión no es levantar chismes, solo asustar a los infieles, dijo en voz alta el espíritu. Con aquella expresión, moncho no tuvo mas que decir, sabía que Eludin estaba enterado que en el pueblo tenía una amante y que de cualquier forma su esposa conocería la verdad. ¡Ten cuidado con ese amorío moncho, te podes llevar una sorpresa!, esas fueron las últimas palabras que el retador del peligro escuchó esa noche, mientras hacía un enorme esfuerzo por incorporarse y reponerse de tanta impotencia. Ya casi al amanecer el espantado hombre cruzó la quebrada el Chingaste como pudo y en unos minutos llegó a su casa temblando, con fiebre y tartamudeando como queriendo decir algo. ---¿Qué te pasa moncho?--- Le dijo Juana, su esposa. Pero el hombre no pronunció ninguna frase, solo un suave quejido, sus ojos permanecieron desorbitados mientras su mujer trataba de recuperarlo con agua de hojas de ruda y cabezas de ajo, con lo que Ramón se quedó dormido y no despertó hasta que llegó la tarde, pero la fiebre seguía en su cuerpo y así pasó varios días hasta que por fin se repuso. Desde aquel día moncho juró que jamás volvería a transitar a altas horas de la noche por aquel callejón y menos para pagarle mal a su Juana. El testimonio de este labriego dio mayor popularidad al espíritu del guanacastón porque la noticia llegó a todos los rincones del pueblo provocando inquietud entre la gente. Esta lección que fue relatada posteriormente por la victima es una de tantas locuras que desató el aliento maligno de Eludin, a muchos los envió a descansar a sus casas durante varios días, a otros los mandó al mas allá fulminados por algún ataque al corazón, pero sus fechorías apenas eran el comienzo. Pasaron algunas semanas de cierta tranquilidad en sopla moscos, los hombres en esos días estaban dedicados a sus siembras de maíz, el invierno copioso ese año y los frijolares lucían cargados de vainas que se enredaban en el maizal, todo indicaba que la cosecha estaba asegurada y se descartaba cualquier crisis como la de años anteriores ¡que felicidad se reflejaba en los renegridos rostros de aquellos campesinos! sabían que su sacrificio era compensado con el producto que estaba en proceso de madurez en sus labranzas. En esos días de agosto las lluvias registraron una pausa para dar paso a la temporada de postrera, muchos dormían en la milpa para espantar a los guazalos y mapachines, esos animalitos son comunes en los sembradillos cuando el grano está por dar punto de siega, pero sus perjuicios a veces pasan inadvertidos y solamente basta que un can los espante. En aquel entorno, donde prevalecía el entusiasmo de cada lugareño por el buen invierno, Eludin había pasado a segundo plano y solamente lo recordaban cuando escuchaban sus arañazos en algún agujero del viejo árbol de guanacaste, todos decían por allí que el mal espíritu se había dado por vencido, pero la calma sin duda no sería para siempre, más bien era sospechosa, esa tregua fue las mas reparadora que tuvieron en mucho tiempo, aun con el cuidado de sus cultivos el espanto les regaló una pasajera paz. Los mapaches hacían de las suyas mientras los labriegos permanecían confiados en sus casas, una que otra mazorca desgarrada en el suelo. Así, entre noches de tranquilidad en el guanacaston era fraguada una cruel maldad. Lo que para los sacrificados trabajadores del sopla moscos parecía uno de sus mejores años de cosecha, en unas cuantas horas desaparecería de la forma más humillante, la maldad de aquel espíritu inmundo se desataba nuevamente por todo el poblado. Era como si desde las ramas del enorme árbol se escucharan las conversaciones en la quietud de cada hogar, desde allí Eludin permanecía estudiando todos sus movimientos, si las personas estaban felices o se sentían tristes. Antes que los aldeanos comenzaran a retirar la cosecha, Eludin tejía su malvado plan para echar a perder el pan de cada día de toda aquella comunidad. La gente en esos días debía apresurarse para tapiscar el maíz y los frijoles y luego trasladarlo a sus bodegas, pues las lluvias de la época de postrera estaban por llegar. Los religiosos aseguran que los malos espíritus son puro soplo y en todo caso necesitarían poseer el cuerpo de alguien o algo para convertirse en su huésped. En efecto, lo que planeaba era terrible, y como por si mismo lo único que podía hacer era provocar espantos o malos aires, no se encontraba en la capacidad de materializar su endemoniado propósito. Entonces se propuso entrar en el cuerpo del primer incauto que pasara por el solitario paraje, pero la gente se rehusaba a transitar por ahí debido a lo que ya todos sabían sobre ese lugar, lo único que podía hacer era echar mano de lo que fuera. Por ese sitio los que más circulaban eran los cerdos, burros, vacas, caballos andariegos, gallinas y de vez en cuando algún poblador de los que se defendían con rezos de todo tipo de supersticiones. La canícula o veranillo perdía sus días, era el inicio de la segunda semana de septiembre, las horas de la noche eran contadas una a una por el extraño espectro que se movía como perturbado sobre la gruesa corteza del leñoso guanacaste a la espera de su presa, pero no pasaba nadie, hasta los animales parecían estar escépticos. Fue así que decidió bajar del árbol y correr quebrada abajo persiguiendo ferozmente a las gallinas, perros y todo lo que se movía bajo la maleza de la quebrada el chingaste, hasta que por fin se tropezó con un anciano gato que apenas podía mover su vetusto cuerpo, pero era lo único que estaba a su alcance. Esa noche, ya poseído, el felino acató las ordenes de su nuevo inquilino. La primera tarea era destrozar un hermoso maizal ubicado cerca de su árbol, era la milpa de Eusebio, el gato se movía atolondrado a paso lento, movido solamente por la fuerza que lo poseía doblaba cada una de las plantas y destusaba las hermosas mazorcas de maíz. Allá por la madrugada, cuando el daño estaba consumado en todas aquellas labranzas, el avejentado cuerpo del animal que se negaba a responder quedó libre del maleficio, pero sin energías para sobrevivir y allí bajo un matorral apareció muerto. Casi eran las cinco de la mañana y el ambiente parecía extraño en aquel lugar lo que causó inquietud en la mujer de Eusebio: ---Eusebio, levántate, escucho un escándalo de pájaros en la milpa, no se que será, pero creo que no es nada bueno--- dijo Rufina. ---Han de ser esos burros de Cleofes que andan buscando como meterse---respondió Eusebio. ---Pero yo no miro burros, solo urracas y chorchas de un lado para otro, apúrate, anda ve que es ese relajo----. Eusebio que aún estaba adormitado responde --- ya voy, tráeme las botas de hule que ese perro me las llevó a saber para donde. Rufina recorrió todos los rincones de la casa hasta que los encontró en el patio trasero con los cordones desilachados --- allá estaban en el patio, ahhhh, pero con esa paciencia quien sabe que encuentres maíz. ---Espérate hombre, no ves que amanecí como que me pegaron una apaleada — exclamó Eusebio--- ¡hey, de veraz, que animales para hacer bulla! Y así, Eusebio salió en veloz carrera,con su machete corvo en la mano hacia la labranza para enterarse del motivo de aquel bullicio, los perros iban adelante y por su sensible olfato fueron los primeros en encontrar entre los matorrales a aquel enorme gato negro ya hinchado y repleto de hormigas. Los ojos resaltados del mamífero casero por sí solos podían describir la maldad que se desató la noche anterior por todos aquellos potreros. Algunos vecinos también llegaron asustados a la milpa de Eusebio para interpretar el acontecimiento, luego de analizar la muerte del animal que no presentaba rasgos de tortura física, la gente reparó en sus uñas y dientes en los que se encontraron residuos de hojas y granos de maíz. Desde aquel momento todos los vecinos se percataron de la magnitud del desastre que los llevaría a una crisis de alimentos sin precedentes durante todo el siguiente año porque todos los cultivos estaban destrozados, las mazorcas quedaron desgranadas en el suelo y las aves comenzaron a aprovechar la confusión. De esta forma terminó el vía crucis de aquel reducido número de habitantes del barrio sopla moscos, un episodio que les dejó desgracia en sus vidas a causa del odio de un endemoniado espíritu, un sombrío fantasma que por la frustración de ver a la que en vida fue su mujer rehaciendo su hogar con moncho, aquel hombre que también experimentó su ira, terminó también con la armonía de todo el poblado. Luego de ese acontecimiento que les dejó sin aliento para seguir luchando contra “nada” o contra el viento, la gente prefirió retirarse paulatinamente hacia otras tierras, pero el espíritu perverso del guanacaston siguió maquinando mas crueldad, sin embargo poco a poco se fue quedando totalmente solo y eran pocas las personas que se arriesgaban a ser victimas de sus fechorías. Con el paso de los años Eludin también se fue quedando sin tretas, los animales domésticos se espantaban menos, pero esa calma ya la habían vivido antes de la destrucción de sus cultivos, así que nadie se confiaba. El enigmático caserío quedó totalmente despoblado, los espantos, brujerías y todo tipo de cultos quedaron escondidos en alguno de sus agujeros, condenándolo con su silencio a trascender en el tiempo como un sitio gobernado por legiones de ángeles y fuerzas del mal. Eludin como producto de su trabajo sutil logró sembrar mucha maldad en el corazón de algunos hombres que siempre vivieron alejados de la mano de Dios, de esa forma el lugar se fue convirtiendo en un atractivo para enormes turbas de malos espíritus hasta que un día el poder supremo del universo abrió las compuertas del cielo e inundó totalmente la zona arrastrando todo hacia el mar, el viejo guanacaston fue removido por completo con lo que se cree que terminó la maldad de Eludin. El legado de los malos espíritus había convertido al barrio en un antro donde se practicaba mucho la brujería, unos la magia blanca que era utilizada como un disuasivo y con sus oraciones eran capaces de acercarse a otras personas sin ser vistos, otros realmente eran gente mala, utilizaban sus rezos diabólicos para hacer daño, quien no era de su simpatía lo dejaban loco para siempre, de esos casos aun se miran muchos en estos tiempos, andan por las calles sin rumbo, ni dirección, a solas conversan con seres imaginarios y trazan sobre el polvo sus confusos pensamientos. La maldición del sopla moscos era tanta que después de la catástrofe, los nuevos ocupantes encontraban entre los remansos, restos de escritos incomprensibles, retratos con imágenes demoníacas que infundían temor al acercarse, ni siquiera intentaban tocarlos. Los hechizos fueron una constante en el desparecido pueblito, hace unos años murió uno de los últimos hombres que quedaron poseídos por sus propias oraciones, él sacó de penas a otro que practicaba la brujería, se hizo cargo del legajo de escritos con las mas negras hechicerías, las guardó en un lugar que consideraba seguro, sin pensar que era el mas expuesto. El heredero del rimero de hojas sueltas que rendían culto al mal también debía encontrar a su pupilo para que se hiciese cargo de ellas y así al momento de su muerte podría despedirse en paz, esto, según los entendidos en ocultismo y magia negra debe ser así, porque de no hacerlo, las mismas oraciones le impedirían morirse, alguien tenía que sacarlo de penas tomando su lugar en la cadena, pero antes que eso sucedira el rimero de oraciones tomó fuego condenándolo a quedar diambulando por las calles, haciendo gestos y monólogos que solamente él entendía. Fragmentos inéditos del Pueblo Mártir del Huracán Mitch.

Ver en línea : La Nueva Morolica

info portfolio

Soplamoscos

Este artículo tiene © del autor.

694

Comentar este artículo

   © 2003- 2015 MUNDO CULTURAL HISPANO

 


Mundo Cultural Hispano es un medio plural, democrático y abierto. No comparte, forzosamente, las opiniones vertidas en los artículos publicados y/o reproducidos en este portal y no se hace responsable de las mismas ni de sus consecuencias.

Visitantes conectados: 9

Por motivos técnicos, reiniciamos el contador en 2011: 3354366 visitas desde el 16/01/2011, lo que representa una media de 630 / día | El día que registró el mayor número de visitas fue el 25/10/2011 con 5342 visitas.


SPIP | esqueleto | | Mapa del sitio | Seguir la vida del sitio RSS 2.0