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POR LAS CALLES DE ARGEL

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor

ESPAÑA



Desde las elevadas alturas del promontorio donde se erigía la melárquica alcazaba, yacturada en alguno de sus lienzos, surgía un pequeño racimo de callejuelas rizadas de peldaños, las cuales, mostraban sin reservas, el verismo de sus declinadas pendientes, que confluían en la fachada portuaria de la ciudad. Sobre el ampuloso mar de cristal, a flor de agua, un lineal y áureo reflejo prolongaba su brillante estela hasta el lejano horizonte. Aquella profusión de destellos aleatorios, sobre la encalmada superficie de las aguas, originaba un asombroso y mágico juego de deslumbramientos, que semejaba un cósmico firmamento moteado de mil estrellas. 

 
A derecha e izquierda de las oblicuas y diagonales costanillas, las gráciles construcciones de un virginal color ebúrneo, aparecían exornadas por lacerías azulejadas y epigráficos diseños arabescos.
 
De vez en vez, a medida que se descendía por aquel empedrado rabal, se sucedían de forma casi equidistante unos apaisados recuestos, que nivelaban momentáneamente el inclinado plano de descenso.
 
Desde estas rasas llanadas, resultaba obligado detenerse, para echar la vista atrás, y así columbrar con premiosidad, la bella miscelánea de tejados de alfarje, estilizados minaretes, cúpulas esféricas y arquerías de herradura, que enjoyecían con su virgínea belleza aquel enclave magrebí de románticas reminiscencias.
 
El ardentísimo calor hacía que el visitante se refugiara en las alargadas y nigérrimas umbrías, que dibujaban con finísima mina de carbón algunos paramentos, arquerías y techumbres, de extrema sencillez, oscureciendo repentina y fugazmente la diáfana mañana argelina, plena de excelsa claridad. Las callejuelas adyacentes formaban un entramado laberíntico, en el que no resultaba dificil extraviarse. Desde allí, se podían percibir los ecos, y la vocinglería de los solercios mercaderes del cercano zoco. Al aproximarse al mismo, las voces se amplificaban y sonoraban con verticidad. Los aromas a mil especias inundaban con sus odorantes y penetrantes fragancias el canicular ambiente. La mezcla de colores, sabores y olores parecían ubicar al viajero en un entorno prodigioso y fascinante, realmente cautivador. Inmerso en aquel paraíso de exotismo, el viajero absorto se limitaba a vislumbrar, el tráfago de personas y la variedad de objetos que iban apareciendo ante sus ojos. Los viejos entoldados de cromáticas y vivarachas franjas, minoraban la temperatura extrema de aquel efímero bazar al aire libre. En improvisados refitorios, grupos de personas degustaban el té, bajo marfilinas jaimas, sentadas en mesas bajas, dispuestas sobre alfombras, con las pleitas destrenzadas. A su alrededor, una amalgama de bolsos de lana y cuero, anillos de plata, espejos con marcos dorados, tapices, y un sinfín indescriptible de variopintas mercaderías se exponían de diversas formas; bien en comprimidos sacos, de cuyo interior sobresalían con procacidad cónicas montañas curvoconvexas de dátiles, aceitunas, y otros productos alimenticios; bien colgadas en ganchos y percherías como las chilabas, que con su discreta opacidad, dificultaban la visión de uno de los márgenes de la angosta calle; bien colocadas con riguroso orden y detalle, casi con una equidistancia milimétrica, como las figuras de artesanía popular.
 
En aquel entorno laberíntico, destacaban las recias puertas tachonadas, que aparecían en aquel exótico proscenio, como sencillos elementos de utilería o atrezzo, otorgando una desinteresada profundidad a la escena.(…)

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