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LA NOCHE DE LOS PERROS

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor

ESPAÑA



 

 

Unos enérgicos e intermitentes ladridos sonoraban la afásica oscuridad. Los viales aparecían desiertos. La lóbrega anochecida sólo clareaba, tornándose diáfana, bajo la amacigada luz de las farolas del solitario paseo marítimo. Una tempestuosa y áspera brisa noctívaga penetraba con procacidad desde la ampulosa lejanía del mar, aventando en su invisible línea de derrota una cabrilleada marejada, que levantaba olas prominentes y nerviosas, coronadas por diademas de nácar, y ataviadas de hialino cristal.

 

Los espinos convertidos en apresuradas esferas, recorrían sin rumbo la franja litoral, a merced de las fuertes rachas de viento, que inopinadamente los dirigían tierra adentro, o bien los aproximaban a las primeras arenas de la playa. Allí, las olas dóciles y obsecuentes, tras finalizar su incesante vaivén, besaban las doradas arenas, retirándose instantes después, dejando un rastro de agárica espuma, que se desvanecía rápidamente. 

 

En aquel subrepticio paisaje lleno de misterio, destacaba la tonalidad grísea y cenicienta de los gigantes cúmulos algodonosos. Repentinamente, la nubarrada descargó un intenso aguacero de hilos de plata, y serpenteantes relámpagos de un jalde fulgor centelleante, excepcionando aquella monótona cromática nocturnal.
Próxima a la desvencijada embocadura de una canalización de fibrocemento, que evacuaba aguas servidas hacia el mar, se encontraba una manada de cánidos vagabundos y quejumbrosos, que expresaban su gemebunda situación mediante la profusión de repetitivos e intempestivo aúllos y ladridos.
Allí se encontraban reunidos, en aquel improvisado hilorio, un mastín grande, fornido, de cabeza redonda, orejas pequeñas y caídas, ojos encendidos, boca rasgada, dientes fuertes, cuello corto y grueso, pecho ancho y robusto, manos y pies recios y nervudos, y pelo largo y lanoso. También había un dogo con cuerpo y cuello gruesos y cortos, pecho ancho, cabeza redonda, frente cóncava, hocico obtuso, labios gordos, cortos en el centro y colgantes por ambos lados, orejas pequeñas con la punta doblada, patas robustas, y pelaje leonado, corto y recio.
 

Junto a ellos se encontraba un perdiguero de talla mediana, con cuerpo recio, cuello ancho y fuerte, cabeza fina, hocico saliente, labios colgantes, orejas grandes y caídas, patas altas y nervudas, cola larga y pelaje corto y fino. Un podenco con la cabeza redonda, las orejas tiesas, el lomo recto, el pelo largo, la cola enroscada y las manos y los pies pequeños, pero fuertes. También había un galgo escuálido y medio estranquillado, con la cabeza pequeña, los ojos grandes, el hocico puntiagudo, las orejas delgadas y colgantes, el cuello, la cola y las patas largas.

 

 

Los truculentos avatares de la vida de sus amos, les habían llevado a desembocar en aquella patética situación.

 

 

El dueño del mastín era un tipo desalmado y sin escrúpulos, que pasaba la mayor parte del tiempo enfarlopado y ebrio (…)

 

 

 

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