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La guardiana de las tradiciones

Artículo de José Luis Ferris sobre la ultima obra de Concha López Sarasúa: ¿Por qué tengo que emigrar?

Concha López Sarasúa

España



Por JOSÉ LUIS FERRIS

Cuando el periodista y escritor Miguel Bayón afirmaba, hace sólo unos días, que la última obra de Concha López Sarasúa era un ejemplo de elocuencia, de llaneza, de depuración estilística y de lección humana, no andaba nada desencaminado. Es cierto que lo último de la escritora de Mieres -aunque afincada casi toda una vida en Alicante- es un libro con sello propio, con marca Sarasúa, pero también es una vuelta de tuerca hacia lo natural, lo fresco y lo sencillo (limpio de afectaciones) de un lenguaje que seduce por sí mismo. Como decía la profesora Carmen Marimón, no se trata esta vez de un relato dirigido a los niños (no olvidemos sus obras destinadas al público infantil, la trilogía de Meriem, por ejemplo), tampoco al lector adulto ("La llamada del almuédano", "Celanova 42", "Cita en París"É), sino de una obra peculiar, juvenil, que va directa a los adolescentes y que les habla claro de algo que en mayor o menor medida les afecta: el desarraigo, el dilema fatal de dejar tu barrio, tu ciudad, tu país o tus raíces para emigrar a ciegas a otro lugar, a otro espacio, a otro continente y a otra cultura.
Algo así es lo que le sucede a Hafida, la joven de quince años que se ve obligada a salir de Marruecos y que, a su modo, se rebela contra ese destino o esa imposición familiar. Sin embargo, lo que aporta este libro titulado "¿Por qué tengo que emigrar?", es más que un debate social, antropológico o humano; en esta novela hay tantos elementos ensartados que exige un verdadero esfuerzo resumirlos aquí; porque, las sensaciones que automáticamente se despiertan en el lector al abrir esta obra son las mismas que se alteran y revuelven cuando destapamos una caja de sándalo y, de repente, percibimos una marea de aromas dulces, nuevos, ácidos, frescos, intensos, remotos, sensuales, vivos...
"¿Por qué tengo que emigrar?" es una historia de historias, un compendio de cuentos y leyendas interpolados. Aunque también es una caja de madera o de marfil, de piedra o de latón en la que se han vertido decenas de pequeñas vidas cuyo espíritu andaba ciego y errante por los desiertos hasta que Concha López Sarasúa les dio vela en el relato; un relato que es, asimismo, una pequeña enciclopedia o un mosaico de información, de breves lecciones de botánica, folklore, creencias, tradición oral, supersticiones y supercherías, costumbres, gastronomía, asuntos del cuerpo y del espírituÉ., y todo ello embutido, trenzado, filtrado con soberana habilidad en el tejido de la narración. En este sentido cabe decir que Concha es capaz, muy capaz, de meterlo todo en esa urdimbre sin que se noten las costuras, sin que nada parezca prescindible, accesorio o inconveniente.
Desde el comienzo se nos advierte que vamos a emprender un recorrido por la vida de un pueblo de la costa atlántica de Marruecos, muy al sur. La protagonista es Hafida, una niña-adolescente que nos invita a entrar en su mundo. A partir de ahí y de la pregunta que planea, amenazante, sobre el relato (¿Por qué tengo que emigrar?), todo se convierte en una sucesión de seres, de momentos, de leyendas y de objetos que justifican su presencia por el mero hecho de ser o de intentar ser respuestas a esa inquietante cuestión. En ese reparto conoceremos a la abuela Bouthaina, a Iyad, hermano de Hafida, a la cabrita Racha, a Tía Mbarka, la Guardiana de las Tradiciones, a su amigo Abdalá, al tío Asdín, colocador de Antenas parabólicas, al Malik, el hijo del herrero, al maestro contador de leyendas, a Tahar, el hechicero, al adivino ArginoÉ Y más allá de ellos o con ellos, probaremos pastelillos de miel, dátiles, pastelas rellenas de perdiz, brochetas y cuscús. Sentiremos, al respirar profundo, un aroma de los geranios, hierbabuena, chumberas, adelfas, cilantro, tomillo, argán, comino y albahaca. Recordaremos los ciclos de la luna. Asistiremos a las fiestas solemnes, a la de Aid el Kebir sobre todo, la más sagrada del año musulmán, y contemplaremos el sacrificio del cordero y un torrente de cantos y bailes hasta la puesta de sol. Saldremos a faenar con los pescadores y volveremos a la caída de la tarde, con los barcos cargados de caballas y sardinas plateadas, de salmonetes si la pesca va bien. Dormiremos con los versos de El Corán, apelando a la Baraka o a la buena suerte, a la Mano de Fátima o a una simple bolsita de sal. Caeremos en la cuenta de que la pobreza no perdona, pero tampoco se perdona instalar una enorme antena parabólica para captar el mundo y sus tentaciones desde la humildad de un chamizo. Nos encontraremos de frente con la tristeza, con las ganas de estar solos o de introducirnos en el bosque para ver a los dyin, esos duendes que moran en el tronco de los árboles y que salen en miles de historias.
Y todo por hallar una respuesta, por huir acaso del miedo y de la posibilidad de dejar el pueblo, de abandonar el pasado, las tradiciones, los amigos, la vida y emigrar siguiendo la llamada del padre. Un largo camino de pesadillas y sueños, en fin, que recomiendo como lector y como guardián de los buenos libros.

Este artículo tiene © del autor.

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