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EDUCACIÓN: RENUNCIA Y AUTORIDAD

Camilo Valverde Mudarra

ESPAÑA



«La educación bien lograda es formación en el uso correcto de la libertad»
Benedicto xvι.

Es bien conocida la opinión de que educar consiste en ceder y permitir las demandas del chico y dejarlo al arbitrio del simple desarrollo natural del instinto y de sus pa­siones; ya Rousseau propugnó este naturalismo de la bondad original; es la «falsedad original» de la peda­gogía moderna, tras la que late la negación, sin pruebas, de la doctrina cristiana del pecado original. Defienden que el instinto siempre es bueno y no necesita ser reglado por la razón, que se desarrolla naturalmente sin tener que realizar ningún es­fuerzo. Santo Tomás, en cambio, pensaba que existe una tendencia de la naturaleza corrompida por el pecado que se opone a los dic­tados de la recta razón: es la carga de la concupiscencia, para corregirla, es necesario el esfuerzo consciente de la voluntad y el impulso orientativo del educador; ya San Agustín escribía:«el amor es la fuerza que me arras­tra»; «el amor a Dios me arrastra hacia la verdad y el bien; el amor desordenado a mí mismo y al mundo, hacia la mentira y el mal». La pedagogía emancipadora y permisiva de estos tiempos ha ignorado intencionadamente esta estructura antropológica del ser hu­mano. Se quería formar un hombre libre y liberado; los resultados, en cambio, han sido el fracaso y la vaciedad del sistema educativo, a pesar de las promesas logsísticas.

En ese derecho natural, se constata que los deseos son caprichosos y variables; la riada de voliciones, interrogantes y exigencias contradic­torias del educando han de ser reconducidas, para que madure y domine y no se vea desgarrado por sus bajos impulsos. La libertad del hombre no se halla en el instinto y el capricho. Sólo ante la imagen del verdadero bien, el ser humano puede escoger y establecer inteligente y libre las estructu­ras interiores. Como reacción a una pedago­gía autoritaria y coercitiva de una fase histórica anterior, se ha otorgado un gran valor a la espontaneidad, a lo lúdico y a la cesión continua; sin embargo, se comprueba que la elección espontánea obedece a un im­pulso irreflexivo y voluble y se torna una elec­ción equivocada y destructiva para el sujeto.

Hoy, en el proceso educativo, se desdeñan siste­máticamente dos fundamen­tos esenciales: La renuncia, en el educando y la autoridad, en el educador. La renuncia supone esfuerzo, moderación, sacrificio, disciplina, decir que no, resistir la violencia del impulso que exige la satisfacción inmediata. El permisivismo contemporáneo ha desechado la renuncia identificándola con la «represión»; la renuncia implica ciertamente la fuerza de reprirnir el instinto, la capacidad de encauzar su energía mediante el esfuerzo y disciplina hacia la verdad. Y la autoridad es una experiencia hu­mana viva, la existencia de los valores en una persona que testimonia tales bienes y hace que los demás los puedan percibir directa y fácilmente. La au­toridad es maestro y luz en el camino hacia la experiencia del bien. Sin renuncia y sin autoridad no hay acción educativa.

La sociedad permisiva, al ofrecer al joven la satisfacción inmediata del instinto y los caprichos, pre­cisamente deseduca, dificulta la formación de una personalidad libre, capaz de controlar las pasiones y disciplinar su instinto, de establecer su propia relación con la verdad y de hacer de esa rela­ción modelo de la propia construcción social. La edu­cación insta a luchar por controlar las propias pasiones, a buscar la verdad, a orientar los impulsos según la verdad y hacia la verdad. El hombre llega a ser libre cuando reconoce la verdad; la obediencia a la verdad libera al hombre de la ti­ranía de las opiniones dominantes y de la sumisión a los hombres y a las propias pasiones; por el contrario, tal sumisión destruye la personalidad respon­sable y envilece; y en fin, da lugar a una masa fácilmente mani­pulable por el poder social dirigente. Este es el problema de la educación en nuestro tiempo. La vida es opción; entre la libertad del instinto y la libertad de la persona, el hombre ha de ser capaz de dominar su propio instinto, para llegar a ser libre y dueño de sí mismo.

  C. Mudarra

 

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