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EL DIARIO DE ANDREA

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor

ESPAÑA



 

EL DIARIO DE ANDREA
 
El TALGO, aquel mítico tren que recorría la geografía española en los años ochenta, con su inconfundible color gríseo y su franja central rojiza, se encontraba detenido en la madrileña estación de Chamartín, aguardando su salida. En el interior de uno de sus vagones, se encontraba -desde el momento, en que se permitió el acceso a los viajeros- Andrea, quien leía uno de aquellos best-sellers, que habitualmente acompañaban sus largos desplazamientos cotidianos en el metro de la capital. La tímida e ingenua muchacha de vez en vez, distraía su monótona lectura, columbrando por la ventanilla del tren articulado, el tráfago constante de las decenas de personas, que como en un enjambre deambulaban, ora aquí, ora allá. La fresca temperatura del interior del tren, contrastaba con el tórrido y caliginoso ambiente exterior, propio de una encendida tarde estival.
 
Al aproximarse el momento de la salida del tren, la megafonía anunció a los pasajeros, que éste iba a efectuar su partida. Tras la locución de la azafata, una dulce y espontánea sonrisa iluminó el angelical rostro de Andrea. Su esperado encuentro, cada vez estaba más próximo a convertirse en una deseada realidad. Así, a medida que el tren iba alcanzando las estaciones del recorrido, sus pensamientos se hacían más difusos. En su fuero interno, reflexionaba inquiriendo, que aquello que le ocurría, era lo más parecido a un maravilloso sueño. Si bien, por una parte, su enamorado corazón, le tendía un puente de oro, para que lo cruzara sin miedos, sin remordimientos; mientras por otra parte, su mente le recordaba, que a veces, la pasión no es mejor consejera, que la prudencia.
 
La disyuntiva entre una y la otra acción, le hacía debatirse entre el complaciente deleite, y el sufrido arrepentimiento. No en vano, estaba tomando una de las decisiones más importantes de su vida. Su previsible y calculado futuro, se reescribía a cada nuevo instante, mutando vertiginosamente, a medida que avanzaba el tiempo de forma inexorablemente.
 
Su monótona vida de la capital, quedaba atrás, tomando un inesperado y apasionante rumbo hacia lo desconocido.
 
No obstante, Andrea conocedora del riesgo que asumía, aceptaba valientemente, el arriesgado reto que le había brindado la vida. Nunca antes había hecho nada igual por amor, quizá es que nunca antes como ahora, había sentido el azaroso aleteo de las mariposas revoloteando en su estomago, quizá es que nunca antes como ahora, había sentido el deseo irrefrenable de compartir los momentos de su vida con alguien a quien amaba.
 
Así, desde su rectangular ventanilla divisaba los frondosos y rurales paisajes del sur de la Comunidad de Madrid. Horizontes escoltados por cortinas de esbeltos y elegantes álamos, que proyectaban la fuliginosa sombra de sus anchas copas, sobre la azulez de los arroyos de agua presta y viva.
 
Así, cuando el sol comenzó a dorar su rostro, Andrea bajo con lenidad, la cortinilla, interrumpiendo una perspectiva que se tornaba arefacta, lampacea, y carente de majestad.
 
A través de los intersticios existentes, entre la persianilla y el marco del cuadrilongo ventanal, se vislumbraba un aéreo e inmoderado color azul. Era un azul natural y sereno; de esos azules cardinales, que impregnan los días de Poniente; de esos azules embriagadores y sugestivos, que cautivan la mirada, y en ocasiones, hasta el alma del alma. 
 
Así, cuando por los altavoces del TALGO anunciaron la próxima estación con parada, Andrea súbitamente se estremeció. El convoy aminoraba su velocidad, siendo su avance cada vez más premioso y decreciente.
 
Aquel momento con el que tantas veces había soñado, estaba a punto de convertirse en realidad.
 
Instintivamente, Andrea levantó la cortinilla para tratar de localizar en el andén, a la persona que llevaba en su corazón.
 
Allí, sobre la plataforma, un indeterminado número de viajeros se agolpaban con sus bultos y equipajes; unos preparados para subir al recién llegado tren; otros con la emoción contenida, a punto de recibir a alguna de las personas a las que esperaban.
Andrea, seguía escrutando con actitud nerviosa, cada uno de aquellos personajes sin reconocer a ninguno de ellos.
 
Finalmente, el tren se detuvo. Ella recogió su bolso de mano, y se dirigió con valentía hacia la portezuela del coche. En la escalerilla del vagón permaneció durante unos eternos instantes, con la mirada perdida entre la multitud.
 
Su dubitativo rostro, se encontraba embargado por la incertidumbre.
 
Su claro jersey de cuello de pico y su falda de cuadros al bies, gríseos y nacarados, parecían pasar inadvertidos.
 
Sin embargo, un instante después, su cara explosionó de alegría y felicidad. Una amplia sonrisa delató la presencia de su amado. Un interminable abrazo fundió a los dos enamorados. Así, mientras se susurraban al oído cálidas palabras de amor, el alborozo que les rodeaba se fue acallando paulatinamente, hasta convertirse en un íntimo silencio, sólo quebrado por la acelerada reverberación de los latidos de sus corazones (…)

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