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COSMOPOLITAN COFFEE

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor

ESPAÑA



 

Tras un opíparo almuerzo, aquel céntrico café, se presentaba como una agradable y relajada pausa de sobremesa. La dorada y cálida tarde primaveral, se veía turbada inopinadamente, por rachas de fresco viento montaraz.
 
Así, al acceder al establecimiento comercial, sorprendía su decoración exornada en estilo rustico y colonial, hasta el punto de que uno de los acompañantes bromeó, exclamando que se sentía más cuartago que bípedo.
 
En su interior, los aires de vanguardia y modernidad parecían no soplar. No había rastro alguno de minimalismos topológicos o desconstructivismos protorracionalistas. Si bien, paradójicamente estos vientos de contemporaneidad estaban presentes, y muy presentes.
 
Bastaba con realizar un barrido visual, con pertinacia escrutadora, para columbrar unos variopintos e histriónicos personajes, que pasado un breve lapso de tiempo, resultaban cada vez más cercanos, e incluso, llegado un cierto momento, hasta familiares.
 
De entre ellos, destacaba por su manifiesta excentricidad, una mujer de mediana edad, con una mirada exorbitantemente fija, cuyos cabellos estaban teñidos por una gama de tonalidades, que rozaban la más absoluta incredulidad.
 
No transcurrió mucho tiempo, para que aquella mujer, comenzara con gran desparpajo, a mondar, el esférico y enardecido cítrico, que tenía ante sí. Descascarando en espiral, pellizco a pellizco, con destreza y soltura hogareña y doméstica, toda su miniada superficie.
 
Desobedeciendo así, las más elementales normas de protocolo, que invitan a degustar esta pieza de fruta, sin tocarla con los dedos, usando hábilmente el cuchillo y el tenedor. Así, tras asistir atónitos a aquel espectáculo de ácida y agria gula enantiómera, todos coincidíamos en que aquel lugar, no era país para naranjas, parafraseando el título del film Bardemniano, pues se podía disponer de una amplia y variada carta de cafés, pero nadie atisbaba en el díptico naranjas, limones, limas o nada similar.
 
Nuestra mesa larga y entablonada, era compartida por una cuadrilla de comadres beatonas, que competían entre sí, vociferando con ansias desmedidas, las excelencias, gracias y magnificencias, de sus hijos médicos, economistas, y abogados.
 
No muy lejos de allí una muchacha rubicunda, de faz nívea y pomulada, con lentes de pasta azabache, las cuales, dotaban a su fisonomía de un aspecto ciertamente intelectual, se entretenía fotografiando con su sofisticada cámara digital, un sencillo y común bizcocho cuadrangular, desde todos los ángulos posibles. Quizá cabía pensar que vendría de alguno de los museos de arte abstracto, existentes en las inmediaciones, y que tal vez, quisiera probar fortuna en el accesible mundo del arte contemporáneo, después de ver alguna de las obras maestras, que componen el amplio catálogo de la abstracción posmoderna.
 
Justo debajo de los sacos de café, que a modo de papel pintado, decoraban con severa ranciedad, la pared lateral del local, se encontraba un joven asiático entregado al noble arte de la papiroflexia, realizando pliegues y dobleces sobre albayaldes hojas de papel, que tras su manipulación se convertían en asombrosas figuras cocotológicas, con salientes aristas simétricas y asimétricas (…)

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