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Capitanía del Viento

30 poemas de amor a Valparaíso

Ulises Varsovia

Chile



 Capitanía del Viento (1994).

Ulises Varsovia

 

 

VI. Arquitecturas

 

Capital de los vientos del sur de la tierra,

por tus interminables escaleras

sube la aurora con sus peces muertos cada día,

sube la luz temblorosa del alba

y alumbra tu prodigiosa arquitectura colgante.

 

Como naves que el viento despeñó de los cerros,

o arrojó el mar de su dominio bravío,

pueblan tu pecho sinuoso enfermos bajeles

que aúllan de espanto cuando las tormentas

te cruzan pulsando tus lúgubres jarcias.

 

¿Cómo, qué manos sortílegas, madre,

qué dedos mágicos por tus laderas,

por tu escarpado perfil tejiendo, hilando,

amarrando al viento mástil y arboladura,

velamen y espacio indócil atrapado?

 

De la ruda artesanía de tus hijos nocturnos,

de tus hijos sumergidos en un océano espeso,

de tus hijos que lidiaron con el mar su harina,

de allí techumbre hospitalaria, adobe y barro,

morada equilibrándose en la geografía.

 

Y día tras día por tus cerros hirsutos

se expandía tu prole litoral multiplicada

apuntando al mar la quilla de sus barcas,

como una gigantesca armada multiforme

emergiendo de la niebla o de los sueños.

 

Prodigiosa ciudad, de tus techumbres,

de tus altas terrazas innumerables,

de tus ventanas donde el océano suena,

emprenden el vuelo viajes y quimeras,

zarpan largas travesías oceánicas.

 

Y mientras por tus calles desquiciadas

repite el viento los nombres de tus náufragos,

mientras mar afuera aúllan barcos perdidos,

duerme en el interior de los toscos aposentos

tu prole exhausta mecida en el vaivén del agua.

 

 

VII. Se han ido

 

No hay por tus venas lúgubres, madre,

no hay por tus arterias de piedra lustral

donde millones de pasos muertos se aprietan,

o por tus caóticos conductos ciegos,

por tus agudas callejuelas rotas,

 

no hay, no hay por tus escaleras truncas,

por esas gradas de lluvia y viento agredidas,

por tu laberíntica red de segmentos

donde temblor, terremoto y tiempo porfían,

no hay, no hay, madre pálida en el alba fría,

 

no hay por las grietas de tu maderamen,

por los intersticios de tu vientre herido,

ni por tus muros cuajados de estigmas,

ni por tus iglesias donde cientos de años

repiten sus preces con labios asustados,

 

ni por tus quebradas donde cuelgan maderos,

ni por tus sórdidos conventillos roídos,

ni por tus muelles que la sal carcome,

ni por tus ascensores enmohecidos,

ni por tus cauces que la mar succiona,

 

no hay, no hay madre unitaria dividida,

ciudad regazo, ciudad guarida,

no hay por tus plazas que tus hijos rotos

pueblan de noche con sus sueños ateridos,

ni por tus viejos mercados clamorosos,

 

ni por tus playas de habitantes diminutos,

ni por tus cementerios de huesos poblados,

ni por tus acantilados inexpugnables,

ni por tus prostíbulos que el dolor lacera,

ni por toda tu extensión desfigurada,

 

no hay, madre pálida, no están, se han ido,

no hay y silencio, ya no están y luto,

ya no existen y largas calles vacías,

plazuelas que la madrugada no sustenta,

arquitectura de los cerros en muecas crispada.

 

 

X. ¿Quién, si sonidos?

 

¿Quién azucenas marinas,

quién su penetrante olor

a flores nocturnas dehojándose,

a pétalos de luz estelar en la orilla,

si mis pies nuevamente por tus arterias,

si mi voz rotos nombres por tus esquinas?

 

¿Quién a mis manos, ciudad, quién tus sortijas,

quién el nimbo de la noche encallada,

quién violentas violetas equinocciales

sacudiendo su polen somnífero en mis párpados,

y el beso voraz de tus pálidas ninfas,

y el ala del sueño de tus nigromantes?

 

¿Quién si mi voz quebrada restallara,

si desde tus fantasmales calles

rostros que el esfuerzo intenso desdibuja,

rostros como los viajes, quién, madre amada?

 

¿Quién a tu ceño gris deshojado,

quién a tu orilla nocturna aterida

una ráfaga de idiomas inescrutables,

un cortejo de peces brillantes sonando,

el mar tañendo su vientre sombrío?

 

¿Quién, ciudad parpadeante, en el sitio

donde trazas de fría orfandad,

donde insistencia de tristes sirenas,

donde sueños temblando, quién, si gritara?

 

¿Quién, oceánica nodriza, si el agua,

quién si el agua otra vez su sonido,

su plañidera sonata por tus calles,

quién si sus cuerdas la antigua melodía?

 

¿Quién, madre nocturna, si mis dedos,

si mis manos cóncavas hacia los cielos,

si con todas mis fuerzas, quién, desde el tiempo?

 

 

XII. Al agua

 

Al agua del mar bullente de peces y espumas,

al agua azul de inescrutables misterios,

de don mineral y atributos gestarios,

al agua sal, oxígeno y carbono,

y materia cósmica, y esquirla del rayo,

lucha y vaivén, polémica de truenos,

contienda de planetas irreductibles

que la noche hipnótica con sus antenas,

que rotación, y ángulo, y desplace,,

y pulso de los vientos transoceánicos,

 

al agua, madre, a tus aguas filiales,

a su patrocinio de entidades insondables

en cuya potestad tus planetarios distritos,

de cuyo bramar tus trastornados sonidos,

 

al agua undosa, a su vértigo de tromba

sacudiendo, revolviéndose en sí, desatada,

lúdica y ebria y voraz y hechizada,

a su fuga perenne que los peces,

que la luna inalámbrica su tutoría,

dínamo sierpe enrollada y disuelta,

convulsa en un trance de ménade en trance,

furia, escurrir, elevarse y restallo,

 

al agua que piélagos, que ínsulas boreales,

que el confín de los océanos inmensurables,

al agua que inaccesibles oquedades,

que acantilados recios, que moles polares,

que espuma migrante y sal derramada,

 

al agua, ciudad, que tu perfil roído,

que tus pies dislocados, que tu vientre sonidos,

que toda tu extensión en su letárgico vaho,

al agua ayer, entonces, hipnotizado,

al agua desnudez, al agua amparo,

al agua en el amor, al agua negros pájaros,

al agua en el exilio, al agua sus brazos,

al agua hasta en el sueño precipitado,

al agua en el morir, al agua, al agua, al agua.

 

 

XXII. Abuela

 

Me miras con tus ojos

que la muerte destituyó de luz,

con tus ojos que atraparon

en su haz de bondad pura

mi pequeña figura de niño.

 

Era tu muda humanidad, madre,

era tu vida solemne silencio,

y a tu alrededor mis manos ciegas

tactando en ti el tibio plumaje,

la vertiente de luz para la sed obscura.

 

Por la tarde retumbaba el mar

a lo lejos, desde la ventana,

y tus brazos lo envolvían todo

conjurando sonidos y maleficios,

asidos a mi cuerpo como una membrana.

 

Nadie como tú sacudió la sombra

hasta extirpar el terror de las cuencas,

y por los quejumbrosos corredores

una mano maternal tradujo ruidos

a la enferma armazón de la madera.

 

Cuando la vieja ciudad deslumbrante

me atrapó en sus quebrados ligamentos,

iba tu humanidad por las calles

tras mis azarosos pasos, madre,

y sólo el viento sabe el resto.

 

Sólo el viento de los altos cerros

sabe dónde no pudiste hallarme,

y por qué artificios el mar nigromante

cautivó mis ojos hasta hipnotizarlos.

Sólo el viento sabe tus ojos llorando.

 

Ahora que duermes bajo la tierra

se abren en mí tus ojos nuevamente

y me envuelven en su haz de luz extinta,

y tu muda humanidad grita mi nombre

por las calles por donde huyen mis pasos.

 

 

XXIII. Fauna porteña

 

Habitantes del anfiteatro sonoro

por donde el viento dispersa sus lenguas

diseminando cifrados secretos marinos,

hijos de los desgreñados cerros

cuya arquitectura de hirsuta prosapia

vacila en el trapecio del pulmón oceánico,

 

corajudos portuarios de manos callosas,

legendarios centauros de los mares,

lancheros de maroma y marejada,

ascensoristas de pesados malabares,

mariscadores a orillas de la muerte,

vocingleros mercaderes del zapallo,

albañiles de gredosa argamasa,

ferroviarios de pito y estruendo,

pescadores que la mar enamora y atrapa,

ambulantes de tortillas de rescoldo,

seductores managuas de viril linaje,

picasales de rostro salpicado,

afiladores de cuchillos trashumantes,

canillitas de estridente grito,

amasadores de albina apostura,

hojalateros cauterizando derrames,

prodigiosos especímenes circenses,

vendedores de mote con huesillo,

sagaces matuteros de la orilla,

conductores de serpenteante estilo,

barrenderos de retorcidos conductos,

recolectores de huesos y botellas,

huasos urbanos de Quebrada Verde,

milicos de socarrona labia,

pelusitas de sueño estremecido,

 

estibador sonoro y bochinchero,

costureras enhebrando sueños,

bodegueros borrachos como cuba,

alquimistas de chicha y floripondio,

carretoneros agitando los mercados,

peluqueros de rápida navaja,

escolares díscolos y cimarreros,

talabarteros domeñando cueros,

chirimoyeros de tinta pasada,

artesanos de caóticos talleres,

organilleros de pegajosas notas,

zapateros de aguda lezna,

aduaneros agobiados de bultos,

traficantes de perfumes silvestres,

barquilleros navegando en Plaza Echaurren,

turroneros de empalagosos dedos,

sufridos cargadores de la feria,

profesores de pizarrón garabateado,

jornaleros de jornal exiguo,

tripulación sórdida de la noche,

 

pobladores de las altas galerías

donde el mar estentóreo retumba

y desgrana sus ruidos crepitantes,

 

sabed que sal y escamas y arcilla,

sabed que volantín y trompo y rayuela,

que chillido de acrobática gaviota,

y onduladas aguas galopantes,

y recodo de empedrados viaductos,

y ruidos desgarrados de la lluvia,

y sopaipillas pasadas, y cazuela,

y pastel de choclo, y sopa marinera,

y la voz del mar dondequiera que vaya,

dondequiera que mis pasos resuenen,

dondequiiera que la luz me deslumbre.

 

 

XXV. Dinastías

 

El hombre inefable entidad cuyo destino

azar y error, traspié del acto irresoluto,

demente reincidencia en el mismo extravío,

como si la luz en él precipicios,

lóbrega caverna donde solo y a ciegas.

 

En el tiempo su ser ciego tentativas,

en el tiempo aferrado a las cosas,

insistiendo en su incierta permanencia,

conjurando con ritos de uso y costumbre

el invisible desgaste de cada día.

 

En el corazón de la ciudad del viento

hay un solar con malheridas ruinas:

carcomidas vigas, roturados cristales,

enmohecidos caños, herrumbre incierta,

calaminas retorcidas en grotescas muecas,

adobes que la lluvia ha ido desvirtuando,

maderas sin filiación, anónimo escombro.

 

Aquí donde polvo y desolación, aquí

donde vendaval de ruina y desgaste,

aquí donde yermo suelo castigado,

donde olor de putrefactos residuos,

aquí que testimonio de ardua intemperie,

aquí muros y armazón, espacio atrapado,

aquí costumbres y sueños y desvaríos.

 

Tal vez vinieron por las rutas del océano

con sus ancestrales bártulos imantados,

y anidaron en el ombligo del viento

derramando polvo de ultramar sobre el suelo,

purificando la tierra con mágicos ritos.

 

Tal vez cayeron de remotas estrellas

dotando de cósmicos misterios este sitio,

o los aventó el céfiro de los montes,

o emergieron del mar estrepitoso

con su séquito de ruidos inconsolables.

 

Yo no recuerdo sino gravedad y silencio,

la procesión de seres mudos por los pasillos,

los lúgubres quejidos de las enfermas maderas,

la lluvia durando interminablemente

y el ulular del viento por los intersticios.

 

Alguien había desconectado el aire,

y las humedecidas paredes,

las desvencijadas tablas del piso,

el polvo milenario de las alacenas,

impregnaron de su vejez el espacio

hasta enrarecer la atmósfera de sedimentos.

 

Por las escaleras trepaban o descendían

cavilosos fantasmas de solemne paso,

y en los cuartos donde utensilios enfermos

o bártulos de insondable identidad dormían,

latía aún la vehemente presencia

de los antepasados desaparecidos.

 

La vetusta casona se erguía en el viento

interceptando los mensajes del mar airado,

y a través de los cristales desleídos

precipitaban las olas sus ruidos,

mientras diminutos seres clandestinos

corrían por el entretecho, o cuchicheaban,

o golpeaban las ollas con sus nudillos.

 

La vieja abuela de mágica estirpe

iba por la casa con sus ritos expiatorios,

y a su paso asustados espíritus, ánimas,

inveterados fantasmas pululantes

caían bajo el conjuro de sus alquimias.

 

En el diario trajín por el laberinto

se enredaron los pies entre sótano y buhardilla,

entre desván caliginoso de arañas

y lóbrega bodega de yertas maderas,

de modo que mi vida se impregnó de un tiempo

cuajado de inescrutables ceremonias,

lleno de obscuras fórmulas y sortilegios.

 

Piano y victrola, polvorientos libros,

destartalada rueca adormecida,

fotografías de seres extraterrestres,

cartas que manos trémulas redactaron,

descoloridos muebles transcurriendo,

hierbas contra maléficas enfermedades,

¿cuándo cedió el patrocinio del tiempo,

dónde están vuestras heridas entidades?

 

El roce del invisible transcurso

gastó vuestra extremada resistencia,

y lo que fue fundación de recios pioneros,

aquello que arrostró terremotos y hechizos,

cayó también a la garganta del tiempo.

 

Ahora contemplo el solar cicatrizado,

veo el resumen oprobioso de una historia

hecha de férrea voluntad y resistencia,

y es como si los muertos hubieran capitulado.

 

Porque la vieja casa elevó su apostura

sobre cráneos y húmeros empecinados,

y mantuvo su entidad hasta que los huesos,

hasta que fantasmas y espíritus filiales,

hasta que los manes tutelares claudicaron.

 

Y esta historia es la historia del Puerto,

la historia de los cerros deponiendo

su esplendor de patriarcales dinastías,

la historia que lame y lame el viento.

 

Y algún día, cuando volváis de los viajes,

cuando retornéis a las calles de abrupto trazado,

ya no estarán los grandes navíos terrestres,

ya no hallaréis el ancestral maderamen.

 

Porque entre el clamor de la mar iracunda

y el eólico soplido castigando,

entre lluvia, granizo y terremotos

se va cumpliendo el destino de los hombres,

y esta es la historia del gran Valparaíso.

 

 

XXVI. Naufragios

 

De noche caen al mar las vidas

de los habitantes apretados a los cerros,

y luchan allí su espuma, su sal corrosiva,

desperezan su naufragio circundante

gritando en el desvarío de la marejada.

 

Mar océano, tus súbditos nocturnos,

la población de seres hipnotizados

que giran sin rumbo en tu efervescencia,

tus extraviados hijos de la orilla

se prosternan y aúllan de obediencia

en tu catedral de cristal azul desatado.

 

Por tu espuma envolvente vagan sus vidas

arrastradas sin fin sueño adentro,

y desde inaccesibles islas negras

envían señales los nautas perdidos

haciendo sonar caracolas marinas.

 

Piélago tumultuoso, profunfa madre

a suyo seno salobre mariscadores,

navegantes de tormentosa derrota,

pescadores de atávico destino caen,

 

devuélvenos tu sangriento botín de guerra,

devuélvenos tus arrebatadas presas,

el tributo de sangre que tus súbditos

reclaman revolviéndose en su propio naufragio.

 

Porque de noche descendemos a ti temblando,

de noche es la dimensión del extravío,

y en la red salobre de tu omnipotencia

sacuden nuestros gritos tu demencial navío.

 

Mar océano, tus súbditos nocturnos,

los que descienden de noche a tu templo iracundo

y desvarían columbrando islas,

prosternan ante ti su febril obediencia

y te arrojan los nombres de sus seres muertos.

 

 

 

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Este artículo tiene © del autor.

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