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LOS GENERALES NO VAN A LA GUERRA

Emilse Zorzut

Argentina



 
En la puerta de la Sala de Conferencias dos soldados fuertemente armados impedían el paso. Adentro no se sabía si se daban la mano o si rompían en mil pedazos el acuerdo. La calle, repleta de gente, iba cargándose de un clima denso donde el optimismo parecía diluirse a medida que el sol iba saludando por ausentarse hasta el día siguiente.
La noche fue llegando agazapada diagnosticando intrigas y miedo
La puja había surgido hacía ya varios años, ambas partes pretendían adueñarse de la misma ciudad y los que habían nacido en ella o vivían allí sin ser nativos, exigían su independencia. Cada parte tenía su razón pero que no era la razón completa y los árbitros que ofrecieron su intermediación para evitar la guerra, parecían pelotas de ping-pong que rebotaban sobre la mesa volando luego en todas direcciones.
Las primeras luces de la mañana mezcladas con una tenue niebla parecía ir tragándose el optimismo que los habitantes de la calle habían acunado durante el atardecer anterior; pero nadie se movía, aunque la espera doliera era mejor estar allí.
A las diez de la mañana la puerta se abrió, la expectativa general se convirtió en silencio que dolía en la piel. Salieron los custodios encargados de la seguridad de los miembros que habían asistido a la Asamblea, se colocaron en dos filas, fusil en mano, dejando en el centro un pasillo por donde comenzaron a transitar las autoridades. El primero fue el Comandante en Jefe del ejército del país con el cual se había creado la disputa, luego lo hizo el representante del Pueblo de la región que los dos países linderos querían ocupar y la expresión de sus caras no pronosticaba buenas noticias.
Todos subieron a sus autos y se fueron. La gente de la calle quedó allí, inmóvil, esperando alguna información de las autoridades pero los minutos siguieron pasando y todos quedaron mirando la gran puerta cerrada y a los dos soldados fuertemente armados.
Lentamente la gente fue volviendo a sus casas, decepcionada, con angustia y esperando lo peor. A las doce del medio día las campanas de la iglesia comenzaron a sonar como si alguien se hubiera muerto. Luego la Autoridad máxima de la Nación informó por radio muy escuetamente:
- Las negociaciones de paz han fracasado. Estamos en estado de guerra.
Lo que pasó después era de imaginar, reclutaron a los jóvenes, los camiones del ejército iban y venían por las calles, los comercios cerraron y la gente entró en pánico. A las pocas horas todos los efectivos de las fuerzas armadas estaban apostados en la frontera, los generales daban órdenes a sus segundos, éstos a los de menor rango hasta llegar a los soldados. Al atardecer el General Mayor se reunió con los coroneles y les impartió la orden de que un grupo pequeño de soldados cruzara la frontera al oscurecer y ejecutara a todos los habitantes del pueblo vecino como escarmiento y un subteniente reunió a su tropa
- Necesito quince voluntarios – gritó.
Nadie se movió.
- Dije que necesito quince voluntarios – insistió más fuerte.
Un muchacho, tal vez impulsado más por el miedo que por la valentía, dio un paso al frente y se convirtió en imán para los otros catorce restantes.
- Ni bien oscurezca, ustedes cruzarán la frontera y aniquilarán a todos los habitantes de La Grieta. El enemigo debe darse cuenta que estamos dispuestos a todo.
- Señor, permiso para preguntar – solicitó un joven.
- Lo tiene, soldado.
- En La Grieta viven sólo mujeres y niños porque los hombres están 20 Km. trabajando en la Petroquímica. ¿Tenemos que matar a las mujeres y a sus hijos?
- Esa es la orden, soldado.
Dentro del silencio que surgió la brisa tuvo sonido y algo mordió a todo el grupo por dentro.
- Permiso para preguntar, señor – gritó otro.
- Concedido, soldado.
- ¿Usted ordena que matemos a mujeres y niños indefensos?
- Yo trasmito las órdenes del Alto Mando.
- Yo no puedo hacer eso, señor – se excusó el joven que dio el primer paso al frente.
- Yo tampoco, señor.
- Ni yo – gritó al unísono el resto.
-¿ Se niegan a ejecutar la orden?
- Si, señor -, todas las voces unidad sonaban a tempestad.
El suboficial giró sobre sus talones y se dirigió a la carpa de los jefes superiores e informó lo ocurrido.
- Que un pelotón de fusilamiento acabe con ellos así los demás obedecerán.
La orden era concreta, no admitía réplica y el pobre subalterno que no estaba muy seguro de hacer lo correcto si obedecía se justificó a sí mismo con un “estamos en guerra”, fue la única excusa que encontró.
El atardecer vio quince cuerpos tendidos en tierra regándola con su sangre.
- Necesito otros quince voluntarios – resonó la voz pero ya nadie dio un paso adelante.
- ¿Quieren morir todos? – atronó nuevamente la voz.
- Antes que matar a mujeres y niños indefensos, si, señor. – Las palabras resonaron como el estallido de un trueno.
- Es una orden – el suboficial ya no gritaba tan fuerte.
- Es una orden inhumana, señor.
- Estamos en guerra, soldado.
- Yo no inicié esta guerra, señor.
- El Alto Mando ordena
- ¿El Alto Mando sería capaz de hacerlo, señor?
Al pobre subalterno se le acabaron las razones y sólo atinó a sacar su arma y colocarla en la cabeza del soldado disidente.
- ¿Me matará, señor? – preguntó el soldado – Usted ordenó el fusilamiento de nuestro compañeros pero usted no disparó, señor.
La mano del hombre vaciló, no era tan fácil matar mirando a la cara a quien ni siquiera iba a tratar de defenderse.
A lo lejos dos coroneles observaban la escena, se encaminaron hacia el grupo pero parecían no tener prisa. Los diálogos dados en voz militar se escuchaban a distancia y se entendían. ¿Qué harían? Surgió la duda en cada uno de los soldados y ¿por qué no? en el suboficial.
- ¿Qué pasa? – uno de los coroneles intentó dar firmeza a su pregunta.
- Los soldados se niegan a cumplir órdenes, las consideran inhumanas.
¿Por qué no le disparó?
¿Podría usted, señor? Le cedo el privilegio.
Seguía sin ser fácil matar a quien nos está mirando a los ojos, inmóvil. Vaciló por primera vez en su vida.
- Es el enemigo – dijo al final.
- ¿Los niños y las mujeres, señor?
- Aún así.
- Bueno, supongo que usted nos daría un ejemplo; cruce la frontera y mate al primer niño, tal vez así lo seguiremos.
- Yo doy las órdenes, soldado
- Y quiere que nosotros las ejecutemos por usted; así es muy fácil, señor.
De nuevo el silencio dejó escuchar la leve brisa, fue tal vez un minuto que tuvo la dimensión de un siglo. El sol se ocultaba tras el horizonte y la espera mordía adentro como un perro rabioso.
- Cancele la operación, suboficial – concluyó el coronel en voz baja.
- ¿Se acabará la guerra? - se preguntó cada uno de los soldados porque sin el Alto Mando no hay batallas; ellos dan órdenes, no las llevan a cabo por sí mismos.
 
                       EMILSE ZORZUT
 
 
 

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