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POEMAS

Harmonie Botella

España



 

El caldo del cocido

 

El cejo fruncido, la mirada fría e inquisitoria,

espías con el rabillo del ojo

los movimientos del adversario,

y te cierras herméticamente a cualquier signo de paz.

Eres el inmolado, el mártir postergado que se fustiga

en el desorden de las ideas y de los sentimientos.

No levantas la vista de tu plato

como si dentro de este maldito cocido

estuviera tu salvación, tu amparo frente al último asalto.

¿Por qué oír y hablar si este mundo de mayores

sólo es decadencia, demagogia, tiranía y precepto?

Los ojos del cocido

te miran atónitos, perplejos y desorientados

al igual que los ojos del enemigo

que cansados de tanto resentimiento

se secan como los ríos de la estepa

de tanto sufrir inútilmente,

llorar con lágrimas enjugas

y apagadas sobre el cadáver frío

del disentimiento, de la rabia, del odio encarnecido.

Con la última mascada en la boca

gruñes una indecencia

y te retiras hacia tus aposentos de rey maldito,

de príncipe decaído

dejando a la plebe maligna morir en el caldo del cocido.

 

 

Levanta la vista

 

Levanta la vista

y gradualmente se eclipsan

los colores destellantes,

las formas lacias, las músicas tenues,

el mundo portentoso.

Los extravagantes vagabundeos,

las sensaciones solazadas,

las emociones turbadoras,

los sentimientos fastuosos

se esfuman detrás de un telón de humo.

El placer, como la vida, se troncan

y emergen los diablos, sin nombre.

El infierno abre sus puertas

para atraparle en sus calderas de muerte.

La angustia se apodera de él,

el dolor físico invade su cuerpo,

come su corazón y su cerebro.

El sudor helado baña su piel

y la desazón penetra su ser.

Locura y sufrimiento se acuartelan en sus entrañas

hasta que por fin roba dinero

para comprarse más cocaína .


Madre, te odio

 

Tu aliento de matrona podrida me envenena,

tus ojos malignos de matriarca derribada

por los otoños traicioneros me aniquilan

y en un deshilachado manto me rodean.

Eres mi penal, mi condena por haber nacido,

de tu nauseabundo vientre perjuro y pestífero

,

de tu vientre que quiere engullirme, devorarme

para destruirme y proclamar que sólo suyo tuyo,

y que tú seguirás siendo la soberana que gobierna,

que regenta el destino del malogrado hijo deslucido.

 

Me acorralas, me asedias, me asechas y me fustigas

 

con tus miradas vacías, tus suspiros ahogados,

tus reproches silentes y tu vida

que se muere de desamor.

Muérete del trance de los hastíos,

de los que no vivieron su vida,

de los que sólo trabajaron para los suyos, arrodillados

en la tierra infecunda de esta vida de perros.

Muérete ya de una vez y déjame fenecer a mi gusto

entre porros, litronas y anfetas,

tirado por el suelo mugriento

de las avenidas mortuorias de nuestros últimos ahogos.

Déjame madre,

ya encontraré el camino que me lleve al infierno,

como todos los que conozco, todos los que fumaron,

bebieron, pegaron, robaron y mataron.

 

Madre, márchate,

no me esperes,

te odio.

Destruiste mi vida

y te premian con el cielo azulenco y translucido.

Muérete antes de que mi odio

te crucifique por última vez,

antes que mi rabia contenida coja este cuchillo y te raje.

Pero, madre, márchate y muérete.

Cierra las puertas celestiales del amor,

del perdón y de la vida.

Ahí nadie me espera.

Madre no me mires más

que las calderas del infierno me aguardan.

No entres conmigo, madre.

Esta puerta es la de los mal nacidos.

No entres, madre, te harían daño, te harían sufrir,

tú que sólo supiste dar amor, besos y caricias.

No entres mama... te quiero.

 

 

 

Sala de espera

 

Sala de espera, llena de estridentes palabras veloces.

Palabras

que suben y bajan,

que caen en el sumidero de la materia,

palabras ahorcadas

en las manecillas de un reloj aburrido,

palabras que moran en el cerebro

y desvanecen en los pasillos.

Sílabas agrias y tumefactas

que se confunden con el zumbido de la caldera.

Vocablos que se transmiten en silencio

para que nadie los oiga,

morfemas indecisos que aúllan con agresividad,

sujetos y verbos que se ignoran

pero irrumpen juntos en los pensamientos,

frases de carrerillas, párrafos confusos y disonantes

se ahogan en el siniestro maldito de una sala de espera.

 

Una lágrima hosca y vacía

 

 Resbala una lágrima hosca y vacía

por el surco de tus mustios fanales apagados,

cuando la solitaria centella del tiempo

flaquea hacia las ásperas tinieblas.

 

Cae una lágrima hosca y vacía

sobre la página inmaculada de la ficticia

que desagua su castidad impura

bajo tu mano temblorosa y perjura.

 

Mancha una lágrima hosca y vacía

la tinta bruna de tu pluma antes facunda

que no desclava ningún secreto del folio ocre

que inspiraba tus mejores versos y rimas.

 

Inunda una lágrima fosca y vacía

el sobrio papel del poeta desamparado

y descuidado por la musa del tiempo naciente

que prefiere rimar la lágrima con peta y litrona...

 

 

Cenicienta

 

Cenicienta grisácea

que llora cerca de la lumbre ahogada,

recuerda el ayer sofocado,

evoca las palabras y los gestos del cariño,

rememora las cálidas sonrisas de la pasión,

las miradas incandescentes,

la fogosidad de ese amor pasado.

El amor, al igual que tú,

tiene arrugas en el rostro y en el corazón,

le duelen las piernas, las manos, el alma y la vida,

no distingue en este almanaque amarillento

el hoy del ayer,

el ayer del mañana,

sus días están hechos de momentos huecos y deslucidos,

de frases sin sentido,

de vocablos que se repiten para rellenar el vacío.

Amor, amor...

¿Cuándo se desvaneció el amor?

¿Cuándo se extraviaron las caricias?

Cenicienta ya no recuerda.

Se pierde en ese pasado reciente,

se revuelve afligida

en la materia opaca de la indiferencia,

en el lodo gris de la indolencia,

en el barro pardo de la desgana.

El espejo mágico

refleja el rostro pálido de la princesa para recordarle

que ya no tiene veinte años,

y que nacieron las primeras canas,

que los sueños hechiceros tienen un fin,

que los príncipes se cansan de las bellas damas,

de sus ideales, y de su conversación,

que hoy sus miradas mudas y desiertas

se extinguen en la pantalla de un televisor,

en un vaso de whisky barato

o en la carrocería de un Laguna último modelo

y que el amor fue sólo un espejismo

que duró el tiempo de un cuento de hadas.

Cenicienta, ya no eres princesa...

No te duermas, despierta. Ya no eres princesa...

Pero puedes ser reina. Despierta...

La corona te espera.

 

José Chaves, pasajero del Stanbrook 1939

 

Sendero estático, retorcido,

que se pierde en el musgo glauco

de las reminiscencias y del devenir.

 

Sendero obsoleto que se desvía

en los meandros opiáceos de la mente

y del recuerdo agrio del ayer.

 

Sendero henchido de grieta

que ciñe la memoria frágil

del hombre sin fe y sin señas.

 

Sendero de la emoción escondida

entre las páginas céreas de un almanaque

que alguien arrancó de una pared polvorienta.

 

Sendero mutilado de la vuelta al hogar,

no sabes si avanzar o retroceder

hacia ese mundo que ya no te pertenece.

 

Sendero de ida y vuelta

sendero sin principio y sin fin

sendero de la vida y de la muerte.

 

 

Pasado

 

Cortina de humo opaco,

sábana deslucida del insomnio,

agua gris solidificada,

prieto aire sombrío,

tapan la frágil estría del pasado.

El recuerdo mustio lucha

contra las mareas de tierra mezquina

que quieren ahogarle con el peso del olvido,

la costra de la marchita indiferencia

y la escara blanquecina de la senectud.

La querella tétrica del pasado

se disipa en un lodo ennegrecido

que absorbe la ligera reminiscencia

del quebradizo raciocinio tambaleante.

 

Espejo

 

Crucé el espejo líquido de la alcoba

y encontré una llanura tersa y etérea

donde los segundos eran horas

donde las horas se transformaban en días.

La calma opaca del tiempo y de la materia

se soldaban en una nívea licuación flácida.

Los elementos no poseían significantes ni significados

y se entretejían en unos tapices mágicos y asombrosos.

Desaparecieron los espacios y los instantes

para dejar brotar la esencia de la armonía constante.

Los minutos

 

Los minutos se desmoronan

y caen en el vacío de la espera,

arrastrando consigo la angustia,

la soledad, el miedo y la desesperanza.

Los minutos incandescentes

se esfuman tras el humo mustio

de la hoguera sombría

donde quemamos nuestro anhelo,

nuestra desazón, nuestros deseos.

La espera perversa corroe el tiempo,

socava el espacio y la materia.

El tiempo lisiado suspira

y gime al compás de la muerte.

 

Memoria

 

Memoria líquida anquilosada

en el tiempo estático de la locura.

Memoria líquida olvidada

en la penumbra fría del crepúsculo.

Memoria líquida zambullida

en las cenizas heladas del olvido.

Memoria líquida sumergida

en el tenebroso hollín de las reminiscencias muertas.

 

Espejo

 

En el precipicio del espejo de la reminiscencia,

aúlla el recuerdo ardiente de la pasión sofocada.

Tumulto y bullicio incandescentes abrasan los sentidos,

lamen las pieles, incendian los cuerpos.

 

En el precipicio del espejo de la reminiscencia,

danzan las llamas perennes del ardor sepultado.

Fuego, resplandor y calor se licuan en el antagonismo,

envidiando traspasar la luna reflectante de la memoria.

 

En el precipicio del espejo de la reminiscencia

la conciencia se desvanece detrás del vaho nacarado

de la brasa perturbadora y díscola

que se consume en despertar la pasión oculta.

 

Bailando

 

Bailando en la orilla de tu quimera de nácar,

me extravío en los desvaríos áureos de tus espejismos,

me deslío en la opacidad encarnada de tu fantasía,

me licuo en la materia etérea de un espacio sin fin.

 

Bailando en la orilla de tu quimera de nácar

pierdo el equilibrio de la cuerda sensatez

y me sumerjo en unas melindrosas corrientes oníricas

que me llevan hacia la utopía matizada del delirio.

 

Bailando en la orilla de tu quimera de nácar

me recuesto entre las nubes fluidas de tu mente,

me desperezo entre los pétalos de la lujuria

para fundirme en el insomnio de tu pasión.

 

 

Luna de hierbabuena

 

Luna de hierbabuena

 

perdida en un océano desteñido,

 

luna de hierbabuena,

 

mareada por las turbulencias de la vida.

 

Luna de aguamiel,

 

somnolienta pero inquieta,

 

luna de aguamiel

 

engañada por los hombres.

 

Luna carmesí

 

de la furia y de la pasión,

 

luna carmesí, te ahogas

 

en el ayer y el mañana.


 

Noche

 

Las garras negras de la temible noche

avanzan y penetran paulatinamente

en el seno inocente de la ciudad dormida.

Rasgan el asfalto de las calles

para sembrar con desprecio su hiel hirviente.

Se introducen en las casas apacibles

y violan los tersos hogares.

El aliento viciado de la luna

cae como el expiro de la muerte

sobre las avenidas y parques deslucidos.

Las sombras se tambalean sobre los muros

antes de tropezar en el algún zaguán fétido.

Los anónimos de la noche desfallecen,

sus miradas de zombi se pierden

en la creciente inmundicia.

Anhelan ansiosamente la absorción

del caballo que les hará felices.

 

Falsa virgen

 

Del sol cálido, del viento irisado y de la lluvia naciste

en unas laderas arrasadas y alejadas de la civilización.

Tu tez cenicienta se mezcla con el polvo del sendero

y eclipsándote hacia no se sabe que esferas lejanas

huyes angustiada de un universo

de permuta y compensación

al cual te canjearon a cambio de dos bolsas de arroz.

Eres ya, con tus pocos años, la falsa virgen de la lujuria,

el lúbrico espejo vacío de la infancia vejada e injuriada.

No existen los cuentos infantiles de hadas y princesas,

solo eres el felpudo

desgastado de centenares de hombres

quienes, impunes, acuchillan

la mirada inocente de la infancia.

Llueve

 

La lluvia metálica

atraviesa mi piel,

corroe mi corazón fatigado,

borra mis emociones

y apaga la llama de mis sentimientos.

Va ahogando la huella del amor,

esfumando las prematuras sonrisas.

Llueve sobre mi alma

y mi cerebro agotado

se deja llevar por unos efluvios de acero

que declinan hacia el abismo infernal.

Tren

Tren, sin ida ni vuelta,

que recorre un tiempo desarticulado,

tren, sin memoria, sin esperanza ni metas,

que se estanca en el espacio dislocado.

Tren del pasado y del futuro

que no recuerda goces ni desazones,

tren del renacer y de la agonía

que desvirtúa la acuarela esmeralda.

Tren sin viajeros ni conductor

que derriba los árboles de los cuadros de la vida,

tren sin hollín ni exhalaciones

que se pierde en la frialdad de la amnesia colectiva.

 

Me vestí de lluvia y de mar

 

Me vestí de lluvia y de mar,

me engalané de mirra y jazmín,

me oculté detrás de la quimera del tiempo.

Del infinito y del ensueño hice un manto

que escondiera mis pensamientos.

Me vestí de lluvia y de mar

disimulando mis sentimientos

y a hurtadillas entré en el vergel de tu corazón.

Sorbito a sorbito bebí el néctar de tu amor.

 

Despierta mi amor, ebrios de tu esencia

mis ojos afligidos buscan tus miradas abrasadas,

tus labios encendidos y tus manos ardientes.

Más el arpa de tu cuerpo dolido

se pierde en unos meandros,

meandros incógnitos que turban tu mente.

Recuerda que me vestí de lluvia y de mar,

me engalané de mirra y jazmín

para que descansaras tu pena

sobre el jardín de mi seno.

 


 

 

Y me desnudo lentamente

 

Y me desnudo lentamente delante del espejo traidor.

Mis piernas

engalanadas de sinuosas varices añiles

y de nubecitas foscas

sostienen un raudal de carnes grasientas,

que luchan año tras año contra el sobrepeso,

los dolores, los regímenes milagrosos

y los consejos de los médicos.

Mi cuerpo asqueado

por las dietas nacidas de la quimera,

la vida sana, el deporte moderado, la vida sin humo,

aguanta las miradas

inquisitorias de la familia y de los amigos

que no entienden que una mujer que fue bella y delgada

se transforme poco a poco

en un cúmulo de carnes flácidas.

Y me sigo desnudando lentamente

delante del espejo traidor,

y veo mi mano atrofiada

que se balancea como una tonta

a lo largo de mi cuerpo, de mi cuerpo de mujer madura,

y distingo esa barriga, que alojó tantos embarazos,

esconderse con vergüenza detrás de la otra mano

que poco le falta

para seguir el camino de su compañera.

Y miro hacia abajo y oigo a mis pies casi perfectos

lamentarse de padecimiento y poca comprensión.

¿ Nadie aliviará su dolor?

Que se fastidien,

otras partes del cuerpo sufren y no se quejan.

Y cuando me fijo hacia arriba,

mis ojos deformados y nebulosos

me recuerdan a través de unos nimbos foscos

que la vida pasa,

pasa sin reparar en los estropicios que causa,

pasa con demasiada premura, pasa sin vuelta atrás.

Y me sigo desnudando lentamente

delante del espejo traidor,

y percibo que lo único que me queda son mis neuronas

,

más valiosas que un ejército de cuerpos de top-models,

mi amor hacia todos los que me rodean

y siempre el grito de la vida y de la libertad,

albergado en mis senos cansados y flácidos.

 

 

 

 

Sombra en mis fanales

En el celaje deslucido de una sombra

se derrama la oteada de mis fanales

disolutos en los sueños nublados del alba.

El esbozo deslustrado de los perfiles

de la antigua y opaca existencia

absorbe y licua mis nebulosos candiles .

La silueta triste de la decrepitud arcaica

se disuelve en los meandros espirituales

de mi infortunada mente espantadiza.

 

 

Harmonie Botella Chaves.

Y me desnudo lentamente. Taller del poeta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este artículo tiene © del autor.

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