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LA BRISA CANTÁBRICA

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor



 

Desde los gríseos y elevados muros del abrigado puerto, se divisaba el Mar Cantábrico; índigo y níveo; removido por la inquieta marejada; con sus cresterías albares y sus recuestos azulinos; con sus candes y salinos rociones, y su perseverante y locuaz fragor marino. Un maravilloso aroma salobre inundaba el espacio portuario, mientras nuestra tez y nuestros cabellos eran acariciados, una y mil veces por la…
Brisa fresca y veleidosa
transparente e invisible,
espontánea y hermosa,
marinera y sensible…
Brisa lienta, que avivaba los coloristas acastillajes de las embarcaciones, dispuestas en hilera sobre los lignarios pantalanes. Brisa suave, que embellecía el lento y premioso planeo de las gaviotas, que se dejaban impulsar por su intangible flujo. Brisa sutil, que deslizaba con sosiego, los cúmulos algodonosos y nacarados existentes, proporcionando a sus formas curvoconvexas una indescriptible belleza, que parecía cincelada por la mismísima mano de Dios.
Al caer la tarde, en el espigón menor que cerraba la bocana, se erigía además del cilindro que albergaba la señal luminosa esmeralda, indicando el estribor, un gran ancla, que invitaba a soñar con intrépidas singladuras y travesías, por los más recónditos cofines de la tierra.
Enfrente, donde finalizaba el dique del rompeolas, los guiños intermitentes y cadenciosos, de la luz escarlata de la bocana de babor, se reflejaban sobre las encalmadas aguas del puerto, tiñéndolas de un enardecido halo de misterio.
Así, al dejar atrás el bellísimo fondeadero, súbitamente, se columbraba una miscelánea de empinadas rampas y pendientes, que recorrían de abajo a arriba y de arriba abajo, las vetustas y antañonas callejuelas del privilegiado enclave marinero. Ciertamente, resultaba un verdadero placer, extraviarse entre sus incontables graderías, que conducían por angostos pasajes calladizos y solitarios; por frescos y umbríos callejones, donde sólo se escuchaba el melódico y vibrante canto de los pájaros; por costanillas empedradas, en cuyos márgenes destacaban construcciones tradicionales, con esplendidas mirandas de madera y cristal, de aire inglés, ubicadas en sus careados más meridionales, con fachadas compuestas por sólidos muros de sillarejo, con labor de cantería en las esquinas, y aleros volados en las techumbres.
A su alrededor, un maravilloso paisaje teñido de infinitos glaucos, y de inverosímiles añiles, invitaba a imaginar que aquel lugar, no podría ser otro, sino el mismo paraíso. Así, sobre los verticales acantilados, se extendían los verdeceledones pradales, con sus procaces salientes, asomando con desdén, su figurada proa, que se abría paso, a través de la inopinada brisa cantábrica, entre el nuvoloso cielo y el agitado mar (…) 

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