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EL CAMINO DE LOS FILÓSOFOS

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor



 

Desde aquel elevado sendero exuberante de vegetación, se vislumbraba en la hondonada del valle el premioso discurrir del río Neckar, un curso fluvial, que encalma sus aguas a su paso por la localidad de Heidelberg, como si quisiera que cada instante fuera infinito, y así poder disfrutar indefinidamente, contemplando la excelsa belleza de sus medievales calles, sus prístinas iglesias, y sus pétreos puentes dorados. 
La intrincada miscelánea de tejados a dos aguas, satinados y relucientes por el liento brillo de la suave llovizna, ofrecía una sensación onírica, como si el visitante se hubiera retrotraído a otra época de la intrahistoria, en la que los mercaderes desde sus gremios organizaban el flujo comercial de la ciudad. Así las plazas de la villa todavía guardaban recuerdos imborrables de épocas pasadas; sus edificaciones ostentosas, exornadas con mil adornos; sus adoquines centenarios parecían recoger en cada marca, en cada desportillón, el incansable paso de carros, carromatos y carruajes de la burguesía comercial; sus bronces catedralicios repicaban con estruendo, inundando con sus graves y severos retumbos, los lugares más recónditos y escondidos, allí donde la camándula se reunía para divertirse con los prohibidos juegos de naipes.
En la ribera del río Neckar, un puente áureo por el color de sus piedras, teñía con sus reflejos tornasolados e iridescentes, las aguas de un intenso color dorado, convirtiendo éstas en una lámina de metal precioso, que refulgía discontinuamente, cada vez que alguno de aquellos destellos del orbicular astro solar, incidía sobre la ácuea superficie de satén.
Así, al dejar atrás el puente, se abría una gran puerta con dos torres paralelas y circulares, coronadas por puntiagudas figuras cónicas. Al traspasar esa puerta, se accedía a un retrospectivo paraíso urbano, dejando atrás el empedrado acceso para penetrar en la intimidad de la ciudad. Desde allí se vislumbraba el castillo rodeado de nemorosa vegetación, con sus lienzos semiderruidos, por el paso de los tiempos.
Desde la altura de sus muros y paramentos, se columbraba un paisaje ciertamente cautivador; las villas ribereñas asentadas en el margen opuesto, ofrecían una panorámica donde predominaba la elegancia más refinada. A escasos metros, aguas abajo, había un lignario y entablonado embarcadero en forma de “T”, con sencillas barcazas con acastillajes de vivos colores, las cuales, permanecían amarradas a merced de las exiguas corrientes, que con sus nimios remolinos las hacían tremular, evocando un acuático baile (…) 

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