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EL CAFE DEL REAL

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor

España



 

Martín De Hijas era uno de los mejores amigos de Julián Santamaría, sino el mejor. Se trataba de un chicarrón lleno de presunción, muy contento de sí mismo, gordezuelo y algo desaliñado en su estética, pero que disponía de muchas camándulas.
Julián veía en él, a un consagrado escritor, pues le parecía que había alcanzado la cúspide de su carrera literaria, con una temprana edad. Martín siempre se estaba jactando, de que gracias a su buen hacer literario, y por ende a su fama, conocía a muchos de los personajes, que asomaban sus haces y jetas, por las revistas más sensacionalistas del país.
 Así, Julián cada vez que escuchaba verborrear a Martín, sobre su amistad con tal o cual personaje, no podía evitar, sentirse en una incómoda situación de inferioridad, pues él al fin y al cabo, no era más que un principiante, sin demasiadas aspiraciones en el mundillo literario. 
Si bien, a pesar de la genuflexionante fascinación que experimentaba Julián hacia su compañero, éste último lo único que hacía profesionalmente, era escribir para otros. Si bien, este extremo era totalmente desconocido por Julián. Así, Martín, tan sólo había publicado una novela, a lo largo de su vida, con escaso éxito, todo sea dicho.
Su editor D. Francisco de Arizpazaga, le veía más versado en la escritura omnívora, por ello, le había encomendado la tarea de ser un negro retórico de famosos de medio pelo. Según el criterio de D. Francisco, todo aquel que apareciera en alguna publicación, aunque fuera por los motivos menos insignes, era un perfecto candidato para ser el autor de un libro, aunque no supiese ni leer ni escribir. Pues, de eso ya se encargaba Martín.
Así, la temática del libro era indiferente. Si el irruptor mediático había salido a la palestra por encandilar a alguna dama de postiné, D. Francisco no dudaba en convertirle en pseudoautor de una obra, cuyo contenido versaba sobre las experiencias amorosas de un nuevo Casanova; y si el famosuelo lo era por estar involucrado en alguna separación matrimonial de altos vuelos, no dudaba en colocarle un libro de cabecera titulado “Manual de supervivencia para separados”.
Así, cada vez que Julián y Martín se reunían, solían acudir al Café del Real, situado en la Plaza de Isabel II, junto al Teatro Real. Aquel era un establecimiento con mucha tradición y solera, enclavado en el epicentro del Madrid de los Austrias. Aquel suntuoso lugar había congregado durante décadas a los más ilustres literatos españoles. El ambiente en su interior era sumamente acogedor y confortable, destacando su ornamentación de estilo afrancesado, con límpidas mesitas de níveo mármol.
Julián quedaba asombrado por la marrullería y locuacidad de la que hacía gala su amigo. Así, una vez que comenzaba a disertar sobre un tema, difícilmente se le podía callar. Es más, cuando a Julián, se le ocurría discrepar con lenidad, sobre alguna de las cuestiones expuestas por Martín, éste último se enfadaba hasta el punto, de que en alguna ocasión abandonaba el local, dejándole plantado en la mesa, y lo peor de todo es que Julián debía satisfacer el pago, de los muchos ponches, que gustaba de tomar a Martín. 
Su relación se basaba en el respeto de Julián hacia Martín, pero no a la inversa. Julián era visto por su amigo como un provinciano carente de capacidad creativa en el ámbito de las letras, como un pordiosero de la escritura. En suma, le veía como un nefasto escritor, aunque hasta el momento no se había atrevido a espetárselo.
Una de aquellas noches del frío Diciembre de Madrid, D. Francisco, que conocía a Julián, le telefoneó, para ofrecerle un dinerillo por sustituir a Martín, el cual, se encontraba en cama a causa de una gripe.
Julián, inmediatamente aceptó la propuesta del editor, pensando que iba a desempeñar un trabajo digno y reconfortante, idéntico al que creía que hacía su amigo.
Así, todavía de madrugada, al filo de las primeras luces del alba, Julián ya se encontraba haciendo guardia a las puertas de la editorial. En los escalones que daban acceso al local, había apostados varios mendigos, los cuales, estaban enzarzados en un trifulca enológica, vociferándose los unos a los otros. Al observar la presencia de Julián en las inmediaciones, con actitud nerviosa y helado de frío, no sabían si pensar que aquel, era otro necesitado perteneciente al oficio. Al llegar D. Francisco, Julián le saludo, expeliendo densas bocanadas de vaho, mientras las palabras salían de su boca. Instantes después ambos penetraron en el interior del local.
Así, una vez terminó D. Francisco de explicarle en que iba a consistir su nueva tarea.
Julián, le respondió con cierta incredulidad, si aquel era el trabajo que realizaba Martín cada día.
El editor, le dijo que sí, que Martín no hacía otra cosa.
Julián, dio las gracias a D. Francisco, y se fue de allí, pensando que su amigo Martín se acababa de precipitar, con brusquedad, desde lo más alto del pedestal, donde él mismo le había situado. Su concepto sobre él había cambiado en un abrir y cerrar de ojos (…)
 

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