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CONO SUR

Ensayos sobre dictaduras Latinoamericanas

Gustavo A. Vaca Narvaja

Argentina



CONO SUR

Gustavo Vaca Narvaja 


Los pequeños héroes siempre estaban dispuestos a responder al llamado de cualquier animal o vecino súbitamente amenazado por monstruos o enemigos. Todo era solidario en la solitaria comarca. No existía el dinero y entre ellos reinaba la paz, a la cual consideraban uno de los más preciados privilegios.
 Nuestros pequeños héroes no tenían rivales invencibles. Aún con armamento casero y ciertamente primitivos, en el fragor de la lucha eran capaces de superar cuanto obstáculo se interpusiera. Desde siempre, profesaban una máxima: cuando la lucha comienza, se mantiene hasta el triunfo. Nunca se vio caer sobre los héroes derrota alguna. Y, cuando subsistía cierta duda, nuestros pequeños héroes recurrían a acciones insólitas creadas con sus frondosas imaginaciones; sacaban de la galera cualquier nuevo invento que provocaba el triunfo definitivo.
 Regularmente volvían agotados por las horas de esfuerzo, luchas y peligros asumidos. Con frecuencia eran hazañas que rozaban lo fantástico. Pero fuera como fuera la severidad del riesgo vivido, ellos regresaban cantando odas al triunfo y canciones de exaltación a la vida y al hogar. A medida que se acercaban a la cabaña, cada vez les parecía más hermosa. Y allí estaban ellas, sus hermanas, prestas a brindar un ambiente acogedor par un merecido descanso. De tal forma, contenidos por ese clima familiar, nuestros pequeños héroes recuperaban las fuerzas gastadas en sus fragorosas batallas contra el mal.
 Nunca nadie se animó a preguntarle a Papá, pero nuestros pequeños héroes aparentemente eran huérfanos; pequeños-grandes solidarios y solitarios a la vez, liberados a un azar lleno de oscuros y bellos misterios, así como dramáticas amenazas. Para ellos no había misiones imposibles ni excusas para evitar la más absoluta de las entregas. Permanentes ejecutores de la Justicia, cada uno cumplía con un rol y se respetaba la rotación de responsabilidades. No reconocían premios ni gustaban de los reconocimientos efusivos. Preferían, en cambio, el triunfo silencioso. Cuando se dormían, estaban seguros del deber cumplido. Así eran los doce famosos pequeños héroes, hermanos de sangre y de aventuras, huérfanos o abandonados, sobrevivientes por su propio esfuerzo e inteligencia.
 En las noches de verano, casi diariamente escuchábamos cuentos semejantes relatados por nuestro padre. Sin embargo, pocos nos marcaron tanto como éste. Mientras nos transportábamos a los mundos de la fantasía, íbamos, sin saberlo, amalgamándonos alrededor del mensaje. Los sueños de imponer la justicia, mezclar las luchas y enfrentamientos con toques humanitarios y piadosos, superar el odio y los rencores, y avanzar siempre en favor de paz y verdad, fueron inevitablemente incorporándose en nuestras personalidades, en nuestros comportamientos y proyectos. Cuarenta años más tarde, siguió aflorando el pequeño héroe grabado en el inconsciente. Seguimos con la costumbre de exponernos frontalmente ante los peligros; jerarquizamos las actitudes solidarias e intentamos, de una u otra forma, atender las necesidades de los más débiles. Ningún pequeño héroe, vuelto persona grande, buscó la figuración públicos por si misma, ni fue poseedor de riqueza económica.
 Viviendo en México, recién nos dimos cuenta que habíamos sido adoctrinados, en el buen sentido de la palabra, para acercarnos a esos roles de heroicidad y grandeza. Es así como muchas de las acciones de mis hermanos y hermanas están dibujadas con el pincel y los particulares tonos de aquel relato incorporado a temprana edad. Ese bosque y esas hazañas legendarias, siempre fueron y serán absolutamente reales. Tan real como fue mi padre y el legado que, por sobre todas las cosas, nos quería dejar.


LA HAMACA

 Para nosotros es inevitable recordarle de manera muy especial. La hamaca de pié, loneta y hierro, tiene en la memoria pulso propio. Instalada en medio del jardín, es el símbolo de ciertas rutinas de mi padre, tan determinantes como sus relatos fantásticos. Al amanecer o al atardecer, siempre recibía a su exclusivo ocupante. Papá se daba un leve empujón con los pies y la hacía mecer; él decía que para evitar los ardientes rayos del sol.
 Los fines de semana, siempre antes de las diez de la mañana, mi padre se dirigía a la hamaca con un libro, se colocaba sus anteojos de marco grueso, prendía un cigarrillo y se entregaba a uno de sus rituales más preciados. Lector incansable y reflexivo, pasaba las hojas lentamente como escrutando secretos retenidos detrás de la escritura. De vez en cuando, cerraba momentáneamente el libro y dejaba que su mirada se diluyese en el infinito. Desde la casa o algún otro rincón del jardín, muchas veces me quedaba observando esa escena matinal. Alrededor de la hamaca, varios rociadores disparaban miles de gotitas humedecían el trébol y la gramilla mientras que el ruido particular del agua se mezclaba con el canto de los pájaros. A esa hora, todo era frescura, paz.
 Esa hamaca de tres volúmenes era además el lugar del diálogo entre padre e hijo; más tarde, entre abuelo y nieto. Confesionario de culpas, problemas, intima alegrías y noticias, también la usaba para juntarnos y darnos sugerencias, sin afán de imposición. Siempre me intrigó como pudieron alzarla y llevársela con el peso de la carga de tantos recuerdos. Este cofre de secretos vivía y se mecía en armonía con los ciclos de las estaciones. Sólo el invierno la condenaba a la soledad en medio del jardín.


SUSANA YOFRE DE VACA NARVAJA

 Recuerdo en mi infancia a la familia en permanente crecimiento. Casi todos los años, por no decir todos, un nuevo hermano aparecía sumando su llanto. Al poco tiempo, multiplicaba el zapateo sobre el piso de madera del resonante pasillo. Doce hermanos llegaron en total. Inundaron todos los espacios del departamento de cuatro habitaciones y una terraza de la ciudad de Córdoba. Los primeros nacieron en alguna clínica del centro. El resto, en la misma habitación de mi madre, bajo la atención de un obstetra y una partera. Pero no hubo diferencia entre unos y otros. Todos lloraron y berrearon igual.
 Papá nos llevaba a la habitación del fondo para que no escucháramos el trabajo de parto. A su vez, abría una ventana para que el ruido de los tranvías y el tráfico de la calle taparan algún posible quejido de mi madre. Solo cuando el nuevo hermano lanzaba su escandaloso llanto de nacimiento, no decía: "la cigüeña llegó". Otro más, otra cama, otro más. Los mayores a veces le preguntábamos a papá si no era mejor que la cigüeña llegara con una casa más grande... Él respondía: "Dios proveerá".
 Mi madre vivía un embarazo permanente, al menos esa es la imagen que nos quedó. Sin embargo, terminado el parto - aquella época no había tanta cuestión postparto -, a los pocos días volvía a ser la Susana de antes, vital, inquieta y coqueta.
 En el departamento había un "sillón de los desmayos". Mi madre siempre acudía a él cuando ya no podía controlar el desastre que hacía el siempre creciente batallón de hijos. El desmayo siempre era igual: meticulosa y delicadamente progresivo. Bien ubicada, caía sobre el sillón lentamente hasta que se terminaba de asentar. Luego, cada uno de nosotros cumplía con una misión. Unos traían el alcohol para empapar un algodón. Otros le sacaban los zapatos. Otro más le desprendía los botones del cuello y no faltaba quién la abanicaba. Finalmente, la paz reinaba por un par de horas hasta que se reponía, pidiendo tranquilidad para evitar otro desmayo.
 Papá era un hombre directo, derecho y profundamente católico. Durante toda su vida dejó siempre ejemplos de conducta responsable, actitud comprometida e inquebrantable ética. Muchos lo recuerdan por su respecto casi monacal, (ascético). Por la palabra dada; por la honorabilidad de sus actos y esa amalgamada relación entre misión y función. Siempre rescataba los aspectos positivos de los hechos, y aun de las desgracias. Con su fina delicadeza, buscaba lo mejor en la simplicidad de las cosas. Extremadamente
bondadoso, a veces pecaba de ingenuo. Participativo, publico y tímido a la vez. Era un creador de vida. Valga la incuestionable fecundidad con sus doce hijos y su dilatada trayectoria en el ámbito político y social. No le gustaban los reconocimientos. Prefería el trabajo fuerte y la producción permanente de ideas y proyectos.
 Asumió la política con la intensidad de una convicción casi religiosa. Tal era su nivel de responsabilidad en el trabajo y su disposición, casi absoluta, a la entrega. Respetuoso de sus adversarios políticos e inflexible ante la corrupción, era reconocido por muchos pero fue defendido por muy pocos durante los momentos de lucha y frente a su desaparición.
 Honesto hasta de su propia sombra, vivió en la modestia económica. Veinte años antes de su secuestro, casi a los cuarenta años, logró comprar su primera casa con un crédito hipotecario a 30 años. A la vieja casona abandonada de Villa Warcalde la fue mejorando lentamente, ampliando a medida que llegaban los hijos y los hijos de los hijos. Más que la casa cuidaba el jardín, con el mismo cela que a la familia. Año tras año agregaba un rincón verde, o plantaba un rosal o un árbol al cual se encargaba rigurosamente de regar. Su jardín creció y se embelleció con su trabajo. Disfrutaba de los resultados. En su silencio de jardinero regador, le brotaban las ideas más brillantes. Era también en el jardín donde nos aglutinaba a hijos y nietos alrededor de sus consejos. Siempre nos brindaba palabras de apoyo, y en los momentos más difíciles sabía transmitir una inteligente paz y serenidad.
 Político por excelencia, era un radical del viejo tronco. Fundador de la UCRI y luego del MID, llegó a ser candidato a Gobernador de la provincia de Córdoba por el Frente Nacional y Popular. Ocupó el cargo de Ministro del Interior durante el gobierno de Frondizi. Fue Presidente del Banco Provincia de Córdoba y Ministro de Hacienda de la provincia. También se desempeño como Profesor en la Universidad Nacional de Córdoba y en el Colegio Montserrat. Férreo defensor de las instituciones sociales y celoso defensor de la intimidad familiar.
 A Don Hugo se lo llevaron una madrugada hacia no se sabe donde. Dudo que su verdugo haya podido mirarlo a los ojos antes de terminar con su vida. Desapareció. Parece que no existe. Si no hubiese hecho tanto en su vida, tal vez hasta dirían que nunca estuvo en la tierra. Se fue envuelto en la siniestra estructura de la desaparición, metodología tan común en la Argentina de la dictadura y la represión.
 Hace 21 años que no podemos visitar su tumba para dejarle una flor o rezar una plegaria en su recuerdo. Hace 20 años que nadie nos dice qué hicieron con él. ¿Dónde está?


TRICAO MALAL, Neuquén

 En el verano del 70, cruzamos por primera vez el vado de Chapúa. Mallín verde, fresco, encajado en medio de (las rocas) y la arena. El agua cristalina lamía las piedras lisas que desde el fondo, entre la flora acuática, no cesaban de brillar. Alguna que otra mojarrita cruzaba el espejo de agua apresurada, escapando del ruidoso intruso que osaba asentar sus ruedas en el lecho.
 Dos ranchos de adobe seco custodiaban el camino ascendente. Al lado de uno de ellos y bajo la sombra de un gigante sauzal, una mujer exuberante no escondía su decidido gesto de curiosidad. Doña Rosa Rebolledo, típica mujer de cordillera, trataba de fotografiar con su mirada a estos extraños que se acercaban. Un saludo de recepción y despedida simultánea. Un instante para ver sus ojitos vivaces, el rostro despejado y la expresión cálida. Más adelante, en el descanso obligado del río Leuto Caballo, el puesto vigilante de los Alvarez y sus diez, doce o catorce hijos también la vivienda del tractorista. Ese mismo galpón también debía convertirse en Puesto Sanitario con su enfermería, el consultorio y la vivienda del medico, o sea de nosotros. Teníamos dos precarias habitaciones con ventanas mirando a la Cordillera del Viento y un baño instalado pero sin agua. Compartíamos la cocina con el Municipio y con la supuesta dependencia de Salud. Los guisos se cocinaban entre una pila de paquetes de algodones que llegaban hasta el techo, bolsas de calcio en tabletas, cajas con jarabe para la tos, pastillares de Yodo, cajas de aspirinas por todos los rincones, diez tarros de cinco litros cada uno de aceite de hígado de Bacalao, cajas de alcohol, gasas, frascos de Yodo liquido, bolsas de yeso, cinco cajas metálicas de curaciones, la balanza pediátrica y la de adultos, guantes de látex y, en una esquina, haciendo honor a este singular espacio culinario, una batería de cocina completa.
 El pueblo de Tricao Malal era este Municipio, mi familia y la Salud; las dos viviendas de adobe de los Nieto, (las casas de) Antonio, Amilcar y Manolo, la Policía y, a tres kilómetros, el Juzgado de Paz; a mitad de camino, las familias Retamal y González. Durante unos meses, además de carecer de mobiliario, debíamos buscar el agua para tomar y para bañarnos en damajuanas. La vertiente El Llo-coco distaba a siete kilómetros de nuestro pintoresco hogar.
 A veces a pié, otras a caballo, salíamos a vacunar, catastrar, registrar y educar, rancho por rancho. También debíamos luchar dignamente contra las "médicas" locales que competían y dificultaban nuestra inserción en el área. El derecho de piso había que pagarlo. Éramos los primeros médicos rurales en Tricao Malal y toda su zona de influencia. En esa época, Neuquén registraba el mayor índice de mortalidad infantil del país, con un promedio que superaba el 120 por mil. El Gobierno del M.P.N, con Felipe Sapag a la cabeza, había decidido no sólo combatirla, sino erradicarla.
 María Eugenia, mi esposa, fue nombrada maestra en la escuela rancho de Tricao Malal. Rodeada de tamariscos y construida con adobe y techo de carrizo, no le faltaban vinchucas a la escuelita. El mal de Chagas participaba junto con la Tuberculosis, la Hidatidosis, Los últimos que nacieron, tenían problemas con el pecho materno. No les alcanzaba la leche. De manera que partíamos con Huguito al lactario de la calle Lima con dos botellas de la Lácteo limpias y vacías. En un pequeño hall, luego de dejar las botellas sobre un mostrador, nos sentábamos en unos sillones de mimbre a observar, absortos, el desfile de imponentes pechos. Supongo serían de madres que entregaban su leche para alimentar a otros bebés, entre ellos a mis hermanos.
 Recuerdos de mi madre, miles. Pero relatarlos escaparía al objetivo de este libro. Comentará apenas dos situaciones para bosquejar una semblanza. Cuando llegué a Córdoba desde Chos Malal (Neuquén) en el 76, el mismo día del secuestro de mi padre, ella estaba serena, firme, con su angustia disimulada, acompañaba por los hijos que le aportaban fuerzas pero que, a su vez, le generaban nuevos temores. En esos momentos siempre trató de tranquilizarnos y evitar actitudes violentas o de revancha. Con calidez, trataba de hacernos comprender la necesidad de mantener la calma y soportar la espera. Cuando prácticamente invadimos la Embajada de México y debimos vivir una especie de asilo intermedio apretujados en el altillo 26 integrantes de la familia, demostró una enorme determinación y dignidad. Con la misma fuerza transitó el largo exilio, soportando en México toda clase de presiones. No solo lloró por su esposo desaparecido y por su hijo asesinado. También por la pérdida de su hija mayor, Susanita, quién resolvió dejar a la familia y olvidarla hasta el día de hoy.
 Susana, mi madre, demostró hasta dónde una mujer puede estar preparada para los cambios. Católica a ultranza, fue aceptando las nuevas modalidades de la vida contemporánea con capacidad de adaptación y la misma serenidad y madurez de siempre.
 Nunca abandonó su persona. Aún en los momentos más dolorosos, siempre tenía un detalle, una acotación distendida, una chispa alegre o una ironía. Entre sus hijos, nueras y yernos, sumados a sus más de 25 nietos, nunca tuvo tiempo de aburrirse. Acompaño a cada uno y a todos, siempre presente, con una palabra de aliento, una caricia, un consejo. Esa es Susana, nuestra madre.


HUGO VACA NARVAJA, hijo.

 El 12 de agosto de 1976, en la ciudad de Córdoba, Hugo Vaca Narvaja (hijo), mi hermano más cercano, fue brutalmente asesinado. Murió encadenado y había sido torturado. "El Dr. Hugo Vaca Narvaja hijo intentó fugarse". Así explicaron su muerte, como parte del esquema de exterminio de presos políticos diseñado por la dictadura. Curioso intento de fuga, con manos y pies encadenados y un ojo arrancado. Luego, a quemarropa, le hicieron estallar el cráneo. A esto, sumaron algunos innecesarios balazos más para su exterminio. De la puesta en escena quedaron varios testigos.

 Durante su etapa de estudiante de derecho, Huguito, como le decíamos, se incorporó al periodismo. Integrante de Radio Universidad de Córdoba, se desempeño por años en el servicio informativo. En varias oportunidades fue enviado a cubrir notas en otras provincias y en otros países. En su ultimo trabajo en el exterior, cubrió las reuniones de la famosa "Alianza para el Progreso", en el Uruguay. En dichas circunstancias, la parsimoniosa rutina de las reuniones de los presidentes americanos se quebró con la movilizadora presencia del Che Guevara.
 Fue funcionario de gobierno y joven abogado que rápidamente, en la década del setenta, se dedicó a defender a los presos políticos. Al salir de una audiencia lo atraparon policías de civil en las mismas escalinatas de los Tribunales de Córdoba. Corría el año 1975, todavía con la presidencia de la nefasta Isabel Martínez de Perón. Sin orden judicial fu esposado, golpeado y arrastrado escalinatas abajo hasta un Falcon sin patente. Mientras lo arrastraba, logró gritar su nombre a viva voz par que alguno de los presentes avisara a la familia o a amigos.
 Después de varias hora del secuestro público y diurno, y luego de que las autoridades negaran su detención, Huguito fue hallado en una delegación policial, tras las rejas y brutalmente golpeado.
 Desde su encierro, llevó adelante una batalla judicial descomunal. En los primeros días de agosto de 1976, después de más de un año de estar preso sin causa, logró la anuencia de la Corte Suprema para ser liberado y autorizado a exiliarse en Francia, país que ya había aceptado recibirlo. Cinco días más tarde que el Gobierno Militar recibiera de la Corte Suprema la orden de liberarlo, decidieron que era mejor masacrarlo. Y así fue.

 Teníamos siete u ocho años. Diariamente hacíamos los mandados caminando por las veredas de la Córdoba colonial. En aquella época todavía llevaban la basura en carros tirados por caballos y los tranvías aún eran los señores del tránsito. Compartía con Huguito las picardías de esa edad. Juntos, correteábamos abrazados y nos reíamos del mundo. porque el mundo éramos nosotros transformados en Superman, Batman, Tarzán, (el Llanero Solitario) o cualquiera de los fantásticos personajes de los libros de Julio Verne.
 Pertenecíamos a esa infancia y juventud que creció sin televisor. Desarrollamos nuestra imaginación bajo el influjo de historietas, la escucha de radionovelas o la lectura de un buen libro. En eso tiempos, y a pesar de Superman, había ciertos modelos sociales innegablemente más propios. Durante muchos años vivimos con la fuerte presencia de la música folclórica y los tangos. Recién en los 60 amanecimos al rock y recibimos el impacto de los Beatles.
 Dada la condición de hombre publico y político de nuestro padre, convivíamos con la presencia de epopeyas y revoluciones sociales y políticas, y accedíamos a material informativo especializado. Epoca de sueños, represiones y paradójicas violencias institucionales y militares que no alcanzábamos a entender. Desde la florida presencia de Perón y Eva, la Revolución Libertadora, los posteriores golpes contra el orden democrático y las luchas populares reivindicatorias, siempre compartíamos con Huguito las novedades. En nuestros juegos aparecían los fusiles y las botas, los comunicados de las Fuerzas Armadas y de los grupos de resistencia, las persecuciones y las liberaciones. A veces las noticias que escuchábamos, de golpe se metían en cada rincón de nuestra casa. Entonces si sentíamos, cara a cara, el frío sudor del miedo. Otras veces, frente a la realidad política, era más interesante inventar historias decididamente más heroicas.
 Nuestra niñez y adolescencia transcurrió entre la inocencia, el sable y la cruz. La vuelta para hacer el "mandado", los juegos y las correrías, se mezclaron con la frecuente presencia militar, el surgimiento de un Iglesia tercermundista, bandos, represiones, proscripciones y persecuciones. Sin saberlo, vivíamos la antesala de las etapas más negras de la vida política y social argentina.

 

HUGO VACA NARVAJA, padre.

 El 10 de marzo de 1976 se lo llevaron y desapareció hasta el día de hoy. Fue secuestrado una madrugada de nuestra propia casa, en la apacible Villa Warcalde, a medio vestir. Encapuchados muy disciplinados lo encañonaron, lo golpearon, le taparon la cabeza con una bolsa y lo empujaron violentamente dentro del baúl de un Falcon que partió velozmente. Desapareció sin dejar rastro ni huella alguna, como una hoja arrancada por el viento. En vez de aire, respiramos pura angustia. ¿Por qué, para qué? Nunca se supo su destino. Tampoco nada acerca de su calvario.
 Seguramente que desde la oscuridad del baúl, mi encapuchado padre regó el camino con los recuerdos más hermosos de su vida y de su familia. Seguramente escribió sobre esa ruta desconocida sus últimos pensamientos, para que alguien los recogiera y nos los entregase. Y también, seguramente, entre todos sus recuerdos y mensajes hacia nosotros, rezó plegarias de despedida, porque sabía de su destino, de su final.- nunca supimos cuantos eran en realidad -. La casa de Verónica y Eliseo Alvarez se dibujaba contra el manto amarillo oro de un trigal que cuidaban junto a los dispersos vecinos hasta la trilla, verdadera fiesta comunal.
 Tras la impresionante subida del (Portuezuelo), apareció el valle de Tricao, Inmenso, majestuoso, cercado por la Cordillera del Viento y los volcanes, se presentaba salpicado de alamedas separadas por campos trabajados con arado de mano y caballo. El amarillo de los cuadros de trigo (hay trigo para esa época) contrastaba con los tonos verdes de las hortalizas. También se veían vacas, caballos y algún piño pequeño de cabras y ovejas.
 Tricao Malal parecía haber vencido al tiempo, inmutable frente a los calendarios. Allí vivían personajes que quedarán registrados para siempre en mi memoria. Tío Armando González, mi enfermero del Puesto Sanitario; Titi Boggero, cuidador de la mina de azufre de Pedro Della Cha y Chicha, los cuales terminaron siendo nuestros padres adoptivos. Los hermanos Nieto, con su negocio que parecía existir desde siempre. La señora Nieto, delgada y ceremoniosa encargada del Correo. Don Ropágito Olate, domador del volcán Domuyo; nunca salía de su rancho sin los recortes del viejo periódico donde se describían sus legendarias hazañas, y donde su imagen dura y serena salía fotografiada junto al benemérito médico y maestro neuquino, Don Gregorio Alvarez. Diógenes Retamal, niño por entonces, hijo de Griselda, la moderada y silenciosa mujer que, de vez en cuando, contaba como el mundo se iba a transformar en mariposas de colores a fin de siglo. Pedro Abarzua, el centenario poblador de Aquihuecó, cuyo espinazo increíblemente arqueado le
permitía pasearse bajo su largo y ancho parral enano. Eloy Vázquez, con su pétreo rostro y corazón sensible; (ingeniero-irrigador) de canales de oficio y agricultor de la alma. Graciela Montecino, mi primera paciente asmática de la zona, que hacía maravillas con las hortalizas usando la magia de sus palabras. Y, como olvidar a Serlinda González, la "nana" de mis hijos.
 Llegamos a un galpón donde funcionaba la ofician de la Delegación Municipal, o de Fomento en aquella época. Además, cumplía la función de deposito de materiales y herramientas y era la desnutrición y la mortalidad infantil de las patologías más relevantes que combatíamos en esa época.
 Progresivamente incorporamos la zona al sistema de salud provincial. El circuito abarcaba las dos márgenes del río Currileuvú con sus respectivos valles y cerros cercanos. Arrancaba desde La Salada, pasaba por Chapúa, Leuto Caballo, Tricao Malal, Cancha Huinganco, Cajón del Currileuvú, Los Mollos, Aquihuecó, Los Menucos y Caepe Malal hasta El Alamito.
 Por esos años y tal como ocurría en otras regiones postergadas del país, las radios chilenas constituían el medio que cubría la información en la frontera argentina. Sólo esporádicamente llegaban las ondas de Radio Nacional. Fue así como estos perdidos habitantes vivieron el ascenso de la Unión Popular de Salvador Allende y su posterior derrocamiento. Los discursos de Allende llegaban claramente al valle, con su reivindicaciones sumó una buena cantidad de adeptos.


(...)

P.-S.

Si desea leer el texto íntegro de este ensayo, puede solicitarlo escribiendo a su autor.

Este artículo tiene © del autor.

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