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LA GUSANERA

por César Rubio Aracil

Luto blanco (España)
Fecha: 5 septiembre 2006


 

No le temas a la Muerte. Eso sí, respétala.


No te sorprendas, amable lector o lectora, ante el relato que voy a iniciar, ni creas que es producto de mi imaginación. Se trata de una experiencia reciente que posiblemente repita alguna vez más, porque la muerte, de acuerdo con mi sensibilidad, tiene matices esplendorosos. Sólo que, por tradición milenaria, contemplamos la extinción con ojos tristes y, como bien sabes, las sombras crean fantasmagorías.

     La tarde descansaba en el podio del silencio lubricán, y la brisa de levante, a vaharadas de esencias marinas, recopilaba en mi mente algunos recuerdos pasionales. Por ejemplo, una serpentina de besos al anochecer; pero esto no tiene más importancia que la de pretender teñir mi narración con los pigmentos de la melancolía. Sin embargo, insisto, las notas crepusculares me obligaban a sonreír hasta alcanzar una especial glorificación de ánimo que quisiera transmitirte no sé cómo, puesto que en algún momento posiblemente me censures. Si así es, te comprenderé.

     Me senté en una roca plana. Junto a mí había dos pescadores con sendas cañas. Uno, lanzando a la mar un cebo artificial, cobraba con facilidad lubinas de tamaño mediano, y el otro, un señor milanés, pescaba con éxito variadas especies de menores dimensiones. Unos turistas japoneses, atraídos por el espectáculo “deportivo”, se agolpaban en derredor de los dos pacientes pescadores, impidiendo en algunos momentos que pudieran lanzar el sedal al agua. El señor italiano me miró como preguntando: “¿Qué hago, le clavo a alguno de ellos el anzuelo en el culo?” Negué con la cabeza y, levantándome, me acomodé a su lado.

      -¿Puedo preguntarle con qué clase de gusanos peca usted? -Me los envían desde un pueblo del Adriático, aquí no los hay -me respondió en un español deficiente, que entendí sin grandes esfuerzos. -      -¡Ah! Perdone mi indiscreción. El hombre siguió con su tarea y yo, disimuladamente, echaba algún que otro vistazo a la gusanera blanca que animaba el recipiente de plástico donde estaba encerrada.

     Yo no conocía esa clase de carnada y me llamaban la atención los brillantes reflejos de los pequeños nematelmintos, hechos una pelota, pero no me atrevía a seguir indagando. Luego, comentando este suceso con un compañero marinero, me aclaró la cuestión.

     -Yo los he conseguido muchas veces. Es fácil. Sólo necesitas un par de cedazos, guantes de látex, una mascarilla -que por cierto yo nunca he usado- y algo más que vas a saber de inmediato -y calló, no sin antes soltar una carcajada.

     Me hice con los materiales necesarios, y en el corral que tenía y aún posee mi amigo pescador, siguiendo sus indicaciones, inicié la tarea de “fabricar” gusanos blancos para pescar. Pasados cuatro días de aquel encuentro escatológico, me enfrenté por vez primera a la hermosura de la muerte. Entre la descomposición orgánica (carcasas y vísceras de pollo en estado de putrefacción), miles de bichitos de alba belleza pugnaban por restituir el equilibrio vital. Al principio la pestilencia me hizo retroceder, mas luego pensé en la imprescindible dualidad de la manifestación. La luz, ese esplendor que tanto apreciamos y del que obtenemos vivencias de inenarrable hermosura, se proyecta sobre los cuerpos opacos, cuanto más oscuros mejor. Pero ahora no vamos a filosofar.

     Entre mi amigo Pascual (el marinero) y yo cernimos la materia corrompida. ¡Si vierais la de animalitos del Señor, que en serpenteante danza carroñera competían con el sol! Fue maravilloso. Incluso una rata que quedó atrapada y cuya fetidez me producía náuseas, mostraba una dentadura de impecable albura. Luego, mezclando la gusanera con harina candeal para que los nematelmintos pudiesen alimentarse durante varias fechas, seleccionamos los más grandes para pescar por la tarde. Día completo.

     Para resumir, mis queridos amigos y amigas, os diré que, si la vida tiene matices ilusionantes y otros desgarradores, en la muerte se dan las mismas circunstancias. Todo consiste en obtener de cada experiencia aquello que nos haga vibrar, puesto que la existencia no es ni más ni menos que una constante oscilación entre la delicia y el dolor, entre el bien y el mal, entre el beso y el olvido.

augustus



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César Rubio Aracil



Nacido en Alicante (España) el 31 de mayo de 1935 Amante de la Literatura. Durante veinte años ha estado dedicado al sindicalismo, habiendo sido el impulsor de la U.S.O. en Alicante y posteriormente dirigente de CC.OO. Sus aficiones: Literatura, música y teatro. En la actualidad dirige la tertulia literaria del Casino de Alicante y, en colaboración con Raimundo Escribano y Pedro Fuentes-Guío está poniendo en marcha el Círculo de Bellas Artes de Alicante. Publicó, en el año 1992 Crepúsculos y alboradas. En 1997, uno de sus más tiernos relatos fue incluido en la antología Nueva Narrativa Alicantina, de Ediciones Tucumán. Además de colaborar en dicersas revistas y periódicos, César Rubio tiene tambien editados dos libros de poesías: Soy un círculo eterno y Sombras de mi soledad, ambos en 1991, y otro de breves ensayos La sombra del resplandor, publicado en el año 2000. Ganador de varios premios literarios, este incansable escritor -que cultiva con igual maestría la narrativa, la poesía y el ensayo- tiene a punto de concluir una novela El vuelo de la Gaviota, e inéditos dos poemarios y un ensayo (Karma, reencarnación y panteismo), como asimismo un libro de relatos y otro de (...)

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Escribir al autor: augustus1935@hotmail.com

 

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COMENTARIOS SOBRE ESTE ARTÍCULO


  • > LA GUSANERA
    6 de septiembre de 2006, por Diana Gioia

    Un placer tener de vuelta a ti y a tus palabras, prosa o verso, igual da con tal de que sean tuyas. Ya he comentado el texto en METÁFORA. Te dejo aquí solamente el testimonio de mi contento por leerte.

    Diana Gioia


    • > LA GUSANERA
      8 de septiembre de 2006, por César Rubio Aracil

      Y un placer para mí tener a mi profesora al alcance de mi pensamiento, a quien le doy las gracias por haber corregido este relato. Un beso. César.

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