No sé si me conoces. Tal vez yo sepa más de ti que Tú de mí aun sin saber quién eres. ¿A qué juegas? ¿Tan aburrido estás como para divertirte con quienes te seguimos buscando desde el cerebro que nos pusiste encima de los hombros? Deja ya de regodearte y dinos cómo te las entendiste con tus demiurgos para encender la pira donde quemamos nuestras ansias por saber quién eres. Mas intuyo que no lo harás, porque tu soberbia naturaleza la nutres con la escoria de la inteligencia invertida. Si al menos nos dijeses de qué estás hecho, si de átomos ultérrimos (neologismo esotérico que significa, más o menos, partícula indivisible, la última del universo) o de perfume sideral, nos darías una pista para buscarte desde el silencio. No desde el silencio impuesto, sino del que emana de la desnudez telúrica. Pero nos engañas creando flores y sexos contundentes, por temor a que un lejano día sepamos que Tú y nosotros somos lo mismo: Tú diversificado, aunque reservándote la mirada con la que poder contemplarte sin la uniformidad que te abruma. Porque no quieres sentirte solo, como nosotros estamos sin saber dónde mirar. Únicamente creeré en ti cuando borres tu nombre de la faz de la tierra.
César (Augustus).