A mi amigo Bernardo Villamaría.
A mi amiga Patricia.
A Meria.
A DomSem.
A mi amiga Anxelina.
Lo vi, abatido, en un inhóspito rincón de la cordillera andina colombiana. Descansaba a la sombra de un frondoso arbusto; un fruticoso leño viviente, cuyo ramaje de amarillas flores generaba un apacible sombraje de fragancias. Y junto al viejo bogotano relucía el hierro pulido de un zapapico y una pala desgastados por el uso. El anciano dormitaba con la boca entreabierta, por la que asomaba una mellada dentadura, amarillenta y sucia.
Como reacción a unos ladridos del perro que me acompañaba, el furtivo minero abrió los ojos de para en par y, sin reponerse de la sorpresa, hizo ademán de huir.
- No tema, señor, que soy hombre de paz. Me llamo Humberto y ando por la montaña buscando fósiles. ¿Sabe usted de algún yacimiento donde pueda encontrar algún trilobites, ámbar o fitolito?
El demandado, quitándose el mugriento sombrero que le cubría los ojos y manteniendo su mutismo, se rascó la poblada cabeza de canas que a duras penas podía mantener erguida. Sacudió su guarapón con asombrosa parsimonia, y sólo entonces se dignó responder:
- Buenos días tenga usted. Yo me llamo Félix y nada sé de "trilobites", aunque, algo sí, de una veta donde se puede encontrar ámbar, y alguna que otra cayuela que conozco, pero lejos de aquí.
- ¿También es usted buscador de fósiles?
Félix no respondió de inmediato. Vi que dudaba, aunque al cabo de unos segundos decidió encararse conmigo:
-Los fósiles no llenan la barriga.
- Entiendo.
- No. Usted no entiende nada más que de fósiles y de pesos. Para conocer la vida, para saber cómo es el mundo, y no me refiero a su redondez, es menester dejar quieta la memoria de la tierra y adentrarse en las entrañas telúricas para arrancarle a la esmeralda el secreto de su verdadero color, que no es precisamente el brillante verde que todos ustedes conocen, sino el rojo de su sangre envenenada.
El tono un tanto áspero empleado por Félix afectó a mi perro (un "pit bull"agresivo de pelaje color canela), al que tuve que embozalar con el fin de prever un imprevisible, fatal incidente.
- Y ahora, que su perro y usted me han despertado, deje que prosiga con mi tarea. -Prendió con ambas manos sus herramientas y, sin decir adiós, dio unos pasos en dirección a una oquedad artificial que no distaba de nosotros más allá de una decena de metros.
- Señor Félix, se equivoca usted conmigo -dije alzando la voz, y "Rintin" (el fiero animal que llevaba bien sujeto por una recia cadena), visiblemente nervioso, en manifiesta actitud belicosa, dispuesto al mordisco de presa-. Sé tanto como usted de esmeraldas, aunque mi negocio no esté en el monte. Si usted quiere podemos hablar. Estoy seguro que no se habrá de arrepentir.
Se detuvo el anciano, en seco. Me dio la cara y arrugó el entrecejo. Yo, aprovechando la actitud dubitativa de mi interlocutor, desprendí del pescuezo de "Rintin" el collar libre de ataduras que lo circundaba, y lo arrojé a los pies del sorprendido minero en tono de reproche:
- Examine esto y dígame si no sé yo tanto o más que usted del color sangriento de las esmeraldas.
Ante mi actitud prepotente Félix correspondió a la osadía con una mirada despectiva, dándome a entender que no se arredraba ante posturas altaneras. Pero dejó sus herramientas en el suelo y, para mi asombro, me ordenó:
- Pon el collar en mis manos y no en mi gaznate, como pretendes hacer con un viejo. Si yo tuviera tu edad, ni tu maldito perro ni tú tendríais pelotas para evitar que os rajara a los dos -y sacando una respetable navaja de un bolsillo de su mugriento pantalón, la abrió en ademán que no ofrecía dudas sobre sus intenciones.
Los gruñidos de "Rintin" y sus impetuosas, frustradas acometidas -además de la impresión que me causó la valentía del anciano-, me obligaron a reflexionar con la brevedad exigida por el acontecimiento. Até al "pit bull" al tronco del árbol de amarillas flores, me froté las manos; alisé mi descuidada cabellera -que el viento había despeinado-, y humildemente, con una sonrisa, puse en las manos del viejo el collar del perro.
- ¿Y qué? -inquirió Félix con orgullosa complacencia.
- Nada -respondí quedamente, con cierta amargura-. Sólo deseaba insinuarle, aunque usted ya lo sabe, que cada una de las pequeñas esmeraldas de este collar representa una muerte humana cuanto menos. Y las dos más grandes -con las que usted puede vivir decentemente el resto de sus días-; ésas, se han cobrado seis vidas entre las dos. Conque fíjese si sabré yo de esmeraldas sin jardín. Y de las otras, las impuras, por las que dos mineros furtivos como usted son capaces de sacarse las tripas, también sé lo que nadie puede imaginar. Sin embargo, una cosa ignora de este negocio que yo podría enseñarle si usted tuviese mi edad. ¿Quiere que se lo diga?
- No hace falta que me digas lo que estás pensando.
- ¿Y qué es lo que yo estoy pensando?
Félix enmudeció. Tomó aposento en una laja que había a su lado. Encendió un cigarrillo. Atusó la pelambre de su cana barba. Su mirada quedó fija en un punto inconcreto de la lejanía. "Rintin" ya no gruñía ni ladraba. Tendido al sol, parecía dormitar. El cielo estaba despejado, y el silencio de la montaña imprimía en mi alma un toque de amarga melancolía. Recordaba los tiempos de mi infancia, cuando unos guerrilleros desalmados les pusieron a mis padres la lengua por corbata y quemaron nuestra casa. A partir de ese fatídico día, mi vida tomó la ruta de las esmeraldas.
Después de haber dado unas caladas a su cigarrillo, el anciano, también aureolado por un nimbo de tristeza, tradujo con asombrosa fidelidad mis pensamientos:
- Yo también tuve que abandonar mi casa, en el Sur, cuando los conservadores mataron a mi mujer y a mis dos hijas, después de violarlas sin respetar mi ausencia. Tal vez la diferencia entre tu camino y el mío haya sido que yo elegí la montaña y tú, que sabías de letras, escogiste la senda más corta y segura de la Administración. Al Estado se le puede robar sin peligro alguno firmando falsos documentos con plumas incrustadas de rubíes; pero no es fácil hacerlo con pico y pala. Colombia, amigo mío, no tiene solución ni a corto ni a medio plazo. Yo era un pequeño terrateniente. Con la ayuda de mi mujer y mis dos hijas, nuestras tierras y el poco ganado que teníamos nos servían para vivir con dignidad. Pero apenas si he sabido estampar mi firma en los papeles, aunque observes que hablando me defiendo más o menos como tú. Estas gemas están manchadas de sangre, como todas las esmeraldas de Colombia. Por eso te pesan tanto, y por lo mismo, por sus quilates, donde más seguras están escondidas es en el envés del collar de tu fierro perro. Mejor aún que en el banco, donde alguien más listo que tú te puede pedir cuentas algún día.
Por el horizonte asomaban unas pequeñas nubecillas que, como casi todas las tardes, agrandando su vientre algodonoso dejaban ionizados los campos después de descargar su preciado tesoro a modo de torrenciales goterones. Félix, sin dejar de contemplar la valiosa pedrería del collar de "Rintin", parecía meditar en cualquier trascendencia de las muchas que en su mente deberían de quedar aún ancladas. Luego, cuando me disponía a desatar al "pit bull" del árbol de flores amarillas, me lanzó el collar a los pies. Mas cuando, sin dirigirle ningún reproche me incliné para recogerlo, atajó mi intención de esta manera:
- No lo recojas. Deja que sea yo quien te corresponda con la misma humildad con que tú te has comportado conmigo.
- Gracias, señor. Quédese usted con él si quiere hacerme el favor más grande de mi vida. Durante años he estado dudando sobre a quién entregarle estas esmeraldas manchadas de sangre. Usted es la única persona con la que por ahora me he tropezado, digna de lavarlas.
Monte abajo, "Rintin" ladrando y yo cogiendo hierbas aromáticas, dejamos atrás al viejo minero con sus ya inservibles herramientas y sus perplejidades.
César Rubio (Augustus).