EL SILENCIO DE LOS MUERTOS

¿Con qué mentira podrían prosperar nuestros actuales gobernantes si no existiesen los nacionalismos? Se inventarían otra manera de dividir a los pueblos, con estandartes y fronteras que estimulasen el egoísmo humano, y con un Dios “justiciero” que nos asegurase el Paraíso a los tontos de solemnidad.

No pueden hablar, porque están muertos. La sinrazón nacionalista se ha impuesto una vez más a la facultad del pensamiento inocente. 186 personas han pagado con sus vidas el fracaso político de quienes nos gobiernan, y la indolencia del pueblo llano; del pueblo de a pie que defiende con uñas y dientes su miseria cultural y su diario bocata de sangre encebollada. Ya no pueden hablar, porque la intolerancia les ha cercenado la lengua con la que clamaban por una paz imposible. Paz “evangélica” puesta al servicio del Poder por los sacerdotes de la Mentira, por los hierofantes que dirigen la falsa iniciación de las masas en beneficio de los intereses minoritarios. Como siempre, han muerto los infelices. “Roguemos a Dios por ellos”. ¿Qué otra cosa podemos hacer quienes hemos sido educados desde el púlpito y la tribuna fascista (los viejos), y los de ahora, jóvenes herederos del “ora pro nobis” y del gol de Pirri maldicen a Bush mientras degustan una hamburguesa de plástico acompañada de Coca-Cola? “Roguemos por los muertos”. Su silencio es el arma poderosa de los nacionalistas que demandan la fragmentación de la humanidad para sentirse poder omnímodo sobre la inocencia, y de nuestros gobernantes de ahora, pendientes del voto que los perpetúe en la poltrona desde la que alentarán con el silencio de los muertos el terrorismo que les conviene para seguir siendo omnipotentes. ¡Malditos seáis unos y otros!
Cultura del gol y del olé. Bocata de sangre encebollada. Silencio de los muertos. Y, desde el Cielo, un “ora pro nobis” para inhumar la descuartizada carne y el silencio de los que se han ido para siempre sin poder maldeciros desde su oscura sepultura. Pero yo os digo desde aquí y ahora, alimentado con bocatas de sangre encebollada y dando fuerza a mi última palabra: “¡¡¡Hijos de puta!!!”

César Rubio (Augustus).