El rostro de humo en la ciudad
desorbita la desolación de los ojos
y lleva un rictus de abandono.
Los muros del silencio oligárquico
profundizan las grietas en cada esquina
por un mendrugo de incertidumbre impune.
El submundo de sobrevivientes
con heridas que los acechan ,
son muertos en vida
por el decretado
disparo del corrupto.
Los obreros, los maestros,
los jubilados, los sin rostro…
arrastran dolientes cadenas
que hienden sus carnes,
si intentan gritar justicia.
Los niños, que tienen que reír
flores traviesas en las manos,
hoy, una anémica tristeza
les carga sus mochilas
con la espina del hambre.

