Brazos verdes
Los brazos verdes de los olivos alcanzan en un suspiro
las azoteas zarcas y puras del firmamento andaluz,
en un intento de huir de la maldición que pesa sobre la tierra.
Tierra de labranza, tierra de cultivo, tierra de muerte.
Las raíces del árbol centenario se retuercen bajo la cuna rubra,
colmada de la sangre y del sudor de los que murieron por ella.
Unas notas de guitarra desgranan la pasión de un pueblo dolido,
de un pueblo cobrizo aturdido por las flechas vengativas del sol.
Los brazos verdes de los olivos envejecen, y tiñen su hermosa cabellera
de un pajizo desvaído y ajado que agoniza,
bajo las saetas candentes del astro vengador.
La bailaora
Una guitarra llora en la sierra de Ronda
y su quejido hondo se enclava en las grutas del balcón del Tajo.
En la plaza de la vida y de la muerte,
baila una gitana vestida de fuego y de lunares,
acariciada por una noche llena de estrellas y de luna escarchada.
Cuando los cuchillos se cruzan en el espesor de la materia carmesí,
la arena henchida de sangre espera con un suspiro el último duelo.
La luna de escarcha roza el pelo negro de la bailaora
que coquetea con las miradas impúdicas.
Mujer endemonia que enajena al torero solitario
Pespunte
Bordar el encaje de tus ensueños quisiera,
sobre la esencia de mi contemplación lánguida.
Hilvanar tus sonrisas nacaradas desearía,
sobre las amapolas de mis labios bermejos.
Zurcir tus señas voluptuosas envidiaría,
sobre la sombra despavorida de mi cuerpo.
Enhebrar el bálsamo de tu ser codiciaría,
sobre el velo diáfano de mi mente.

