PADRE

Dirijo mis letras hacia ti,

hombre de copa blanca,

he querido que escuches

el eco de mi palabra,

susurrar a tu oido:

¡te amo mi viejo!

La distancia se interpuso.

El tiempo se fugó de mis manos,

quise detenerlo y

se burló de mí.

Allá bajo el trópico

una cabaña llora yacimientos,

sobre tus ojos; un océano

domina el sueño en tu testa.

Infinitos días, senda interminable.

Vida fatigada

llena de silencios; pasos lentos,

palabras nunca pronunciadas,

pensamientos vacíos.

Amigo, nunca viste el alma de la estrella

pero sí el cadáver del lucero.