“Nos mirábamos la luna y yo en mi desnudez y en silencio”
Purita en La tertulia de doña Corazón, capítulo IV, parte III de Salas de Oleza, El obispo leproso.
Todo en Oleza
es oculta visión,
turbia mirada,
ingles pecaminosas
que dijera más tarde
a su amigo Miguel,
Ramón, el erudito,
que hasta el delirio amase
sacramentales autos
y divinos oficios
que ignoraban los cuerpos,
donde la desnudez,
la insultante belleza,
hacía bramar a tantos,
cuando Argelina estuvo
colgada entre naranjos.
También en la ciudad,
levítica y austera,
otros desnudos pechos
encienden el deseo,
Maria Fulgencia deja
que el joven Pablo bese
su rosado pezón,
y así el amor purísimo y adúltero
inunda el huerto aquel
con sus fragancias,
y Purita, en la noche,
refleja en un espejo,
el virginal escorzo
que a sí mismo se ama.
Su eminencia perdona
la carne que a los otros los condena,
mientras que en él se pudre.
En las calles de Oleza, fervorines,
casullas y cerradas sacristías.
En la estación, el tren hacia otros territorios
conduce a los que huyen
a otro mundo desnudo,
sin recovecos ni putrefacciones,
al que marcha Purita,
inmaculada desnudez oculta,
que despidió el temblor
de un brillante lucero .
Manuel Parra Pozuelo

