La sala se apaga, la pantalla se enciende y, por una vez, el argumento no empieza dentro de la película. Empieza en las butacas. Ese es el gesto que propone Miradas proyectadas: salas y espectadores. Encuentros a oscuras, el ciclo que Filmoteca Española programa en el Cine Doré durante septiembre y octubre. Veinte películas de diez países preguntan qué ocurre cuando el cine deja de observar al público y empieza a devolverle la mirada.
La programación reúne casi un siglo de imágenes, desde El sexto sentido (1929), de Eusebio Fernández Ardavín y Nemesio M. Sobrevila, hasta películas contemporáneas. Hay ficciones en las que la pantalla parece cruzar la sala, como La rosa púrpura de El Cairo o Matinee; también historias de cines que se vacían, cierran o resisten. La selección incluye obras de Bigas Luna, Abbas Kiarostami, Val del Omar y Tsai Ming-liang, entre otros autores. La agenda oficial del Ministerio de Cultura sitúa el ciclo en el Cine Doré entre el 1 y el 30 de septiembre de 2026.
La butaca también cuenta una historia
Ir al cine tiene algo que las plataformas no pueden reproducir del todo: la conciencia de mirar junto a desconocidos. Una risa que se adelanta, un silencio compartido o el ruido de alguien buscando su abrigo modifican la experiencia sin aparecer en los créditos. Miradas proyectadas convierte esa condición colectiva en asunto cinematográfico.
La pregunta del ciclo no es solo cinéfila. En una época de visionados privados y recomendaciones automáticas, volver a una sala permite comprobar cómo cambia una película cuando la atención tiene cuerpo, horario y compañía. El Cine Doré no funciona únicamente como sede de proyecciones: Filmoteca Española lo presenta como un lugar donde el patrimonio audiovisual se activa mediante sesiones, coloquios, publicaciones y exposiciones vinculadas a sus colecciones.
Del cine mudo a las salas que desaparecen
La variedad de títulos evita la nostalgia fácil. Las veinte películas recorren experiencias muy distintas: el cine mudo, la comedia fantástica, el terror, el documental y los relatos sobre exhibición. Algunas miran a los espectadores desde el interior de la ficción; otras se detienen en edificios, barrios y salas que han perdido su público. La propia selección propone una geografía amplia, del cine taiwanés a las pantallas de Recife, del Times Square de los cines pornográficos a un cine clausurado en Sudán.
Ese recorrido sirve para recordar que las salas no son simples contenedores. Han sido espacios de cita, refugio, aprendizaje sentimental y conflicto social. También son archivos vivos: conservan modos de mirar que cambian con la ciudad y con la tecnología. La programación de Filmoteca Española sitúa este ciclo junto a otras líneas de septiembre, entre ellas la retrospectiva de Andrzej Wajda, dedicada a un cineasta que exploró memoria, identidad y las heridas de la guerra.
Una invitación a ver de otra manera
El ciclo llega acompañado de otros motivos para detenerse en el Doré. El desencanto, la película de Jaime Chávarri sobre la familia Panero, vuelve a la sala en su cincuenta aniversario con motivo de la presentación de un libro homónimo. Y las vitrinas del vestíbulo reúnen materiales de Eduardo Ducay y Francisco Rabal, ambos nacidos hace un siglo. No son añadidos decorativos: permiten enlazar los filmes con los documentos, las vidas profesionales y los objetos que suelen quedar fuera del encuadre.
La Filmoteca mantiene además visitas comentadas al edificio, cuya historia también explica el atractivo del lugar: el actual Cine Doré se construyó en 1923 y, tras décadas de cierre y una rehabilitación dirigida por Javier Feduchi Benlliure, se convirtió en sala permanente de Filmoteca Española en 1989. Esa trayectoria ayuda a entender por qué la programación habla de espectadores sin tratarles como una cifra. Cada sala guarda la memoria de quienes la habitaron antes.
La película continúa al salir
El mejor efecto de Miradas proyectadas quizá sea desplazar una costumbre. Al salir de una sesión, el espectador suele recordar una escena, un diálogo o una música. Este ciclo invita a recordar además dónde estaba sentado, quién respiraba cerca y qué parte de la película se completó fuera de la pantalla. En el Cine Doré, mirar cine se convierte también en una forma de mirarse dentro de una comunidad temporal.
¿Qué película recuerdas de otra manera por haberla visto en una sala llena?

