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ENTRE CRUCES Y CIPRESES

(Cuento erótico para jóvenes)

César Rubio Aracil

España



Me sentí incómodo en aquellos, ya lejanos, instantes, cuando una impredecible ráfaga de viento levantó la falda de María hasta el punto de dejar sus bragas al descubierto. Me sentí mal, insisto, porque muy poco pude hacer para auxiliarla durante los embarazosos segundos que tardó en cubrir sus piernas. Puesto que nos encontrábamos frente a frente, separados por un par de hileras de tumbas, opté por volverme de espaldas. Ella, ya restablecida la normalidad, pareció agradecer mi gesto con una tímida sonrisa, y yo respondí a su reconocimiento con un visaje, que por su posiblemente exagerada comicidad envenenó el ambiente del camposanto. Sí, lo envenenó, porque a partir de aquel momento nada, ni siquiera nuestro profundo respeto por los muertos, pudo mantener un comportamiento sosegado por parte de ambos. María, mientras mimaba las flores, recién colocadas en el sepulcro que cuidaba, insistía con su aspecto sonriente. Ese detalle lo interpreté acertadamente como una sutil invitación al diálogo. Me aproximé a la dama hasta situarme a su lado. -Huelo a Chanel nº 5 –le dije, al tiempo que arrugué nariz y labios para proseguir con la bufonada que tan buen resultado me había dado.

-¿Experto en aromas?

-Sí, cuando las fragancias fluyen de un cuerpo femenino. Encantado. Me llamo Ginés.

-María.

-¿A secas?

-María Guadalupe. Los apellidos casi no importan, ¿verdad?

-Puedo estar equivocado, pero tengo la sensación de que usted es mexicana.

-De Guanajuato.

-Yo, de Madrid.

Vayamos al grano. Sería por mi parte motivo de impiedad si dejase como alimento de la libido ajena aspectos literarios que, con toda seguridad, aburrirían a más de un braguetero y a no menos ninfómanas. Tratándose de erotismo, ni el furor uterino ni la salacidad machista perdonarían al desgraciado escribidor de esta historia, quien, acuciado por el recuerdo que va a narrar con algún que otro atisbo de obscenidad (porque su atrofiada testosterona, milagrosamente en activo en estos momentos, le exige crudeza), se siente inclinado –con la dudosa esperanza de la venia por parte de sus profesores de letras- hacia el batiburrillo lexical. Lo que me salga. Lo que me salga, repito, de la pluma, para dejar bien claro a qué me refiero.

Tengo la suerte de conocer a varias chicas mexicanas y, a excepción de María Guadalupe, sus otras paisanas me han parecido recatadas tal vez en exceso. Todas ellas, católicas a rabiar: anónimas amigas del Papa, incapaces de echar un palito sin haber pasado antes por la vicaría, ¡vaya por Dios!

María era diferente. Aunque educada y culta, su tránsito por la línea divisoria entre la prudencia y el desacato a la razón me empujaba al riesgo controlado. Primero fueron frases sueltas, con cierta carga de atómicas intenciones sensuales, que ella aceptaba sin esquivar mis insinuantes miradas y gestos atrevidos. Sonriente, los movimientos de sus alabeadas formas, en determinados instantes desnudando en mi imaginación las más lujuriosas escenas de cama, iban encendiendo las teas de la lascivia. Ni muertos ni vivos, pensé con el descaro que otorgan las exigencias de un mete y saca de urgente definición; hasta que llegó la deseada oportunidad, ya superado con creces el mediodía, cuando los estómagos suplen a los sentimientos, y la pescadilla que se muerde la cola busca en la parrilla la pimienta existencial.

No había nadie a nuestro alrededor, ni la ventisca ofrecía motivos románticos para hollar con inútiles plegarias el tránsito de los muertos en busca de la nada. María así lo entendió, y la firmeza sexual triunfó sobre la Muerte.

-Allí, María, detrás de ese suntuoso mausoleo –señalé con mano temblorosa, mientras ella, algo cohibida por mi atrevimiento, optó -¿qué remedio le quedaba, dado su visible estado de excitación?- por hacerme caso, al tiempo que se santiguaba una y otra vez.

Sobre uno de los resaltes arquitectónicos del lujoso sepulcro, a espaldas de miradas indiscretas y de temores, la reja arado de la lujuria labró un hermoso campo de margaritas. Sus nalgas, de apretadas carnes y sedosa piel; de una piel que se me escurría entre los garfios, intentaba inútilmente escapar. Por unos instantes, como en un flash, pensé en el poeta quede decía: “Sus muslos se me escapaban como peces sorprendidos…”; mas no eran momentos para poetizar, sino para aprovechar a tope los placeres del ahora, que yo –y también María Guadalupe Arnau- pretendía eternizar con suspiros, jadeos e insaciables búsquedas entre las vedijas de un señorescontigo, como decía mi santa madre, poblado de sedosas hebras y bañado por los humores del goce.

-¡Espera, espera! –escuché que me decía mi prisionera, con el temor de la hembra que vislumbra un final anticipado. Por respuesta a su contundente súplica (porque noté en su voz el miedo a un desenlace acelerado), una nueva, impetuosa acometida que bien pudo llegar hasta el confín de sus encendidas entrañas, le arrancó de cuajo un ¡ay, qué placer! de inolvidable recuerdo. Yo era joven; María, también.

-¡Y pensar que mi marido está reposando bajo tierra desde hace un mes! -¿Reposando, dices? Lo mismo que mi primo, a quien se me ha ocurrido, no sé por qué, traerle hoy un ramo de flores. De reposar, nada de nada. Reposa o descansa quien respira, no quien ha cumplido definitivamente con su misión. Tu marido es un recuerdo en proceso de extinción. En el momento que seas capaz de vencer la resistencia de los sentimientos vanos y te obligues a explotar tu vida al máximo, el único recuerdo malévolo de tu existencia consistirá en no haber gozado más.

Nos besamos de nuevo. “Que nos envidie la puta Muerte”, le espeté sin contemplaciones, al tiempo que un escalofrío recorrió toda mi anatomía, desde el cráneo hasta los dedos gordos de los pies.

-Vámonos de aquí, María –le supliqué, tomando entre mis manos las suyas; las manos delicadas que habían descubierto en su bálano de honor, tal como me dijo, enfervorizada mientras nos poseíamos, la dicha que su difunto, plegado a las exigencias religiosas impuestas por el credo cristiano, nunca supo o pudo ofrecerle, ¡allá él!

Ya en un hotel de cuatro estrellas… ¿Para qué seguir desplegando con palabras lo que todos y todas podéis imaginar después de lo relatado hasta aquí? No obstante diré que, mientras nos dejábamos la piel del alma –no sé, creo que sí, también la del espíritu- en el nuevo fornicio, le supliqué que me dejase sodomizarla.

-No, Ginés. Hoy no, por favor. Dejemos que transcurra algo más de tiempo, hasta que yo pueda asimilar por completo tus inclinaciones sexuales. Acepté su ruego, aunque después de haberle proporcionado el mayor goce que había experimentado hasta aquellos momentos, sin yo hacer el mínimo esfuerzo para conseguir mis lúbricos fines, en posición decúbito prono, su rulé moviéndose nerviosamente en demanda de nueva batalla…

Perdóneseme este inopinado final. Mejor, mucho mejor que narrar, es preferible la práctica. No teman las damas: los esfínteres dan mucho de sí.

César Rubio (Augustus)

Este artículo tiene © del autor.

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