La dirección, calle Castaños, número veinte. El día, veintiocho de julio de mil ochocientos setenta y nueve. Un Alicante ataviado con un hondo suspiro veraniego que se escuchó en la playa, en el piélago marino, le vio nacer. El celeste inundaba las callejas con la llegada al mundo de un ser, cuya belleza creativa tiñó de azul las cálidas palmeras. No se posa el dátil sobre el suelo sin haber recorrido el tiempo necesario, pues en el momento exacto la excelsa donosura se fusionó con la palabra idónea, con la emoción certera. Por no hablar del color y los pinceles que en la sangre de arte alicantino alzaba olas de espumas salpicadas con tintes y matices alcoyanos.
Su esencia literaria, grabada en los paisajes, quedó incrustada en cada baldosa de la plaza que atesora su efigie, con recuerdos de arcilla pernoctada por las cálidas meretrices.
La magia, el misterio, la poesía de su esmerada prosa se oye por las aceras adoquinadas de Barcelona con un hilo cosido a la añoranza de su tierra levantina.
Poseía el donoso caballero un reverencial don tendente a la descripción emotiva y sensual del proceso amatorio. Como Félix Valdivia, enamorado, esparció en la alegría de la arbórea Posuna, su fértil sublimidad latente, que enalteció el verdor en los índigos horizontes. Como el ángel, como el beso de la monja entre azahares; así dejó su huella en los castizos rincones de la capital española.
Cronista de la luna, venerada en su verbo escrito, por dar luz a la noche alicantina, no recibió pecunia ni sustento que lograra acabar con sus miserias.
En Madrid fue enterrada su nostalgia el veintinueve de mayo de mil novecientos treinta y fue el nombre de su tierra, datilera y portuaria, el último vocablo que expresó su adentro.
Y hasta aquí mi homenaje de gran admiración al hombre y a su obra, testimoniado en un mínimo y atávico paseo por su vida.

