No me agrada escribir sobre la Navidad, porque suele tropezarse con los numerosos tópicos que la ensombrecen; no obstante voy a referirme a su compañera, la sombra. Como todo el mundo sabe, o al menos debería saber, el oponente de la luz es la oscuridad, de la misma manera que la enfermedad es el estado contradictorio de la salud. Aceptados estos conceptos, tratemos de analizar el fenómeno navideño.
En teoría, el nacimiento de Jesús supone para la humanidad cristiana un advenimiento incomparable: Cristo viene al mundo para redimir al ser humano y mostrarle el camino de su salvación. Por el hombre muere en la cruz y por él sufre el peor de los calvarios. Es lógico, pues, que los creyentes celebren su nacimiento con alborozo. “Lógico”, digo, contemplado el evento desde un punto de vista razonable, pero no desde la hipócrita alabanza cuando la lucha de credos, las guerras -siempre egoístas- y la impiedad asolan la tierra. Mejor que celebrar la natividad de Jesucristo con falsas paganías, olvidado por completo y mancillado su nombre, sería, en honor de tan bondadoso avatar, meditar sobre su encarnación en beneficio de la humanidad. ¿Qué mejor celebración que ésta, impulsora de la piedad, hoy marginada de los sentimientos, para conmemorar una vez más el suceso originario del cristianismo? Mientras los políticos festejan la Navidad con “ilustres” copeos y las masas abarrotan supermercados y grandes almacenes, olvidando que en Palestina, Irak y otros puntos negros de nuestro planeta mueren miles de seres inocentes por causa del egoísmo y la fiereza del hombre, y en tanto que la Iglesia católica se aferra cada vez más al dogmatismo destructor de la cultura y el progreso, digo e insisto, la muerte injusta pone en entredicho a Dios, a quien invierte convirtiéndolo en Satanás. Respecto a este asunto, me apresuro a escribir a continuación.
La Iglesia católica siempre ha fomentado entre sus creyentes la idea de que el diablo es una entidad que está fuera del ser humano y a la que es necesario condenar, dejando fragmentadas a las criaturas pensantes. Si el bien y el mal conforman la unidad de toda manifestación posible -eso lo saben bien los doctos eclesiásticos-, estamos obligados, si no queremos caer en la enajenación, a respetar los arquetipos de nuestra naturaleza. Es decir, la integridad existencial. El demonio es un símbolo de nuestra maldad y no una denostable criatura de la que conviene apartarse. Por el contrario, si lo aceptamos, lo comprendemos y nos reconciliamos con él, entenderemos mucho mejor el auténtico mensaje de Cristo. No se trata de perversas alianzas con el mal, sino de entendimiento con la otra parte de nuestro ser. Si la luz se proyecta sobre los cuerpos opacos, ¿cómo encontrar el luminoso camino evangélico sin la valiosa ayuda de la oscuridad? Ésa es la cuestión.
Yo no voy a celebrar la Navidad; hace bastantes años que no lo hago. Sin embargo, y aun a pesar de no ser creyente, emplearé al menos un cuarto de hora (tiempo de cocción de mi angustia) a dedicar a Jesús mis más hermosos pensamientos.
César Rubio
Cofundador del grupo
Escritores Castellano-manchegos y de La Mediterranía
y colaborador de Metáfora.

