EL COLOR DE LAS HORAS (I)

Viernes, 8 de noviembre, 18h.40, la hora violeta.

Los mosaicos de la pared reflejan el continuo pestañear del monitor. Intento imaginarme que es mi cansado corazón y, para seguir matando el tiempo, me gusta creer que son mis latidos: tic, toc, tic, toc. El tiempo pasa, lentamente, pesado, espeso…

Descubro, en una esquina, un desconchón en forma de lágrima y pienso: ¿las lágrimas tienen forma? Nunca lo había pensando; de tenerla, -porque alguna forma deben de tener-, tendrán forma de suspiros alados, de merengues amarillos. Sí, esa debe de ser, sin lugar a duda, de merengues amarillos; por eso, a los niños, les gustan tanto los merengues.

Tic, toc, tic, toc… Noto la mano tibia de la enfermera sobre mi frente. Me gusta su tacto, trasmite tranquilidad, paz, sosiego. Por la forma con que me toca, por la delicadeza como lo hace, tiene que ser María. Hacía días que no notaba su presencia. Estaría de descanso. Ella no lo sabe, pero las pequeñas variaciones de su ritual me dicen, con una aproximación milimétrica, como me encuentro. No necesitamos palabras. Me gusta esta mujer y la imagino bella. También me gusta su perfume, huele a mar.

El mar, cuanto tiempo hace que no lo he visto. Ni me acuerdo- tic, toc, tic, toc- Ha pasado tanto tiempo para algunas cosas… Para recordar el rumor de las olas, la tibieza de la arena, el olor a algas. El mar, la mar, y tú… Siempre tú… Una brisa de esperanza en mi mar…

Ahora, me arreglas el embozo de la sábana, lo estiras para que no haga arrugas. Te gusta la simetría, el orden. A mi también me gustaba; cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. Todo en orden. Todo perfecto. Ya no estoy tan seguro de que esa manera de ser, sin dejar nada a la improvisación, sea tan necesaria. En realidad, ya no estoy seguro de nada. Algo ha pasado, noto como el parpadeo va más rápido- tictac, tictac, tictac, tictac- y tú, has dejado las sábanas para coger algo de la mesita auxiliar que hay en un lateral del box. Te noto manipular en mi brazo, en ese artilugio con llavecitas, por encima de mi muñeca. Al segundo, siento un sabor desagradable, metálico -la luz comienza a calmarse-; con el tiempo aprenderé a distinguir, por los sabores, las sustancias que inyectas en mis venas.

Un murmullo lejano me dice que estás comentando con alguien lo que me ha pasado. Será el médico de guardia. Si estuvierais más cerca, sabría, por el olor, de quien se trata. Es curioso, antes no me fijaba en estas cosas, ahora sí. De los varones, hay uno que huele a Varón Dandy; odio esta colonia desde mi época de bachiller, la utilizaba el director del colegio. Han pasado unos cuantos años, pero me sigue resultando igual de desagradable. De vez en cuando, vuelves la cabeza hacia mi cama, te noto intranquila. Dejas lo que llevas en la mano, sobre la mesa de control, y vuelves a señalarme. Os acercáis,- no huelo a Varón Dandy, es un alivio-, comprobáis las gráficas que se han ido amontonado, a lo largo del día, en la carpeta que hay colgada en el piecero. Mi pulso se acelera; la lucecita vuelve a parpadear un poco más rápido. Los dos, levantáis la mirada. Pasados unos segundos, cuando se normaliza, continuáis con vuestras comprobaciones. Comentáis algo y os retiráis: el médico- que no he reconocido- hacia la puerta de salida de la unidad y tú al control. Antes echas al monitor una mirada y, como de costumbre, una sonrisa.

Intento pensar en cosas agradables; intento imaginar qué es lo que pueden estar haciendo las personas que conozco, especialmente las que quiero. A veces, se cruza algún pensamiento desagradable. También procuro olvidarme de que soy médico.

No se por qué pero, de pronto, me he visto en el patio del colegio; hace años que no recordaba cosas del colegio pero ahora recuerdo ese patio con toda nitidez- las caras no son tan nítidas- pero el patio, con la campana con la que se nos llamaba, es de una fiabilidad fotográfica. Aparece, enorme, colgada de la pared. Hay mucha gente moviéndose por todos los lados, sin rumbo. Aunque veo ese movimiento, sin embargo, no tengo sensación de sonido alguno. La maldita campana, amarilla y brillante, parece que lo vigila todo. ¡Qué extraños son algunos recuerdos! ¿Son recuerdos o, son sueños? Es igual, para un sueño es extraño y, para un recuerdo, también. Estas cosas hacen que el tiempo pase más de prisa.

¿Qué hora será? Tiene que ser por la tarde; pero, ¿qué hora de la tarde? Tampoco importa demasiado, ¡para lo que tengo que hacer! Creo que el esquema que me he hecho, midiendo el tiempo por los turnos, hace que la distorsión que tengo temporo/espacial sea mayor de lo que pienso. Cuando salga de este letargo, ¿me costará trabajo adaptarme al tiempo real? Pienso que no; ahora, eso importa poco. ¡Todo importa poco!

Oigo ruido al otro lado de la puerta. Dentro de un instante entraran las vistas. Es un momento que no me gusta, ni como enfermo, ni como médico. ¡Manías de uno, no lo puedo evitar! La mayoría de las veces perjudican más que benefician. Sí, los cinco primeros minutos todo el mundo contento. Pasados estos, todos locos por encontrar una excusa: el paciente, para decirles que se vayan y ellos, para irse. Recuerdo que hubo un tiempo en que intenté hacer un estudio sobre los efectos de las visitas en los pacientes -entonces, uno era joven y sin experiencia-, el catedrático no me dejó que lo hiciese. Nunca supe la razón. Quiero pensar -aún puedo pensar-, que seria por haberlo planteado mal porque, pasado un tiempo, llegó a mis manos un trabajo similar al que yo había esbozado. Las conclusiones reafirman mi tesis: las visitas, en general, perjudican mas que benefician. Bueno, ahora, con la política de puertas abiertas, tampoco tendría mucha utilidad. ¡El voto es más importante que la salud! Menos mal que aquí, en este sanctasanctórum, las visitas están limitadas a dos por cama y a un máximo de diez minutos. Ventajas de estar en la U.C.I. (1)

Te acercas. Vas directamente al monitor; algo te inquieta: no has pasado tu mano por mi frente. Compruebas el ritmo de los sueros, la bolsa de la orina; pero noto que estás nerviosa. El parpadeo de la luz sigue igual. Pero, algo te preocupa. Yo no noto nada; estoy tranquilo. Impaciente, en todo caso, por las visitas. Mi señora, al ser de la casa, vendrá más tarde, fuera de horario, – ¡alguna ventaja tendríamos que tener!- y entrará por otra puerta. Sigues haciendo comprobaciones. ¿Qué será lo que te preocupa?
Regresas al control; se te olvidó arreglar la sábana. Algo no va.

Poco a poco el silencio se hace mayor, a penas interrumpido por el parpadear de la luz del monitor reflejada en la pared. Tic, toc, tic, toc… También va cambiando el color de los mosaicos, va tomando un color violeta. Me anuncia la llegada del atardecer. Fuera, los árboles del jardín se estarán llenando de pájaros. El ruido será infernal. Después, la noche de afuera vendrá a hacerle compañía a la noche de aquí, a mi noche y tú, María, pasarás delante de mi cama, me dedicarás una sonrisa y te marcharás hasta mañana. ¿Quién te estará esperando?
Tic, toc, tic, toc… Y tus pasos alejándose.

(1) Unidad de Cuidados Intensivos en un hospital, en España