EL DESASTRE DE UN PONTIFICADO

Paradoja: la Iglesia, que la sostiene la pobreza, sólo sirve al demonio del dinero.

Bien está que ante la muerte de un Papa se rece un paternóster (yo lo hice, a mi manera, invocando de mis dioses la necesaria templanza para no desbarrar y convertir en anatema mi oración pagana) o se recurra a la letanía lauretana -que tanto añoro por su sedancia monorrítmica-, puesto que toda vida extinguida la considero digna de un adiós. Podrá tratarse de una despedida desgarradora, o de un último adiós gozoso con ribetes de maligna satisfacción. Lo que sea, menos la indiferencia a la que estamos acostumbrados los anónimos artífices de la cotidianeidad, base y sustento de la Iglesia -de las Iglesias- que sirve de sostén al Imperio del Mal.

Acabo de leer un sustancioso artículo del acreditado teólogo católico Hans Küng, en el que se repasa la trayectoria del pontificado de Juan Pablo II. El documento no tiene desperdicio. Sin embargo, quiero añadir a tan esclarecedor discurso uno de mis pensamientos de última hora, justificado ante la desmesura con que la Iglesia católica y los poderes fácticos han tratado una despedida que, siquiera fuese por el respeto que merecen los Evangelios, debería haber estado presidida por la dignidad y la cordura. Porque indigno es honrar la memoria de un hombre con la misma magnificencia y boato con que mancilla a Dios la política vaticana, proyectada con descaro desde el púlpito y acrisolada con la sangre de Cristo en el altar mayor. ¿O no es verdad que los miles de millones de euros despilfarrados en la burda comedia que estamos presenciando podrían haberse invertido en saciar, aunque sólo hubiese sido por una semana, el hambre de los pueblos que nutren con su dolor la Iglesia del Nazareno?

Estamos despidiendo a un gran hombre. Lo dije en mi anterior artículo y aún lo sostengo. Un “gran” hombre, como hay quien dice que fue Hitler, puesto que también Dios, invertido, no deja de ser Satanás. Y si a Dios se le honra en su integral naturaleza (si Dios es todo representa el Bien y el Mal), asimismo debemos comportarnos con Juan Pablo II, endiosado por el Vaticano y los Estados para, desmereciendo el sublime mensaje evangélico, convertirlo en un demonio ante quienes todavía utilizamos la cabeza para pensar.

¿Qué ha hecho la Iglesia por la mujer, además de maldecirla en Concilios (repasemos la historia del Cristianismo) y de negarle hasta hoy mismo su derecho a ser tan persona como el varón? Le impide ordenarse, le prohíbe la utilización de métodos anticonceptivos, maltrata con hipócritas recomendaciones a las lesbianas y condena el aborto. ¿Y quién ha sido, durante más de cinco lustros, la cabeza dirigente del catolicismo? La misma que aún hoy adoran millones y más millones de mujeres, de entre las cuales cabe destacar a las hispanoamericanas que nutren los cenobios, no sé si para comer diariamente un plato de lentejas o para ganarse el cielo prometido por quienes nunca han creído en él. ¿Es de este modo, pobres mujeres, como queréis defender vuestra dignidad ante el macho? ¿No os dais cuenta de que se os está manejando y maltratando con descaro, siendo el Sumo Representante del macho el que más daño os ha hecho y os está haciendo?

Juan Pablo II, gran adorador de la Virgen, ha sido -a mi entender- el más virulento misógino que he conocido; porque, de haber estado en su mano, hubiera resucitado la inquisitorial costumbre de llevar en el camisón femenino, a la altura de los genitales, un orificio, ya sabéis con qué fin. Pero vayamos a otro asunto y dejemos que la mujer se las componga con sus contradicciones.

¿Sabéis que el Vaticano no ha firmado todavía la Declaración de Derechos Humanos del Consejo de Europa? ¿A qué espera? ¿A que se reinstaure la pena de muerte? Con su política de puertas hacia dentro, negando libertades a obispos, teólogos y a mujeres, ¿cómo va a estampar la firma donde pueda cogerse los dedos? Afirma Hans Küng (El País, 5 de abril de 2005): “En las disputas, un mismo órgano vaticano sirve de abogado, fiscal y juez”. Es decir, “una ley absolutista y medieval”.

Con su política reaccionaria Juan Pablo II ha sembrado la semilla del retroceso, cuya infertilidad debería estar a cargo de la inteligencia y no de la fe. Mala cosa ésta, ya que las masas sólo están por la labor destructiva de adorar a Dios en el barbecho y, litrona en mano, pensar en onanismos.

Lo he dicho y lo mantengo. Nos hace falta un Papa con un par, capaz de derribar el Muro que nos queda. Pero va ser muy, muy difícil, casi imposible, que la testicular valentía de un eclesiástico quiera emular a Jesucristo en su derroche de testosterona.

No deseo seguir adelante con mis apreciaciones sobre el Vaticano y los Estados obedientes que, socialista o no, manejan a su antojo los medios de difusión. Dejo al criterio de los lectores la interpretación final de este escrito. Juan Pablo II contribuyó al derrumbe comunista. Ahora, como continuación de la política demoledora de la Santa Sede, el nuevo Papa debería destruir el otro Muro, cuyo guardián, de tan conocido, no merece la pena nombrarlo. Porque hasta la publicidad negativa le sirve para mantenerse en el poder.

Papa viene. Pongámonos el salvavidas, y guarden bien las señoras el salvohonor.