Le puede el miedo, le vence la desgana.
Mañana se levanta pensando en volver
a su regazo.
No existen ilusiones, apenas algunas;
Sin aprecio aparente…
Poco caso, casi sin respeto, todavía
deja un sitio en su cama, quizá por si
baja a acompañarle en uno de sus sueños.
Todavía, pone dos platos, por si allí
arriba no la dan bien de comer,
todavía pregunta si tiene frío o calor
(sigue pensando como dos).
Y es que Dios no le ha devuelto ni
un poquito de esperanza, y sí, un año de
inquieta soledad, de desidia acumulada.
Me acuerdo de las palabras de esa vecina:
Tranquilo José: resignación, no te queda otra.
Mi abuelo asentaba, quejándose por dentro,
estoy más que seguro.
Parecíanle que nos habían puesto
un muro; teme su voz en mi casa.
Vida rápida y ligera la nuestra,
vida menos rápida y pesada la suya;
Repite los mismos gestos las mismas
veces -, las mismas caras, las mismas
cenas -. Pensando en no sé en qué
mira atento y sin entender en dónde se
enciende el mundo en el que vive.

