Ha nacido Cristo, el hijo de Dios. Alcemos los brazos en actitud de loa por tan esperado advenimiento. La humanidad, dolorida por la permanencia de las realezas y el espíritu dominador de los falsos hierofantes y del sacerdocio religioso, ya no tan pagano sino vendido al poder, celebrará cien años después de la crucifixión de Jesucristo la llegada de una nueva Era: la del cristianismo. Alcemos los brazos y plaguemos la tierra occidental de
aleluyas. Ha nacido el Redentor.
¡Mierda! (sin la posterior demanda de perdón por el taco). ¡Todo mierda santificada por la rebeldía de quien abomina de la falsedad, del sofisma, de la mentira! Todo bosta, todo ansias de poder.
Cristo ha nacido, ¿para qué? Para darle a los de siempre la justificación de sus maldades, de su egoísmo en perjuicio de los débiles, de los deseos de prosperidad minoritaria: políticos corruptos, banqueros, Clero insaciable de poder y de riquezas, gentes sin conciencia, militares cuya belicosidad ofrecen al poderoso para que siga, por siempre, estableciendo el orden que desean los hijos de Satanás. Para eso ha venido Cristo al mundo, aun sintiendo Él, en sus carnes laceradas, la piedad por los ofendidos, por los humillados.
Jesús, más nos hubiese valido a los sin bandera, a los perennes emigrantes que han huido y siguen huyendo del hambre y de la injusticia, y a los escasos justos que quedan en la Tierra, que tu enorme sacrificio se lo hubieses dedicado a los pobres sin prometerles el Paraíso después de su muerte para siempre. Sin ningún atisbo de resurrección. “Rebelaos contra los
miserables. Inmolaos en favor de vuestra libertad! El único Paraíso está en la Tierra; el único Infierno está entre vosotros, los que respiráis el oxígeno que les sobra a los poderosos”. Éste es el mensaje que debiste darnos; el que tal vez nos diste y el que San Pablo y otros malditos Padres de la Iglesia, con sus dogmáticas interpretaciones, ocultaron en unos
Evangelios que no son los Tuyos.
Cristo crucificado; Cristo, hoy nacido para que prospere Bush y El Corté Ingles. Ésta es la Natividad que hoy celebramos -casi todos, menos yo-, para que se sigan invadiendo las naciones que le son hostiles al yanqui y a su incondicional, nuestro presidente Aznar.
Seguid celebrando la Navidad. Y cerrad los ojos, porque dormidos os sentís felices.
P.D. ACLARACIÓN NECESARIA:
He tenido que soportar el rapapolvo de ¡tres! mujeres que, alarmadas por mi breve artículo titulado “Navidad”, me han puesto a parir. Las comprendo y les pido disculpas por mi osadía, aunque no rectifico para nada el fondo de mis intenciones. Tal vez lo que escribí en Nochebuena no esté lo suficientemente claro. He de ser en adelante más cauto, menos apasionado y, porqué no decirlo, más explícito en mis expresiones.
Para mí la figura y el mensaje de Cristo son, además de respetables, dignos de mi más alto aprecio, consideración y sincero aplauso. Debo confesar que me considero ateo en cuanto a la concepción antropomórfica de Dios se refiere. Es decir, un Dios con figura de hombre, paternal y justiciero. Sí creo, en cambio, en un orden universal (llamémoslo Dios) que rige el cosmos.
Soy iconoclasta y panteísta, pero no cerrado a la evidencia de un perfecto -o casi perfecto- orden universal. Dicho esto, paso seguidamente a aclarar lo que quise decir en mi mal expresado artículo, en cierto modo motivado por causa de mi apasionamiento (un escritor, yo no me considero como tal, sino un simple aficionado a las letras, debe ser astuto, templado y comedido).
Jesús de Nazaret, al que considero tan hijo de Dios como yo y como cualquier humano, nos dejó un mensaje que el sacerdocio machista e interesado ha interpretado a su conveniencia, en beneficio del Poder. Lo que Él manifestó se ha transformado, por mor de los intereses minoritarios, en justificación de la maldad. La Navidad que acabamos de vivir es un descarado consumismo, una patraña financiera, una ofensa para los HIJOS DE DIOS, la
humanidad dolorida. Si Cristo, en vez de ofrecer a los débiles, en la otra VIDA (a saber lo que será la otra VIDA), un paraíso, nos hubiese motivado a la rebeldía (que lo hizo, pero con parábolas) sin prometer nada, los Evangelios no hubieran sido publicados. O tal vez sí, pero amañados. Porque ¿sabéis cómo se supo cuáles eran los Evangelios auténticos, en detrimento de los apócrifos? Porque un papa, no me acuerdo cuál, dejó todos los Evangelios
en una mesa, se guardó en la faltriquera la llave donde estaban custodiados, y al día siguiente, los cuatro que quedaron eran los verdaderos. ¿Qué es lo que, de verdad, dijo el Nazareno? Que os lo explique la biblioteca secreta del Vaticano.
Y, como no me considero escritor, digo, con toda mi rabia: Malditos seáis los que habéis mancillado el nombre de Jesús.

