LEYENDA NEGRA Y LEYENDA ROSA

¿Quién, en sus cabales, puede poner en duda que cualquier invasión lleva en sus intenciones el germen de la barbarie? Sin embargo, la de los españoles en el Nuevo Mundo no sólo se caracterizó por el crudelísimo comportamiento de galeotes en libertad, rufianes, marinería tosca y brutos de todas las calañas, sino también, haciendo alguna honrosa excepción que luego citaremos, por la irracional codicia evangélica de la Iglesia católica, amén de los intereses crematísticos que en semejante empresa subyacían en el ánimo eclesiástico. Los prelados, siempre amigados con la realeza, y aguas abajo con los nobles (¿es mentira lo que digo?), ¿fueron capaces de renunciar al oro y, a cambio de riquezas, sembrar allende los mares un poco de piedad ante la avaricia y la falta de misericordia de nuestros antañones salvajes? Mas prosigamos.

¿En qué se basaron ingleses y holandeses para crear la llamada “leyenda negra”? Tuvieron que haber leído las quejas de fray Bartolomé de las Casas, digo yo, quien, jugándosela, denunció la masacre llevada a cabo entre los indios por nuestros hermanos españoles. Esto no lo comentan los articulistas católicos que escriben en Internet. En cambio se refieren al apoyo obtenido por los aborígenes americanos, sin especificar que nosotros, para ellos, éramos dioses. Pero aún queda algo por decir, sin necesidad de adulterar la Historia ni de avalar asertos con extrañas componendas misericordiosas.

Si bien, como anteriormente hemos aceptado, los ingleses sobre todo hicieron de las suyas con los amerindios norteños (navajos y otras etnias), no es menos cierto que América del Norte no es, ni muchísimo menos, la América del Sur actual, donde el caciquismo sembrado por la España colonial aún perdura en no pocos pueblos: Honduras, por no engrosar la lista. A todo esto sin referirnos a la cultura, ciencia, democracia, etc., que los Estados Unidos y Canadá –con sus ambiciones y despropósitos a cuestas- han exportado a nuestro continente y otros territorios del planeta.

Me gustaría que se escribiese aquí sobre fray Bartolomé de las Casas y los inconvenientes que encontró en el Consejo de Indias, presidido por el obispo, Juan Rodríguez de Fonseca. Que también se diga qué sucedió en Cumaná cuando Bartolomé se ausentó de allí, aprovechando los indios esta circunstancia para acabar con no pocos colonos que les oprimían, como asimismo lo que aconteció entre los años 1550-1551 respecto a las discusiones sobre la legitimidad de la conquista entre Las Casas y Juan de Ginés Sepúlveda. Derrotado el primero, fray Bartolomé renunció a su obispado, falleciendo en Madrid en 1556.

Dejémonos de luchas entre protestantes y católicos, porque, con ser de interés histórico y humano, conviene más ponernos la mano en el pecho, como recomienda el clero, y entonar un mea culpa sincero. Ya está bien de disimulos.

Existe una leyenda negra sobre España, es cierto, porque conviene a intereses espurios, como asimismo una leyenda áurea hecha por Jacobo de Vorágine (compilación de vidas de santos) y, no menos, un mito rosa que pretende ocultar los estragos que hizo la cruz (el Nazareno no tiene culpa alguna de tanta miseria humana) en el cono sur de América.

Si tuviésemos que atenernos solamente a la versión de la Iglesia sobre la política de la casa de Austria en sus territorios europeos y en la conquista y colonización de América, ¡menudo estirón iba a dar el Santoral con la canonización de numerosos asesinos! Mejor que el catálogo de los santos quede como está, aunque el espíritu del Supremo Hacedor tiemble de justa ira.

César Rubio (Augustus)