Busto clásico fragmentado junto a libros encadenados, símbolo del dogmatismo y la libertad de pensamiento.
El pensamiento crítico exige cuestionar certezas, revisar convicciones y reconocer el error.

Libertad para cambiar de opinión

Jamás las ataduras podrán liberar estados de conciencia insubordinados. Quizá por ello todo modelo dogmático acaba, de una forma u otra, reduciendo la libertad de quien se somete a él.

La verdad no tiene dueño

Sea en el orden político, religioso, moral o preceptivo, la verdad no puede quedar supeditada a un único criterio. No depende exclusivamente de los valores éticos o estéticos de cada época, ni de determinadas conductas o patrones que pretendan presentarse como omniscientes.

La verdad no tiene dueño.

Sin embargo, nuestra relación con ella exige responsabilidad. Estamos obligados a interpretarla desde nuestros estados de conciencia, las circunstancias que nos rodean y las necesidades sociales, pero nunca desde el interés particular que tantas veces condiciona las distintas tendencias políticas o religiosas.

La verdad, para resultar creíble, debería orientarse hacia el bien común, aun sabiendo que ese bien común cambia en función de las necesidades humanas y de cada momento histórico.

Y entonces surge la pregunta:

¿Qué sucede cuando el individualismo, sostenido mediante falsedades y aparentes certezas, se impone sobre las necesidades de la mayoría?

El voto y la responsabilidad individual

Cuando llega el momento de votar, ¿valoramos realmente la importancia social de nuestro sufragio?

¿Somos conscientes de las consecuencias de nuestra elección y pensamos en el bienestar colectivo, o terminamos sometidos a consignas, intereses particulares, fidelidades partidistas y convicciones que rara vez nos detenemos a cuestionar?

Estas preguntas resultan especialmente necesarias cuando la defensa de una determinada ortodoxia acaba sustituyendo a la reflexión.

El miedo a reconocer el error

Día tras día observamos acontecimientos políticos capaces de generar serias dudas y contradicciones. A pesar de ello, no es extraño que continuemos defendiendo determinados postulados mediante razonamientos construidos posteriormente para justificar aquello que ya habíamos decidido creer.

En ocasiones lo hacemos aun siendo conscientes de sus contradicciones. Otras veces, simplemente, porque carecemos del valor necesario para enfrentarnos al poder del dogma al que nos hemos acostumbrado.

Cambiar de criterio produce temor.

Puede significar:

  • reconocer que nuestra interpretación anterior era equivocada;
  • cuestionar ideas que durante años hemos considerado propias;
  • enfrentarnos a nuestro entorno ideológico o social;
  • aceptar información que contradice nuestras certezas;
  • y, sobre todo, pronunciar una de las frases que más cuesta decir: «me he equivocado».

Pero modificar una opinión no implica necesariamente renunciar a nuestros principios.

Reconocer un error no significa abandonar un ideario; puede significar, precisamente, haber aprendido a pensarlo mejor.

Dentro incluso de los movimientos más rígidos o intransigentes existen personas capaces de admitir sus propios errores sin necesidad de renunciar por completo a sus convicciones.

¿Por qué nos cuesta tanto cambiar de opinión?

¿Tanto temor suscita una modificación de criterio?

¿O es, en muchos casos, la arrogancia la que nos impide reconocer nuestros equívocos?

La cuestión no pertenece exclusivamente al ámbito político. En materia religiosa encontramos mecanismos semejantes, aunque intervienen elementos emocionales y espirituales especialmente profundos.

La confrontación entre distintas formas de entender la religión —unas más rígidas o intolerantes y otras orientadas hacia la convivencia y la paz— puede llevar a una persona a reconsiderar determinadas ideas sin que por ello tenga que abandonar sus sentimientos religiosos.

Crecer también significa revisar nuestras certezas

Lo mismo sucede en política, religión y filosofía. Toda nueva certeza debería poder convertirse en una oportunidad de crecimiento individual y social.

Aprender implica revisar.

Pensar implica cuestionar.

Y madurar exige aceptar que aquello que ayer parecía indiscutible puede necesitar hoy una nueva mirada.

Una convicción que no admite preguntas corre el riesgo de convertirse en dogma.

La valentía de decir «me he equivocado»

¿Podemos considerarnos verdaderamente libres cuando permanecemos atados a ideas que la propia evidencia comienza a cuestionar?

¿Por qué sufrimos cuando los hechos contradicen ese sentimiento de infalibilidad que construimos alrededor de determinadas creencias?

A veces la vanidad desempeña un papel tan importante como perjudicial en nuestra manera de afrontar la vida. Reconocer un error parece haberse convertido en una muestra de debilidad cuando, en realidad, exige una considerable fortaleza.

Nos resulta más sencillo persistir, justificar, atacar o ridiculizar que detenernos y reconsiderar nuestras propias certezas.

Y así terminamos sufriendo, maldiciendo y, en ocasiones, despreciando precisamente a quienes poseen la valentía de proclamar a los cuatro vientos:

Me he equivocado

Tal vez pocas expresiones sean tan sencillas y, al mismo tiempo, tan profundamente vinculadas con la verdadera libertad de pensamiento.