¿Hasta cuándo nuestro perdón a los miserables?
El tema de la Memoria Histórica ha coincidido con esta Navidad, tal vez porque el Destino se ha encargado de recordarle al vilipendiado y dignísimo Nazareno que Dios no está con los vencidos. ¿Memoria Histórica? ¡Ni tocarla! Que cada cual apechugue con sus sentimientos, excepto los vencedores que aún, desde la sacrosanta oposición, ponen el grito en el cielo al sentir en sus carnes la mordedura de su conciencia. Y es que la sombra, que todos llevamos a cuestas, no perdona ni a los miserables de corazón. ¿No tienen derecho los muertos por la libertad a estar representados en el Parlamento? Cuarenta años después de que las viudas de los “vencedores” cobraran sus pensiones, que en mi criterio merecían, las otras, esas que perdieron a su pareja en el frente de batalla, comenzaron a recibir una paga mísera, sin atrasos, creo recordar que durante el mandato de UCD. ¿Tampoco se recuerda la Ley de Amnistía, cuando los diputados de izquierdas dijeron sí a la impunidad para los franquistas? En el año 1990, si es que no recuerdo mal (mi memoria histórica, a fuerza de cesiones está atrofiada), se habló de que iba a aparecer una ley para los prisioneros políticos de la dictadura. Había que momificar, con nuevas miserias, la justicia que merecían las miles y miles de víctimas que originó el invicto Caudillo, quien concedió privilegios y canonjías a la Santa Madre Iglesia Católica y a las grandes fortunas españolas. Llegó la ley, claro está, para los presos políticos que habían estado humillados en las cárceles durante más de tres años, pero no para los otros aunque hubiesen sido torturados por el espacio de dos años y 350 días, pongo como ejemplo. Tampoco parece recordar el PP el dinero de las arcas nacionales gastado en exhumar a los caídos de la División Azul en el frente soviético, ni la financiación -durante el mandato de Aznar- a una fundación alemana para exhumar a los españoles que batallaron junto a Hitler. Pero debemos callar, porque el silencio es una virtud que esgrimen la Iglesia Católica y los paladines de la discordia. Callemos pues. Sin embargo, permítaseme al menos que diga una verdad innegable. Cuando triunfa un golpe de estado, mutismo obligado; cuando se alza una democracia, a tragar quina y a olvidar. ¿Hasta cuándo el olvido?, ¿hasta cuando el silencio?, ¿hasta cuándo nuestra sombra reprimida?
Se nos aproxima la Navidad. Yo no soy creyente, pero respeto a quienes piensan que Dios está con los inocentes, y a ellos, los fieles a la divinidad, les digo: Dios no está con nadie, porque bastante trabajo tiene con estar consigo mismo.
No comparto la idea de airear la Memoria Histórica, aunque comprendo el dolor de aquellos que perdieron a sus seres más queridos cuando luchaban por la libertad. Callemos, pues, pero no olvidemos a nuestra sombra, esa oscuridad que guarda en el inconsciente personal y colectivo las atrocidades del mundo.

