PENSANDO EN… LOS ERRORES POLÍTICOS

¿por qué no se piden cuentas, vía tribunales internacionales, a quienes cometen un error que causa cientos, miles, de muertos? José María Aznar, ex-presidente del Gobierno, ha reconocido su error (le llamaremos así, de modo convencional) al apoyar al inefable George W. Bush y a su acólito Tony Blair en la Guerra del Irak. «Todo el mundo pensaba que había armas de destrucción masiva y no había armas de destrucción masiva» dijo recientemente, a modo de justificación, en Pozuelo de Alarcón.

El “todo el mundo” supongo que lo dice desde su ceguera política, desde la megalomanía que le absorbió al poco de llegar a La Moncloa o desde la humareda del puro que fumó con los pies puestos sobre la mesa del mandatario norteamericano y de lo que tan infantilmente alardeó. Parece no haber visto a los miles de personas, en la calle de Madrid y otras ciudades del mundo, que gritaban ¡No a la guerra! Quienes gritaban (gritábamos) ese “No” rotundo dudábamos de la veracidad de lo que aseveraban las autoridades norteamericanas. Temíamos, como así fue, que se metiera la mano en el avispero en beneficio de una venganza por odio personal del presidente Bush, que arrastraba desde su padre, hacia Saddam Hussein, basado todo en mentiras y falsos informes. Por eso Bush se tambalea en su presidencia, Blair no las tiene todas consigo, y Aznar, que ya no puede perder presidencia, confiesa finalmente el error. Un error que deberían reparar los tribunales intencionales, aunque los muertos no se pueden resucitar.

Hay un cargo, a mi modo de ver, claro y concreto: crímenes de guerra o, para ser políticamente correcto, presunto criminal de guerra.

Salvador Enríquez
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