La piratería ha existido siempre, mucho más allá del derecho de pendolaje. En expresión informal, existen piratas informáticos, bucaneros del alma humana que en el nombre de Dios expolian a los inocentes, filibusteros antillanos hoy extendidos por toda la tierra; raqueros, piratas aéreos y de todas las marcas, registradas o no, que queramos imaginar; porque, cuando la crisis espiritual se expande hasta reventar, sólo queda el marasmo de los timoratos y la desfachatez e intolerancia de los desaprensivos; la avaricia y la tiranía de ciertos ungidos, políticos rastreros, déspotas protegidos, escribidores al servicio de la sinrazón y toda esa reata de hipócritas que arrastran el globo terrestre hacia el abismo y la desesperanza. Sin embargo, únicamente enarbolamos el estandarte del orden impuesto, como si sólo existiese la libertad de los salvadores de patrias y de almas. De mi corazón brota la rebeldía, mas el raciocinio me pide cautela, no sea cosa que me encierren en una mazmorra acusado de terrorista. Por eso hoy, harto de leer en MCH las mismas falacias disfrazadas de diversidad, expuestas por el mismo autor en contra del mismo personaje político que denosta la COPE, estimo más prudente emplear calificativos de terciopelo, puesto que también esta página merece todo mi respeto y consideración.
No sé si el gobierno de la nación ha pagado rescate alguno para liberar a nuestros pescadores que, en aguas internacionales, en coordenadas próximas a Somalia, faenaban para alimentar a tanto indeseable y a muchos menos infelices. De momento no me importa. Lo que me interesa es ver libres a mis colegas de la mar; esas personas que, lo mismo que los campesinos, mineros y otros trabajadores de oficios arriesgados, se la juegan diariamente frente a los elementos o ante el insospechado accidente, mientras, junto a la ruleta, en clara oposición al bien; sobre los púlpitos, ofreciendo el seguro celestial a cambio de; en los foros políticos prometiendo excelencias sociales; en las casas de lenocinio de lujo divirtiéndose con el putiferio los más listos, unos y otros, éstos y aquéllos de cualquier signo, configuran el mundo a su conveniencia. Todo ello, desde luego, no justifica el mínimo amparo a quienes, valiéndose de la despreocupación despótica gubernamental, y no menos de la indiferencia de las potentes democracias occidentales, desprecian vidas humanas y catapultan hacia la sociedad privilegiada el odio generado por las religiones y el poder. Añado a lo dicho, en pregunta de la cual demando una respuesta por parte de quienes, usando la palabra para ocultar la mísera atención que se hace de los Evangelios los ensalza, cuál es la solución capaz de frenar la desesperación de los pueblos salvajemente oprimidos. ¿La Biblia?, ¿el Corán?, ¿el Talmud? Todos éstos, libros y recopilaciones sagradas, han sido y siguen suponiendo un serio escollo para la recuperación –si es que alguna vez ha existido la libertad- del albedrío. “Escollo”, sigo diciendo, porque si bien la palabra sacra contiene las más altas virtudes, no menos cierto es que los falsos valedores del ser humano –“representantes” de Dios en este mundo- alteran su valor semántico con fines egoístas. Pudiera ser que el Espíritu Santo esté con nosotros, los incautos, mas no con ellos, la mayoría defensora de la fe, como tampoco con los políticos corruptos ni con las fuerzas satánicas disfrazadas de albas palomas; porque si Dios existe, no puede de ninguna manera bendecir al Papa, que, teniendo la gran oportunidad de condenar ante Bush la invasión guerrera de Irak, ha omitido la sanción divina que merece el dignatario de la nación más poderosa de la tierra.
¿Cómo es posible acabar con la piratería marítima, cuando quienes rigen el mundo –gorjal y birrete como símbolos de amor, paz y justica- sólo velan por los espurios intereses de las minorías dirigentes y los de sus adláteres, convirtiéndose de este modo en auténticos corsarios? ¿De qué consorcios delictivos y mafiosos se nos habla? ¿Únicamente de las asociaciones ilícitas condenadas por la dirigencia mundial? Que se nos diga también quiénes sostienen, pirateando los tan traídos y llevados “derechos humanos”, las hambrunas africanas, la miseria reinante en América Central, las terribles guerras –concebidas por mentes belicosas y aplaudidas por ciertos parlamentarios poderosísimos- generadas en nuestro humillado mundo como excusa para invadir países ricos en petróleo, mientras nadie se atreve a intervenir en Somalia para mitigar el dolor de tantos millones de seres humanos, desprotegidos por Dios y la tiranía política. Acostumbrados como estamos en Occidente a una vida relativamente facilona, sólo nos conformamos –y no todos- con rezar un padrenuestro y mirar hacia otro lado.
Las gestiones internacionales de envergadura en nuestra nación, llevadas a cabo por el gobierno del signo político que sea, responden a sus posibilidades y convicciones, y en ocasiones a los dictados mundiales de orden superior. Me niego a creer en la culminante despreocupación de cualquier dirigencia española ante problemas de la índole que estamos exponiendo, por mucha que sea su indiferencia. A lo peor sigo siendo el incauto de siempre, mas lo prefiero a pensar que un Rajoy, un Zapatero o un Aznar carezcan de la mínima sensibilidad, de la nula conciencia que algunos intentan atribuir a nuestro presidente. Nunca he votado al PSOE ni creo que lo haga mientras la vida me acompañe. Si en alguna ocasión considero que se arremete injustamente contra cualquier gobernante de turno, claro que alzaré la voz en su defensa; porque una cosa es la tendencia ideológica y otras, diferentes, el fanatismo, la intolerancia y el abuso de la palabra con fines innobles. He apostatado de la fe cristiana, pero no de la fe en el ser humano, en quien sigo creyendo.
Trece marineros españoles han podido fundirse en un cálido abrazo con sus familias respectivas, tal como yo hubiera deseado para mí si me hubiese visto en semejante situación. De la misma manera, sospecho, quien escribe con intenciones dogmáticas en contra de R. Zapatero, dejaría enfundada su estilográfica en el caso supuesto de encontrarse en idéntica o parecida situación que la de los pescadores mencionados. Como mínimo enfundaría la pluma, porque utilizarla como muestra de gratitud sería pedir demasiado a una mente dogmática.
César Rubio (Augustus)

