POESIA

Cuando no existe el todo, todo lo que hay es la nada, que se estanca asombrada para recomenzar con mas fuerza
en un sortilegio en flor.

Ahí voy, otra vez silencio. No entiendo ni a mis murmullos; escucho a ciegas esos discos que sólo muestran coartadas,
siento ese cruel terciopelo -eclipse de los vacíos
que me rompe la mirada-.

Pero hay que mirar, bien mirado. Hay que enfrentar a los duelos, aunque duela todo el cuerpo y lastime de azul el cielo.

Rebosé a todas mis hadas en el llanto de un pañuelo.
Disuelta, perdí la cuenta, por la fuerza de mi anhelo.
Nubes tenues y espejadas. Noche caída que aumenta
quedándose en la espera de las sombras de algún día

La luna, siempre coqueta (una lámina de aljibe)
Creencia y anonimato se permiten los suspiros de cuanto el todo es la nada, entre interrogaciones, acechanzas y amenazas, tejidas con poco apuro.

De mí se olvida la flor y su eterno sortilegio.

Rebosé a todas mis hadas; les di una envoltura a cuadros.
Las perdí en aquella cuenta de las horas encendidas.
Sin saber del infinito, otra vez las encontré.

Una lágrima que fue, desgajando hasta mis voces, repitiendo, en su carisma, que todo, en la eternidad
solo duraría un soplo sin repetición de mí, con la mirada hasta el fin, y en busca de la verdad.