SELECCIÓN DE POEMAS DE CARLOS TELLEZ ESPINO

JUNGLA

Árbol y cuerpo, la vida

como un azul transparente.

Árbol, el cuerpo no miente.

Cuerpo, el dolor es suicida.

La desesperanza olvida

del tiempo tanta cordura.

Cuando el amor inaugura

la transparencia, follaje,

mira que al árbol no baje

la desesperanza oscura.

ALUCINACION

Pasa un pájaro cortando

la vendimia, viene lento

para alejar el intento

del grano que voy salvando.

Un pájaro convocando

un aire sucio, inefable.

Un pájaro inigualable

como un Dios que se nos muere.

Afuera la sombra hiere.

Adentro yo soy culpable.

MONOLOGO DEL LEÑADOR

Toda caída, un escombro

para saber el letargo.

Toda caída, un amargo

volverse contra el asombro.

En cada golpe te nombro

todo vida, todo muerte.

Aquí te juego a la suerte

de un rostro blanco, mortal

para saberte al final

otro golpe que me advierte.

CENTAURO

Soy tu caballo, ciudad,

para la suerte y el canto

pero nunca sabes cuánto

me cuesta ya tu verdad.

Aún me debes la humildad

de los viejos caminantes.

Aún padeces los andantes

caballeros, tan desnudos,

que se devuelven escudos

para atreverse gigantes.

En este juego mortal

te doy el cuerpo y el canto

pero nunca dices cuánto

muerto sobra en el ritual.

Marco mi paso animal

sobre tu piel, donde callo.

En ese juego detallo

cada huella en la que cedo

toda la inocencia al miedo

de ser ciudad o caballo.

Mi cuerpo eres tú ¿no basta

el silencio donde bebes

toda la culpa que debes

en esta mortal subasta?

Cuánto de ti no se gasta

desmemoriando la edad.

Cuánto hay de mí en la orfandad

del espejo cuando ensayo

creerme un feliz caballo

pastando en otra ciudad.

PARABOLA DE LA LLUVIA

Todos tienen su lugar

en las nubes, son las nubes.

Párate al sol, y ya subes

para luego ser el mar.

Yo lo sé, profetizar

no es difícil si resulta.

Ya lo sabes, nadie oculta

la palabra en una ola

cuando el silencio se inmola

y el mar entonces insulta.

El agua lleva dobleces

que suben como ángel bueno.

Toda la nube un ajeno

portador, y tantas veces.

Abajo saben los peces

el pacto que nos diluvia.

Abajo muere, tan rubia,

la espiga, como un lamento

nombrándote en el violento

ademán de no ser lluvia.

LAS PAREDES DEL AIRE

Se pueden golpear los muros,

los que nos dan, los que fuimos

inventándonos y dimos

como los aires más puros.

Nadie dice son oscuros

los signos que el tiempo lanza.

La historia jamás alcanza

para nombrar la caída.

Cada golpe una embestida.

Cada vuelta una esperanza.

Hay un diluvio escondido

en esta pared tan parca.

Hay un Dios, hay una marca

por cada cuerpo ofrecido.

Hay una meta de olvido

para jugarnos el ansia.

Hay una copa que escancia

el aire y una moneda

que sobre el cuerpo nos rueda

para comprarnos la infancia.

Cuatro paredes marcadas

y el aire, cuatro paredes

y el oficio de las redes,

y las voces convocadas.

Juego de luces crispadas

el gesto que nadie pudo.

Nadie nombra el sol que dudo

porque ya nadie lo sabe.

Nadie sabe dónde cabe

la marca, y el hombre mudo.

Qué amable el aire, devuelve

en su fantasma colgado

cada silencio prestado

a un ademán que disuelve.

Qué amable el aire, nos vuelve

a los muros que han caído,

nos regala el tiempo-aullido,

nos esconde el cuerpo justo

mientras da golpes el susto

de saberse inadvertido.