El concepto de menor maduro nace en los años 70, del pasado siglo, en Estados Unidos como respuesta a la demanda social que se había generado a partir de decisiones y conflictos judiciales entre padres, hijos, y profesionales en el ámbito de la asistencia sanitaria. Pensar que anteriormente a esta década no existía tal problema o que éste solamente se había presentado, como se podría suponer, por la aparición de los primeros trabajos1, en el campo de los educadores sería, cuanto menos una obviedad. El problema se manifiesta en esta década como respuesta a los cambios que se producen en las relaciones entre los padres y los hijos adolescentes, por un lado y, por otro, a la toma de conciencia por parte de los adolescentes de su propia individualidad. El menor hay que entenderlo en su conjunto, en todas las fases de su desarrollo y teniendo, muy en cuenta, todos aquellos factores que van a influir en él; así como su relación con el mundo de los adultos.

