Quisiera detener, aunque me estalle,
el corazón cuando te trae el viento;
no sea que, al latir, mi mar sediento
sobresalte tu luz, tu voz acalle.
Mas tus ecos resuenan tan vernales,
con tanta intensidad y dulcedumbre,
que el ansia de tenerte se hace lumbre
arbolando rubores. Tan reales
que, despierto a tus ojos, voy buscando
– cómo, febril – la eternidad del cuándo.

