Ciclo (1978/9. Inédito)
Fúnebres aguas
Al amanecer el mar abre sus tumbas,
recoge las redes siniestras
que ha lanzado contra el mundo,
hace gravitar sus peces hambrientos
sobre las vidas terrestres,
lame las costas buscando sus presas.
Al mar van a dar de noche, llorando,
las dulces doncellas para siempre viudas,
los jóvenes tristes que alumbra el otoño,
las vidas insulares capturadas.
Al fondo abismal de las fúnebres aguas
llegan los pálidos seres dormidos
soñando amargos sueños, delirantes.
La frontera de sortijas tumultuosas,
sus lenguas victimarias derramadas,
rodean el planeta, crepitando,
estrangulando la postrada geografía.
Bajan, pues, los seres a buscarse
al fondo, a la prístina cuna del hombre,
llenos de furiosa ceremonia, inaccesibles,
seguros de la muerte que han elegido.
El otoño solloza en las calles,
sacude su marchita cabellera
por todos sus hijos que comparecen
ante el supremo misterio, en el fondo.
Ya no es el mar el que arroja sus redes,
ya no es su obscuro regazo el que aguarda.
La victima y el juez son una misma persona,
cada uno de los seres insulares
lleva en su interior su secreto veredicto.
Sus propias manos escarban la tierra.
Pero es el mar el que sigue sonando
toda la noche, las dulces doncellas,
los jóvenes tristes frente a la costa,
y crepitan sus lenguas lamiendo la arena,
buscando las hojas perdidas que lloran.
Gritos del mar
Cuando ardiendo el horizonte,
qué cantidad de los gritos del mar
contra los vidrios golpeando,
qué densidad de sonidos se agolpan
y empujan la tarde.
Vienen las olas de mares distantes
trayendo lejanos idiomas,
solitarias regiones que nadie visita,
costas destruidas por la sal penetrante.
Alguien las ve deponer su fatiga
en las lóbregas playas,
y así la muerte interpreta
en las olas difuntas su triunfo.
Los síntomas cósmicos
rompen el cielo y gravitan
desordenando las aguas.
Ya parece que murieran
todos los seres terrestres
ahogados en la noche.
Y que se hubieran quedado
los largos gritos del mar
pegados a la ventana.
Porque las olas murieron,
y nadie las ve cuando vuelven
a morir sobre las playas.
Doce de la noche
La luna verifica los decesos
a las doce de la noche.
A las doce de la noche
suelta la luna sus redes
sobre las aguas.
No sé quién muere ahogado,
quién llama, no sé de dónde.
Quién conoce mi instrumento
y viene a ser construido.
Pues forcejean, gimiendo,
entre mis dedos sus vidas,
y escucho crujir las olas
que los reclaman.
Sólo la luna conoce
el destino de los muertos,
y a las doce de la noche
el mar, las aguas obscuras,
suben al altar del cielo
con sus ofrendas.
A las doce de la noche
no sé por qué tengo miedo.
A las doce de la noche.
Ante mí la mar inmensa,
el océano azul desplegado
como una llanura gemela del cielo,
el firmamento la alumbra de luz mineral,
las aves la cruzan batiendo sus remos,
precipitando su vuelo hacia rutas
que solo sus plumas conocen,
la noche no puede abarcar su camino mojado.
Seres de exigua estatura
trabajan sus vetas de harina salada,
débiles barcas que el bosque entregó, pereciendo,
recorren sus anchas espaldas undosas,
la mano del hambre
levantas sus labios y besa.
Hacia la orilla de piedra
forjada por siglos de asalto,
corre su ronco poder entonando amenazas.
Los seres terrestres la esuchan bramar
y arrodillan su miedo en la arena.
La espuma se eleva exhibiendo
la sal irredenta que asalta la altura,
y cae en derrota crujiendo de furia.
Así te contemplo, extendida sin fin
hacia el fin y el comienzo,
madre terrible de seres obscuros
que ondulan huyendo en los bajos abismos,
capitana de todos los viajes
cuyo destino la muerte intercepta,
matriz original de lo viviente.
Rugidos del mar
Conmovedor ha llegado el rugido del mar
a escarbar en la costa.
¿Qué buscan las olas gemelas
que tocan la arena y regresan?
¿Qué ha perdido el océano
aquí en esta playa tan sola?
¿Ha extraviado tal vez sus doncellas,
sirenas o ninfas que nunca volvieron al seno salado, su patria?
Aquí veo restos de viajes perdidos,
vetustas maderas que un día lucharon
y fueron vencidas.
¿Dónde están los náufragos, sus huesos rotos?
Descansan cautivos, quizás, en el fondo.
Esperan, tal vez, que regresen las hijas marinas.
Con el alba levantan los hombres sus redes.
Bullen en ellas racimos de peces fulgentes.
Sólo tesoro abismal, escamas doradas.
¿Dónde están los pescadores muertos?
Habitantes que el frío y el sol y la sal
trabajaron bruñendo la piel,
¿dónde descansan, por fin, vuestros huesos?
Océano, tus hijas huyeron de ti
hace miles de años.
Vinieron temblando de amor a dormir
en el lecho nupcial de los bosques.
Hallaréis redactadas aún en el limo
sus huellas febriles.
Huéspedes tuyos que ya no podrás alcanzar
cautivaron un día tus hijas doncellas.
Ya no podrás rescatar tu progenie
que urdió en el follaje otra raza.
Tal vez seamos parte de ti,
hijos del mar y la tierra
que acuden llorando a la orilla.
Los pescadores que yacen en ti para siempre
devuelven la cal de tus hijas perdidas.
Pero sigue bramando en la costa
tu voz dolorida,
segues llamando a las hijas ausentes
que unieron su cuerpo y su alma
a los hijos terrestres.
Y siguen en ti prisioneros
los pescadores muertos,
como rehenes de guerra que aguardan
también un regreso imposible.
Naufragio
A mi ventana los ruidos del mar
cuando el viento ha borrado la luz
y crepitan las altas estrellas.
La enramada del viejo eucaliptus
sacude el vacío, turbado tal vez
por un sueño que arranca las hojas.
De los náufragos llegan los gritos
y el mar desvirtúa el mensaje
tronando en espumas dispersas.
Asomado a su vasta llanura
escudriño el espacio leyendo penumbras
que caen del cielo y se ahogan.
Moriría entre ruidos mojados mi voz
si cantara queriendo ahuyentar
el pavor de sentirme tan solo…
En la noche naufrago y me hundo
cayendo hacia un sueño que el mar señorea
sin fin repitiendo sus olas.

