UNA MONEDITA, POR FAVOR

La tarde va cayendo lentamente, el sol se oculta temprano, es invierno, hace frío y Marina se arrebuja dentro de su tapado que cada día está más roto.

Su mano extendida pide una limosna en la calle y cuando la luz roja hace parar a los autos, camina entre ellos pidiendo:

La mayoría de los conductores cansados de tantos que vienen a pedir, hacen oídos sordos a esa jovencita que no tiene más de 15 años, con un desarrollo efímero y notorio de la mala alimentación.

Se acerca alguien que dice ser de Minoridad, quiere sacarla de la calle y llevarla a un Instituto,la joven se niega, se escuchan gritos y suplicas pero al final se la llevan.

Así varias veces en la ciudad de Buenos Aires sucede esta escena, lamentablemente los individuos no son de Minoridad, son sujetos siniestros que buscan a niñas para llevarlas Y hacerlas trabajar de prostitutas; como no hay familiares que las reclamen, nadie se ocupa de ellas.

Pero no todas las historias son iguales, esta fue diferente.

HISTORIA DE MARINA

Marina tenía 9 años cuando sus padres fallecieron en un accidente

Una buena vecina, Mercedes, quedó a cargo de la niña mientras ocultaba celosamente el secreto de su vieja amiga muerta. Marina era hija de Juana, su madre, pero no del marido.

Sucedió que cuando su esposo tuvo que irse por un trabajo al Chaco a recoger algodón, ella quedó varios meses sola, conoció a un joven, muy buen mozo a quien cautivó con sus encantos, porque era muy bonita y mantuvo relaciones durante dos meses con él, pero cuando se enteró que ella estaba embarazada, la dejó…

Cuando regresó su esposo, lo único que le quedó fue mentir y decirle tres semanas después que estaba embarazada. La niña por supuesto nació sietemesina; así le dijeron al marido.

Pasaron los años hasta el accidente y Mercedes decidió quedarse con Marina a quien siempre le gustaba ir a su casa. Pero ella era tan pobre que la mandó a pedir a las calles. Y así siguió la vida de Marina que cada día estaba más delgada pero manteniendo su linda carita.

El día que se llevaron a Marina y desapareció, no la volvió a ver más. La colocaron en un burdel en las afueras de Buenos Aires y desde un principio la trataron bien, le dieron de comer y la sacaron del estado de desnutrición en que estaba.

Ella ingenuamente en agradecimiento en tal buen trato aceptó trabajar sin que la obligaran a nada, pero sólo les pidió que les permitieran leer lo que ella quisiera en los momentos que estaba libre. Le encantaba leer, se comía los libros, todo le venía bien y Juan, el que la cuidaba, se los compraba porque cuando se acostaba con él se sentía tan feliz que le daba a Marina todo lo que ella pedía.

Con el tiempo fue visitada y muy requerida por muchos jóvenes ya que era muy bonita.

Un día Juan se la llevó a vivir a su departamento y le buscaba más que nada, jovencitos a los que ella iniciaba.

Cuando cumplió 20 años era una verdadera belleza y guardaba celosamente un pequeño secreto, había aprendido a cobrar extras sin que Juan supiera, por determinados servicios; ese dinero se lo guardaba para ella y en algún tiempo logró juntar bastante.

Un día desapareció del departamento. Juan estaba enamorado de ella y pensó que era correspondido, por eso le tenía confianza, no creyó que se iba a ir así. Pero Marina con lo que le paso no quería a nadie, sólo el recuerdo de Mercedes la ayudaba a seguir, era el único cariño real que recordaba.

– Vamos, mi linda Marina, levántate – le decía – y pide una monedita que a vos por tu linda carita te la dan.

Mercedes era buena con ella y la cuidó como una hija desde que murieron sus padres, pero el dinero no alcanzaba para que comieran bien las dos. Ahora quería volver al viejo barrio, a ver a Mercedes.

Con su dinero en el bolso y bien vestida, llegó hasta el viejo barrio. Notó que la gente la miraba, se preguntarían: ¿qué hace esta joven tan bella aquí?

Sin dudarlo llegó hasta la casa, palmeó con las manos ya que no había timbre y salió Mercedes a la que reconoció inmediatamente… se la quedó mirando.

La mujer tenía colgados unas lentes, se las puso para mirarla más nítidamente.

– No puede ser, – dijo titubeando. – ¡Marina! ¿Sos vos?

Y sobrevino el abrazo fuerte, no se soltaban, se besaban.

Mercedes lloraba, se había encariñado tanto con aquella adolescente que un día desapareció y que hoy, hecha una mujer la estaba abrazando.

Marina entró a la vieja casa que nunca olvidó, limpia, con pocos muebles, apenas los necesarios. Allí se sentaron y le contó su triste historia; hablaron por horas y a la noche la acomodó cerca de ella.

A la mañana siguiente siguieron hablando. Mercedes la miraba, le recogió el cabello tan rubio y ese rostro le trajo recuerdos.

– ¡Qué parecida sos a tu padre!

– ¡Vamos, Mercedes! ¿Parecida a mi padre? Él era feo y de piel oscura, yo me parezco a mi mamá.

– No, Marina, digo que sos parecida a tu verdadero padre.

– ¿Cómo? – interrogó asombrada.

Y la mujer le contó su verdadera historia y que su padre hoy día debería ser un empresario importante pués ya en aquellos años venía a buscar a su madre en un auto muy lindo, se notaba que era un joven que estaba en buena posición.

Asombrada Marina y ávida pedía que le contara todo sobre esa historia de su madre para ver que posibilidades tenía de encontrar a ese hombre, su padre.

Mercedes sólo dos cosas guardó: una foto de los dos juntos y el número de la chapa del auto. Era un Ford con patente 383443, tipo rural.

– Cuando ellos se iban, un día, anoté el número porque no sabía quien era ni sus intenciones, eso si, su nombre era Mario. Eso es todo lo que sé.

La joven miró la foto y notó que era muy parecido a ella, se emocionó.

– Con este número de patente podemos encontrar el nombre de su dueño 22 años atrás, dijo Marina que de tanto leer había aprendido mucho.

– En los registros queda todo, tiene que estar el nombre en algún documento aunque lo hayan vendido varias veces.

Entonces contrató a un abogado para que rastreara el dato y pronto encontró el nombre: se llamaba Mario Luis Altamirano

y comenzó la búsqueda con los datos que Mercedes le había proporcionado. Había muchos pero no claudicó, con cierta picardía recorrió los barrios ricos donde vivían algunos y encontró dos que reunían los datos buscados; uno tenía una empresa, el otro era médico.

Primero visitó al empresario pero tenía dos hijas y un hijo que por la edad no podía ser su padre. Luego visitó al médico. Apenas entró le agradó la sonrisa del hombre pero aparentaba tener más de 65 años.

El hombre la miró fijamente, le retuvo la mano sin poder quitarle la vista de encima.

¿Qué tenía esa paciente que le recordaba a su hijo cuando era joven? Los ojos celestes, el cabello rubio, el óvalo de la cara y dos hoyuelos en las mejillas.

– Perdone, doctor – lo encaró ella directamente.- ¿Usted tiene un hijo de unos 45 años llamado Mario?

– Si, tiene 47. ¿Por qué me pregunta?

Ella quedó pasmada mirándolo, ese hombre que estaba allí era su abuelo, no tenía la menor duda. El médico no entendía pero una leve sospecha rondaba su cabeza; una vez, hacía diez años, recordó de pronto, su hijo le contó que había dejado embarazada a una joven en el viejo barrio y que nunca volvió a buscarla.

El doctor Altamirano se acercó a ella que había comenzado a llorar y se abrazaron como si se hubieran conocido de toda la vida.

– ¡Abuelo! ¡Abuelo! – decía ella sollozando mientras se acurrucaba en brazos de ese hombre que hasta una hora atrás nunca había visto.

Al tranquilizarse se sentaron uno junto al otro tomados de la mano.

– Sabía – comenzó a decir él, – que en algún lugar había alguien de mi sangre que andaba por este mundo. Cuantas veces pensé si no tendría frío, hambre o si ya no existiera más. Esto para mí es una bendición de Dios.

Estuvieron largo rato conversando hasta que de pronto Marina inclinó la cabeza y se desmayó, él intentó reanimarla pero al no poder lograrlo llamó a una ambulancia. Con un nudo en la garganta fue con ella al sanatorio mientras el ulular de la sirena se abría paso por las calles. Cuando llegaron a la Clínica de la cual el doctor Altamirano formaba parte, la llevaron a la sala de emergencia donde la reanimaron. Él ordenó internarla y realizarle una serie de estudios inmediatamente.

Cuando Marina pudo hablar le dio a su abuelo la dirección de Mercedes para quele avisara donde estaba e inmediatamente él envió un taxi a buscarla pero no se movió de su lado hasta que llegaron los primeros resultados de los estudios, los cuales no eran muy alentadores y decidió que su nieta se quedara en la clínica hasta el día siguiente para verificarlos.

Pronto llegó Mercedes que corrió hasta donde le indicaron que la joven estaba y se encontró con el doctor Altamirano; no había mucho que decir, la imaginación hizo todo lo necesario, al ver al médico se dio cuenta que ese hombre era el abuelo.

Los análisis confirmaron sus sospechas, Marina tenía leucemia. ¿Cómo decírselo a esa nieta que ya quería tanto? ¡Era tan cruel esa realidad! Gracias a Dios el grado no era severo, se podía hacer un transplante de médula y era posible salvarla. Pero otras dudas surgían en la mente del hombre: ¿cómo enfrentar a su hijo, a su nuera y a sus otros nietos? ¿Cómo contar la aparición de esta nieta, hija, hermana? No era fácil.

Dejó pasar 48 horas manteniendo a Marina internada y cuidada por Mercedes, luego se acercó a la pieza y le dijo en tono muy lento:

– Ante todo quiero que sepas que te voy a curar, tu problema es serio, tenés leucemia, pero gracias a Dios se puede tratar y yo lo haré.

La joven comenzó a llorar, últimamente lo hacía por cualquier cosa.

– Todo en mi vida fue tan difícil y ahora esto…

– Todos te ayudaremos – aseguró él abrazándola e intentando calmarla. – Esta noche iré a hablar con tu padre, todavía no sabe de tu existencia.

– Mira, abuelo, decirle las dos cosas juntas será terrible para él y su familia. ¿Si lo dejamos entre nosotros dos?

– ¡Qué nobleza tenés, hija mía! – contestó él mirándola emocionado. – Has sufrido mucho en tu vida, es hora de que se preocupen por ti. Dejalo de mi cuenta, ya veré como encaro el tema con tu padre. – la besó en la frente y salió.

Fue a su consultorio y desde allí con varias llamadas organizó el equipo médico para realizar el transplante de médula que según creía salvaría a su nieta; al menos lo intentaría. Luego comenzó a pensar que estaba solo, su esposa había fallecido hacía dos años, nada mejor que llevar a Marina a vivir con él, así no sería tan agresiva la situación en casa de su hijo. Más tranquilo, habiendo arreglado todo para
que pronto se realizara la operación, se cambió de ropas y salió.

– Papá, ¡qué alegría – le dijo con voz jovial Mario cuando lo vio en la puerta. – Llegaste justo para la cena.

– Vine especialmente a esta hora para hablar con toda la familia, previa conversación con vos.

Mario se sobresaltó, su padre estaba muy serio. Se dirigieron los dos al escritorio.

– Mario – le dijo, – hace diez años me contaste una historia, que habías embarazado a una mujer y que luego no supiste nada de ella.

– Si, papá, pero sucedió hace 22 años. ¿Quién puede saber qué pasó?

– Yo – le dijo en voz baja.

– ¿Qué? ¿De qué estás hablando, papá?

– Te lo diré de golpe, tienes una hermosa hija de 21 años llamada Marina idéntica a vos. Me buscó en el consultorio pensando que yo era su padre.

Mario quedó con la boca abierta, no podía creer todo lo que su padre le estaba contando; luego llegó la triste verdad de que estaba enferma.

-¿Papá, estás seguro?

– Sólo cuando la veas te darás cuenta. Además no hay tiempo que perder, en 72 horas la operamos y quiero que hoy mismo toda la familia sepa de su existencia.

No sé si la podré salvar pero al menos que tenga el cariño de su sangre. Tu familia es buena gente, entenderán, estoy seguro y tu esposa es maravillosa, nadie se negará a conocerla y estar cerca de ella. También tendré que sacarles a ti y a tus hijos, si no te opones, sangre porque pueden ser posibles donantes.

Mario era un hombre bueno, amaba a su familia y lo que su padre le contó logró desestabilizarlo pero no se amilanó al ver la posición que él había tomado.

– Gracias por tu apoyo, papá, – le dijo abrazándolo, – Marina debe ser divina si vos lo decís. Si todo va bien mañana iremos todos a conocerla y apoyarla.

Se sentaron a la mesa y sin preámbulos el abuelo les contó la historia de Marina y lo que esperaba de la familia. Gracias a Dios lo que él pensaba sucedió; al principio su nuera y sus nietos quedaron sorprendidos pero el hecho de la enfermedad de la joven los conmovió a todos. Los hijos de Mario tenían 18, 17 y 15 años, ya eran grandes y formaban una familia de noble corazón.

Se fueron a dormir cada uno con su pensamiento; Mario quería ya ver a esa hija, su esposa pensaba en la enfermedad de la jovencita y que tenía que aceptarla como hermana de sus hijos y cada uno de los hijos imaginaban a esa hermana mayor que de pronto apareció en sus vidas.

A la mañana siguiente todo el mundo se levantó temprano, no hubo asistencia ni al colegio ni a la facultad, Mario no fue a su trabajo y todos se vistieron en medio de un silencio cómplice: querían conocer a Marina.

El doctor Altamirano se adelantó para contarle a la joven todo lo sucedido, también adelantarle que vendrían a verla.

Su nieta nuevamente lloró, su sensibilidad era extrema. ¡Qué vuelco había dado su vida desde que se fue de aquel departamento donde ejercía la prostitución! Pero eso no se los contaría, se lo guardaría para sí, se moriría si ellos supieran lo que fue su existencia

Sentada en su cama Mercedes la peinó y maquilló, mientras su abuelo, a su lado, le tomaba la mano. ¡Estaba hermosa!

Llamaron a la puerta.

– Pasen – dijo ella timidamente y los tres hermanos entraron juntos, casi pegados uno al lado del otro, atrás Mario y luego su mujer. Todas las miradas se centraron en ella.

El hombre se vio reflejado en esos hermosos ojos celestes y en los hoyuelos, rasgo familiar, corrió hacia ella abrazándola mientras la joven lloraba muy emocionada. Ese abrazo fue interrumpido cuando los hermanos dijeron a coro:

– Papá, nosotros también queremos abrazarla.

Quedaron los cinco juntos abrazados y el abuelo mirando la escena con una tierna sonrisa que le iluminaba el rostro. Después de tranquilizarse comenzaron a hablar como si se hubieran conocido de toda la vida.

– Soy la esposa de tu padre – dijo la mujer de Mario besándola con expresión de cariño, – y eres bienvenida a nuestra familia.

Todos hablaban rápido y nerviosos, Mario no dejaba de observarla.

– Todo salió bien – dijo el anciano para sí distendido y alegre

Ahora faltaba la parte más triste, la operación y sus resultados. Setenta y dos horas después Marina entraba en el quirófano para el transplante de médula a lo que siguió horas de espera interminables.

– Salió todo bien, espero que los resultados sean positivos – les informó el abuelo con tono y expresión serena terminada la operación.

Durante la internación se fueron turnando para cuidarla; Mercedes siempre estaba allí por las noches y cuando fue posible la llevaban a pasear por los corredores en silla de ruedas, cada hermano se repartían las horas para tirar de la silla.

Cuando le dieron el alta con un muy buen pronóstico, el doctor Altamirano la llevó a su casa. Él quería cuidarla y que todos vinieran a visitarla. Pasaron unos meses y la joven se recuperó totalmente pero había algo que tenía que hacer, contarle al abuelo que había sido prostituta, pero tenía vergüenza, no podía, no sabía por primera vez en su vida como hablar, como contarle ese pasaje de su vida a la cual fue obligada a los 16 años.

– Abuelo – le dijo cuando se animó – tengo que contarte algo muy grave de mi vida.

El hombre ya sabía toda la verdad, Mercedes le había contado todas la penurias que su nieta había pasado.

– Si me vas a contar que te prostituiste – la interrumpió él, – no me interesa, apareciste en mi vida como una luz para mi vejez y todo lo que pasó anteriormente al día que entraste en mi consultorio a mí ni a tu padre ni a tus hermanos nos interesa. Marina nació hace dos meses y esa es la Marina que adoramos hoy. Olvida todo el resto. Nosotros te ayudaremos a borrar tanto sufrimiento. Te amamos, Marina, porque eres buena, noble y de nuestra sangre. Que Dios me dé muchos años para compartir esa vida.

La joven abrazada a su abuelo lloraba de felicidad esta vez y Mercedes, parada en la puerta la miraba tiernamente.

Y allí vivieron los tres; la mujer que la había criado fue una ama de llaves perfecta, se adaptó a vivir en ese suntuoso lugar, bien vestida y hasta aprendió a leer y a escribir.

Papá Mario entendió que lo mejor para todos era que su hija viviera con el médico. Han pasado varios años y aquellas palabras “una monedita, por favor” suenan tan lejanas, casi olvidadas. Los Altamirano forman una hermosa familia y ella, la joven más feliz del mundo rodeada de afecto.

Una triste historia, pero gracias a la valentía de Marina se pudo torcer el destino.