Uno de los elementos comunes que encuentro en la escritura, se trate de poesía o de prosa, es el ritmo. (Ritmo: Del lat. rhythmus, y este del gr. ῥυθμός, de ῥεῖν, fluir). 1. m. Orden acompasado en la sucesión o acaecimiento de las cosas. 2. m. Grata y armoniosa combinación y sucesión de voces y cláusulas y de pausas y cortes en el lenguaje poético y prosaico. 3. m. Metro o verso. Mudar de ritmo. 4. m. Mús. Proporción guardada entre el tiempo de un movimiento y el de otro diferente.)
Digo “ritmo” y no cadencia, como corresponde al lenguaje escrito, porque considero la primera palabra más idónea respecto a la musicalidad literaria, implícita o explícita según se refiera a uno u otro género, como asimismo a las preferencias del escritor o escritora en cada momento de su creación. En poesía, la cadencia exige del autor/a mayor esfuerzo: sonoridad de la palabra, ajustada distribución de los acentos y eliminación, si procede, de ciertas sinalefas que en la prosa, por lo regular, no se les da crédito. Sin embargo también en la narración, con independencia del fondo temático (como sucede con todas las bellas artes), los gratos sonidos cuentan: vibraciones pictóricas relacionadas con la policromía del lienzo o de la escultura; en la danza, coloratura virtuosista del movimiento; en el canto, exacta tonalidad. Estas convergencias, asociadas a la matemática del arte, son imprescindibles para lograr una obra, no digo maestra sino digna. No obstante, dependiendo de cuál sea la intención del autor/a, la música debe ser equilibrada para no caer en la afectación o el empalago. También debe tenerse en cuenta el entorpecimiento causado por el efecto melódico en cuanto a la atención del fondo artístico se refiere. La excesiva sonoridad puede dificultar el entendimiento de un poema o de un relato, puesto que la esencia de la creación queda desequilibrada a favor de la música. Por el contrario, una labor literaria pobre de ritmo produce malas sensaciones y desincentiva la lectura. (Cadencia: Del it. cadenza. 1. f. Repetición de fenómenos que se suceden regularmente. 2. f. Serie de sonidos o movimientos que se suceden de un modo regular o medido. 3. f. Proporcionada y grata distribución o combinación de los acentos y de los cortes o pausas, en la prosa o en el verso. 4. f. Efecto de tener un verso la acentuación que le corresponde para constar o para no ser duro o defectuoso.)
En mi opinión, el sentimiento -fundamental en cualquier arte-, en este caso referido a la poesía, si queda aislado de la cadencia pierde a su mejor amiga. Al respecto, se habla demasiado sobre el asunto sin que se profundice en el mismo. Sentimiento, sí, pero sentimiento artístico. ¿A quiénes seduce la música ratonera y, en paralelo, la poesía sentimentaloide? No a los melómanos/as ni a los eruditos/as en literatura. Teniendo en cuenta que cualquier ser humano está dotado, por esencia, de las cualidades necesarias para apreciar la belleza en mayor o menor grado, lo que falla es el desarrollo de sus potencialidades. A mayor preparación, más posibilidades de percibir la hermosura en general. Sucede, sin embargo, que muchos pretendidos/as artistas prefieren prescindir del esfuerzo requerido para transmitir lo más fielmente posible sus emociones y sentimientos; porque en arte, se quiera o no, lo difícil es reflejar con aproximada fidelidad lo que en realidad se siente. Para obtener buenos frutos, tanto en poesía como en prosa, la palabra es fundamental. Entre los distintos términos capaces de explicar un pensamiento, existen diferentes fonemas. ¿Cuál elegir? He ahí el problema. Dificultad ésta que se resuelve trabajando: aplicación de las reglas literarias -no en vano estudiadas en profundidad con fines artísticos-, conocimientos indispensables sobre gramática, repetidas consultas al diccionario, y a esperar entonces los dictados de la Musa. Todo lo demás nos llega en el momento menos previsible. El estado propicio a la creación artística (inspiración) no tiene nada que ver con la ciencia infusa, sino con el entusiasmo que despierta el esfuerzo. ¿Cuántas veces, por no echar mano del diccionario, nos hemos quedado atascados en una palabra? “Yo no quiero el diccionario”, me responden algunos poetas de ambos sexos cuando les recomiendo las necesarias consultas; “lo que me interesa es la frescura del sentimiento y emplear un lenguaje que todo el mundo entienda”. Esta contestación me parecería adecuada si el autor o autora tuviese un amplio conocimiento del idioma. Aun así, ¿qué escritor o escritora de prestigio deja de lado el diccionario? Por poner sólo un ejemplo del valor de la cadencia y del exceso musical, analicemos juntos/as estos versos improvisados:
Yo la quise no sé cuánto,
mas su amor de compromiso
hizo mella en mi entusiasmo
y me dejó por fin tirado.
En relación con la cadencia, los tres primeros versos guardan el ritmo del poema. Se trata, como vemos, de octosílabos. En cambio el cuarto verso es eneasílabo y, por tanto, rompe la cadencia; es como si se notase un tropezón. Por el contrario, si modificamos el último verso y eliminamos las asonancias, el poema, con independencia del fondo –en el que no entramos por tratarse de un trabajo ocasional-, como veremos a continuación, ganará en fluidez y musicalidad. Analicemos:
Yo la quise no sé cuánto,
mas su amor de compromiso,
al desterrar mi entusiasmo
me sumerge en el olvido.
En cuanto a la musicalidad, teníamos un exceso perfectamente evitable. Las palabras “hizo” y “compromiso” asonaban lamentablemente por ser fonemas casi idénticos y consecutivos, como igualmente –por no buscar otras posibles asonancias- las agudas “amor” y “dejó”, separadas solamente por dos versos. Si en una cuarteta cometemos semejantes errores, ¿cómo podrá quedar el poema una vez concluido? Mas, si el resto de la creación quedase técnicamente perfecto y dejásemos sin pulir el citado párrafo, ¿no desmerecería el poema?
Estudiando algunas obras de Balbín -con la ayuda de mis maestros/as de Metáfora- en relación con este trabajo, reproduzco un párrafo que puede interesarnos: La lengua constituye una cadena fónica, sucesión de unidades sonoras, en que fonemas, sílabas, vocablos y frases se eslabonan entre sí. Estos eslabones –unidades fónicas- están integrados por los siguientes elementos: tono, timbre, intensidad y cantidad que se combinan.
La cantidad hace referencia al número de sílabas –incluidas las sinalefas- que componen cada verso, pudiendo ser cuantitativamente iguales, desiguales o proporcionales. En un soneto, por ejemplo, usualmente endecasílabo, sus 14 versos tienen la misma longitud: 11 silabas. En cambio, existen poemas cuyas diferentes estructuras permiten una combinación métrica irregular, como también proporcional en relación al número de versos empleados en cada creación En cuanto al tono, afirma Balbín, el grupo rítmico-semántico del castellano tiene una longitud media de ocho unidades métricas; en el tono se estudia la simetría o asimetría de las cumbres tonales de las frases o versos.
Dicho filólogo pone el siguiente ejemplo: “Recuerde el alma dormida”, refiriéndose a la cumbre tonal, de unidad métrica 7, en la que apreciamos la última acentuación en el grupo melódico. Respecto al timbre, el conjunto de vocales y consonantes organizadas en el texto o en el poema, en ocasiones, si no se tiene cuidado en la redacción, puede causar reiteraciones rítmicas y relaciones aliterativas. Las reiteraciones de timbre las denominamos rima, que impiden una disposición anormal y asistemática de los sonidos. Finalmente la intensidad, referida a los acentos prosódicos que se deben colocar de manera armoniosa, destacando la periodicidad rítmica acentuada-inacentuada.
Se trata, como podremos apreciar, sólo de pinceladas en relación con el estudio del valor rítmico de la escritura, ampliables al ritmo del tono: formas de pausa rítmica, hemistiquios simétricos o asimétricos, encabalgamiento, como asimismo a otras variantes cuya investigación a fondo requiere un tratamiento exhaustivo. En este limitado trabajo he querido destacar la importancia del valor rítmico de la escritura, en muchísimas ocasiones desdeñado por poetas y escritores/as incapaces, por comodidad o desidia, de elevar la escritura al rango que merece.
Todo arte requiere esfuerzo. El sentimiento, para traducirlo con palabras, necesita el apoyo indispensable de la mente. El corazón solo no es capaz de transmitir emociones a quienes nos leen.
César Rubio (Augustus)
Bibliografía:
de Balbín, Rafael (edición 1975) Sistema de rítmica castellana. Madrid. Ed. Gredos.
DRAE
MARÍA MOLINER.

