El verano había llegado. Era tiempo de vacaciones. Tenían que preparar los bolsos. Otra vez, como siempre, se habían instalado en el chalé de la Barra del Chuy.
Ávidos de noticias buscaban noticieros venezolanos, mucho más jugosos que los que se ven en Montevideo.
Sus compatriotas en el exterior la pasaban mal. El paro llevaba varios días y ya no tenían combustible ni para cocinar.
Los abuelos salían y entraban constantemente, como si estuvieran más cómodos en sus habitaciones.
-¿Y?, ¿qué se sabe de los muchachos?
-¿Se vienen, o van a seguir sin comer?
Al Tata las noticias le llegaban por el estómago.
– Ese los quiere liquidar. Se juntó con el otro de la isla y ahora son iguales. Pero los venezolanos, no se van a ir a nado.
Él era de otro siglo, de otra época. Sus ochenta y seis años no le permitían entender nada, que no saliera de aquel tiempo de su juventud.
Las abuelas se mantenían al margen de la política exterior.
Al sintonizar el canal de televisión satelital venezolano, Chuchú, la más joven, enseguida supo que lo clausurarían. Unos días después, la televisión española informaba que en Venezuela se había levantado el paro general y que solo continuaba el de las cadenas televisivas.
A partir de aquel momento, los veraneantes dirigieron su atención a otros noticieros latinoamericanos. En especial, el boliviano.
Los campesinos bloqueaban las carreteras y avenidas principales de la ciudad de La Paz.
Los maestros se ataban a las rejas del Ministerio de Educación Cultura y Deporte y en demostración de huelga de hambre, otros se encerraban en cubículos herméticos de material, que construían a su alrededor.
Los bolivianos habían logrado borrar más de cuatrocientos años de yugo. Ahora, con una mayoría muy importante de indígenas en el parlamento, no le temían a nada.
“-Jefecito, toda la cosecha se arruinará. Mis papas y mi maiz ya no podrá comerse. Recorrí muchas leguas para llegar hasta aquí y aún me falta negociar en el mercado, antes del regreso.
-Atravesé el llano blanquito de la montaña, donde solo las llamas caminan.
-Subí y bajé montaña helada después de cruzar planicie muy seca, donde no hay gota de agua, ni chicha pa’ comer. Pa’ que usted me diga: ‘_¡Son órdenes del Levo! La carretera está bloqueada por tiempo indeterminado.`
-¿El Levo no tiene hijos? No recuerda a su mama cortando leña en la selva cochabambina, pa’ llevarla al pobladito.
-¿Comía acaso, todos los días? Ahora que llegó a los bancos altos y se rodea con los cuello largo, se olvida que los indios del campo también comen.
-¿Qué pide en su lucha? Si su lucha, no es por nosotros, que no ande con disfraz.”
Todos habían quedado en silencio, ni respiraban… La pantalla de la televisión acaparaba todos sus sentidos.
“-Allá, en el llano del Alto dejé llorando a mi cría. ¡Lloraba de hambre! Ni leche pa’ endulzarle la panza tuve. Quedó guacho, barrigudo, de ojos saltones y patas flacas. Del otro, allá en la choza de Tiahuanaco, del otro ni hablar… Quedó sequito en mis brazos, con los ojos duros pa’ rriba.”
…

