EL CONSENTIDOR

Con las ventanas abiertas en las madrugadas de verano se oye un gemido de dolor, unos jadeos de placer, la sirena de una alarma que se dispara, el ladrido de un perro callejero, los maullidos de rabia de unos gatos peleando. Se sueña. Sueñas con un viaje en un autobús, llegas a un pueblo con parada prolongada y el aviso del guía del viaje de que hay tiempo para darse un paseo. La compañera de asiento, una mujer madura, te propone dar juntos ese paseo, ya que sois dos viajeros solitarios. Aceptas. Entráis en un barrio sucio, en semirruinas. Ella intenta darte un beso en los labios y tú te echas atrás, le dices que estás casado. Ella replica que eres un consentidor. Le dices que no eres un consentidor porque la has rechazado. Ella insiste en que eres un consentidor y se marcha sola.

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