José Puente Leiño sitúa en el centro de San Simón. La isla de los muertos que respiran una cuestión que atraviesa la historia de su maestro represaliado: qué ocurre cuando enseñar a pensar se convierte en una amenaza para el poder. A través de la Galicia rural, desde las expectativas de la Segunda República hasta la guerra y la posguerra, la novela aborda la destrucción de una esperanza colectiva y el miedo que ocupó su lugar.
Publicidad · Enlace de afiliación
Ese recorrido resulta fundamental para entender la propuesta del libro. Puente Leiño quiere acercarnos a las personas que vivieron aquella transformación: quienes pudieron imaginar un futuro distinto y después tuvieron que aprender a medir sus palabras. La libertad adquiere así un significado cotidiano, ligado a la posibilidad de enseñar, expresar una opinión y decidir sin temor a las consecuencias.
«Non enterran cadáveres, enterran sementes».
Frase de Alexandre Bóveda recogida al comienzo de la novela
La cita elegida para abrir esta edición contiene buena parte de su sentido. Los vencedores podían eliminar una vida, pero no controlar por completo lo que esa persona había enseñado ni impedir que sus ideas reaparecieran en otras generaciones. La semilla de la que habla Bóveda está presente en el maestro protagonista y en su defensa del conocimiento.
Un maestro frente a un poder que exige obediencia
La elección de un maestro como protagonista concentra el mensaje principal de la novela. Su oficio representa la confianza en el saber y en la capacidad de las personas para construir un criterio propio. En torno a esa figura, Puente Leiño plantea el conflicto entre una educación que enseña a preguntar y un poder que necesita imponer sus respuestas.
La persecución del maestro permite comprender que la represión también se dirigía contra lo que podía llegar a existir: alumnos capaces de cuestionar una injusticia, ciudadanos menos dependientes de la autoridad y una comunidad con herramientas para discutir las ideas que le imponían.
Desde esa perspectiva, San Simón se convierte en una oda a la libertad de conciencia. El autor vincula el valor del saber con la dignidad personal. Aprender amplía nuestra capacidad de elegir; perseguir a quien enseña sirve también para reducir las posibilidades de elección de los demás.
La posguerra entra en las casas
El paso de la República a la guerra y la posguerra da a la novela su dimensión histórica y humana. Puente Leiño muestra la distancia entre la esperanza de cambiar las cosas y la necesidad posterior de sobrevivir bajo el orden impuesto por los vencedores. En la Galicia rural, esa ruptura resulta especialmente cercana: la violencia política sucede entre personas que se conocen y que deberán seguir compartiendo caminos, trabajos y espacios cotidianos.
La novela presta atención a las consecuencias prolongadas de la represión. El miedo no necesita manifestarse cada día para gobernar una comunidad. Quien conoce el castigo aprende a anticiparlo, a medir cada palabra y a proteger a los suyos. Callar puede convertirse en una estrategia de supervivencia.
Puente Leiño consigue trasladar así una posguerra que continúa mucho después de los fusilamientos y las detenciones. Permanece en las conversaciones interrumpidas, en las sospechas y en el temor a que cualquier gesto sea interpretado como una muestra de rebeldía.
«Adiós, adiós, que me vou, herbiñas do camposanto».
Rosalía de Castro, citada en las páginas iniciales
Los versos de Rosalía introducen una forma íntima de pérdida. La tierra deja de ser un escenario y se convierte en aquello que guarda a los padres, los recuerdos y la vida anterior a la ruptura. En pocas palabras, el libro nos sitúa dentro de una Galicia donde marcharse también significa dejar atrás una parte de uno mismo.
El poder de los vencedores
Uno de los mayores logros de la novela está en mostrar que la victoria militar no concluyó con la guerra. Los vencedores emplearon su posición para decidir quién podía enseñar, hablar, trabajar o conservar una reputación. El poder alcanzaba la economía de las familias, las relaciones entre vecinos y la interpretación pública del pasado.
Puente Leiño quiere que entendamos cómo se construye un pueblo sumiso. La violencia visible ocupa una parte de ese proceso; la dependencia y el miedo completan el trabajo. Cuando una opinión puede costar el sustento o la seguridad de una familia, pensar libremente exige un valor difícil de juzgar desde el presente.
La novela tampoco presenta la obediencia como una aceptación sincera. Muchos personajes de aquel mundo debieron aprender a ocultar lo que pensaban. Esa diferencia entre lo que se dice y lo que se conserva interiormente ayuda a entender el título: los muertos continúan respirando en la memoria de quienes no han olvidado.
La Iglesia, la culpa y el control de las conciencias
Dentro de ese ambiente, la Iglesia y el clero ejercen un fuerte peso social. Puente Leiño incorpora su influencia para mostrar cómo la autoridad religiosa podía reforzar el orden de los vencedores, inculcar miedo y presentar la obediencia política como una obligación moral.
La novela dirige su crítica hacia quienes utilizaron la religión para justificar el castigo y vigilar las conciencias. En una comunidad rural profundamente creyente, la censura del sacerdote podía afectar a la posición social de una familia y a la manera en que sus miembros se juzgaban a sí mismos.
El maestro representa el conflicto con ese modelo de autoridad. Enseñar a razonar abre la posibilidad de revisar aquello que se presenta como indiscutible. Por eso la batalla por la educación es también una batalla por la conciencia: quien controla lo que puede aprenderse intenta controlar lo que puede pensarse.
El gallego como voz de la Galicia rural
La presencia del gallego contribuye de manera decisiva a introducir al lector en el ambiente de la novela. Puente Leiño sitúa su historia dentro de una cultura reconocible, y las referencias a Rosalía de Castro, Curros Enríquez, Castelao y Ramón Cabanillas expresan esa pertenencia desde las primeras páginas.
El gallego acerca los afectos, la memoria y la relación con la tierra. Su cadencia permite escuchar las voces de esa Galicia rural con mayor proximidad. No aparece como un simple elemento decorativo: forma parte del mundo que los personajes habitan y de la identidad que la represión pretende someter.
La lengua conserva formas particulares de hablar de los padres, los muertos, la tierra y la ausencia. Gracias a ella, el lector entra en una realidad que no se percibe únicamente a través de los hechos históricos. La entiende por medio de las palabras que sus habitantes empleaban para querer, despedirse y recordar.
Una escritura al servicio de la memoria
Puente Leiño emplea una escritura solemne cuando la memoria histórica ocupa el primer plano, pero acerca esa historia a sus consecuencias humanas. El homenaje a Alexandre Bóveda sitúa la obra dentro del recuerdo de una generación a la que se intentó privar de voz y de futuro.
El autor encuentra especial fuerza cuando apoya su propósito en imágenes concretas y en palabras que relacionan la pérdida individual con el daño colectivo. Los versos gallegos cumplen esa función: introducen la emoción, sitúan culturalmente la historia y dejan espacio para que el lector reconozca sus propios vínculos con la familia y la tierra.
El título, La isla de los muertos que respiran, condensa la intención del libro. Las vidas perseguidas continúan presentes en lo que otros recuerdan, aprenden y defienden. Desde la historia de su maestro, Puente Leiño muestra que una enseñanza puede sobrevivir incluso cuando el poder intenta borrar a quien la transmitió.
La edición de San Simón. La isla de los muertos que respiran puede consultarse en Amazon España.
Publicidad · Enlace de afiliación
¿Sabemos reconocer el valor de pensar libremente antes de que alguien intente arrebatárnoslo?

