TIEMPOS DE LLUVIA

La salamandra encendida acompaña a las dos ancianas. Lumbre y calor a cambio de recuerdos. Siempre sentadas cerca de la ventana del living, miran hacia la calle. Afuera es un diluvio que moja los pensamientos dormidos.

_Teodora, ¿te acordás de aquel día?

_¡Emilia!, ¡Emilia!, otra vez vas a empezar.

_Es lindo recordar, a fin de cuentas, ¡estamos vivas!
_Dejá esos años atrás.

_¿Por qué?, si el lugar es precioso. El agua baña las piedras y luego sigue su curso lento, brilloso. En días soleados es lindo tenderse a la orilla del Santa Lucía y desde allí observar el puente San Ramón, fiel testigo de todo lo que a través de él acontece.

_Así es, ¡eso pasó hace tanto tiempo! -exclama Teodora.

_El lugar es ideal para un día de campo. ¡Hay variedad de aves!

_¡Sí!, especies foráneas que migran desde el norte y comparten el hábitat con algún hornero, tordo o gorrión.

_Todo lo que quieras, pero ya son parte de nuestros bosques. Además, no es tan así, hay muchas más especies autóctonas.

Emilia justificaba todos sus argumentos, nunca permitía que su hermana echara por tierra sus ideas.

_¡Nuestros bosques! -continuó Teodora. Ahora, casi no existen los montes en galería, ni los lobos de río que poblaban la selva fluvial.

_Bueno, bueno, te has ido por las ramas, porque la gran vegetación ribereña la modificó el hombre con la explotación de la leña y la ganadería. No fueron las inundaciones las que cambiaron el paisaje.

_No importa, quiero decir que ya no es lo mismo, después de los tiempos de lluvia…

_En cierta forma tenés razón. Pero ya no se repiten los desastres naturales de aquellos años. Además, ¡no te podés quejar!, tuviste un hito triunfal. Bichera perdida como sos, aquella oportunidad fue fantástica. ¿Cuándo te ibas a imaginar que dormirías toda una noche con tantas víboras?
_No seas tonta. Pasamos la noche en el único árbol que encontramos a mano y los reptiles hicieron otro tanto. De haber sabido…
_De haber sabido ¡nada! -Teodora, la vida es lo primero. Daba lo mismo que te enteraras al amanecer, -como lo supimos, o en la noche.
_¡Qué fin de semana largo!

Llueve torrencialmente en la ciudad. El centro está desierto, apenas lo atraviesan, corriendo, algunos transeúntes. El agua puebla las mentes de ambas noventonas y las hace divagar. Una, jocosa y delirante, la otra apenas triste y sensata recuerdan las vicisitudes que transitaron.
Aquel día había llovido mucho, más de veinticuatro horas. Era un diluvio. El río Santa Lucía había elevado sus aguas más allá de lo previsible. El arrastre que venía desde las serranías de Lavalleja y el desborde de los arroyos, anegaban las tierras aledañas. Las centrales hidroeléctricas no dieron abasto y varias poblaciones de los alrededores quedaron sin energía eléctrica.

_Pensar que nos fuimos de bagayeras al Brasil.

_¡Emilia!, fueron compritas… y la visita a la ciudad de Rivera.

_¿Cuántos pasajeros eran?

_Cuarenta y tres en total, de los cuales veintidós trabajaban en aquella renombrada tienda, Aliverti, todas compañeras de nuestra tía.

_Te acordás del galgo, tampoco existe, desapareció como todas las cosas que marcaron historia en nuestro país.

_El Centella tenía el número doscientos dieciseis, era un buen coche -agregó Teodora.

_Nunca imaginé que ese lunes terminaría así. Nosotros abordo cantando y jugando al veo-veo con los niños, mientras afuera la lluvia, el viento y el frío nublaban la vista del conductor del ómnibus.

_¡Pobre hombre! El coche que iba delante, logró cruzar el puente y al llegar, él también trató de pasar, sin saber que la entrada estaba cerrada con una cadena.

_No me lo recuerdes -Teodora. Todos estábamos en la luna de Valencia, mientras la correntada empujaba el ómnibus hacia un costado y dejaba una de las ruedas rígidas y en el aire.

_Son experiencias ricas Emilia, vale la pena haberlas vivido.

_¿Vos crees?, vos crees que sea necesario pasar por semejante siniestro. ¡Acordate!, en ese entonces Uruguay no tenía ni un helicóptero. El único y primero en el país recién lo estaban armando y tuvieron que terminarlo de apuro, porque solamente podían ayudarnos por agua o por aire.

Corría el gobierno del presidente Batlle Berres y surgía un caudillo rural, Benito Nardone. Montevideo ya contaba con cien salas de cine.
En el interior del país, el puente San Ramón había desaparecido totalmente bajo las aguas y después de atravesar dos cuadras por carretera inundada, un chófer no había podía retroceder. La corriente era cada vez más intensa. Ese dieciocho de julio de mil novecientos cincuenta y cinco, un ómnibus de excursión era arrastrado por la fuerte corriente del río Santa Lucía. Desafiar ese caudal poderoso e infernal en medio de la noche, era toda una hazaña para el pequeño bote con que contaba el Cuerpo de Bomberos de Canelones.

_Emilia, ¿supiste algo más del bombero y el sargento?

_No, pero si viven, aún deben guardar los relojes de oro que les regalamos.

El día anterior a la tragedia, Peñarol goleaba a Nacional por cuatro tantos a uno, en un estadio Centenario con cincuenta mil espectadores. La algarabía desbordaba en los pechos aurinegros.

_¡Qué increíble!, tardaron más de dos horas en llegar con el bote, después que les avisaron.

_¡Hicieron lo que pudieron! -dijo Teodora. El conductor se guiaba solo por los trazos blancos del bitumen y no tenían como saber si iban derecho o torcido.

La cachila del destacamento de bomberos, un viejo camión sin puertas y sin luz, tenía el tanque vacío y además no había dinero para ponerle nafta. Al hecho se añádía el corte de energía eléctrica. Pero la solidaridad hizo eco en el despachante de ANCAP y les llenó el tanque a manija y de fiado.

_Los dos hombres tuvieron que vadear el río, luchando a brazo partido en la oscura tempestad. Esas seis cuadras para acercarse al ómnibus, les llevó más de veinte minutos. Al llegar, la gente ya estaba subida a los asientos, por el metro de agua que había dentro del vehículo.

_¡Emilia!, ¿te acordás de la orden del sargento?

_¡Sí!, “niños y mujeres primero”

_Pero no fue así, el hombre de ciento veinte kilos se subió de callado y no pudieron hacerlo volver porque entrar al coche era más difícil que salir.

El bote con la primera tanda de pasajeros viró hacia Florida, siguiendo las luces de la costa porque no tenía farol, pero al encontrarse con un alambrado, tuvo que optar por la orilla opuesta, San Ramón. Ese cambio hizo que el regreso fuera más prolongado que la ida.

_Lamenté mucho aquel episodio del segundo viaje. Trasladaron a cuatro mujeres más, pero aquella señora que no pudo subir por el sobrepeso, desapareció en las aguas.

_Teodora, ¿y aquellas fieles esposas?

_No quisieron abandonar a sus maridos. Recuerdo la señora de cabellos blancos, allá, en el fondo del vehículo que aún tenía las luces encendidas, quedó abrazada a él. ¡Dios los tenga en la gloria!

_El tercer intento estrezó más a los rescatadores, pues quedaron sin motor a causa de la rotura de una chaveta de la hélice y tuvieron que regresar a la orilla. Menos mal que un mecánico de los bomberos lo pudo arreglar y volvieron. Para ese entonces dos hermanas ya se habían tirado al agua.

_Emilia ¿me perdonaste el puñetazo en la nariz? Era la única forma que tenía para obligarte a entrar en razones, salir por la ventanilla y nadar hasta donde pudiéramos.

_Sí mujer, ya ni me acuerdo.

La próxima vuelta se frustró. El bote no pudo llegar a tiempo. Sacudido por los remolinos, chocó contra uno de los pilares del puente, se tumbó y sus conductores cayeron al agua. Luego la corriente los depositó en un remanso, al amparo de unos árboles. El destino había tejido una confabulación de variada trama, no obstante, sin importar lo empapados que estaban los dos hombres intentaron volver nuevamente.
Amanecía cuando recogieron de las frías aguas a un señor mayor, que al creer que ya no regresarían, se había lanzado desde una de las ventanillas. Un hombre más joven se asía de una rama. Otras dos muchachas fueron embarcadas por un vecino de la zona, en un bote a remo y llevadas hasta la orilla, a la localidad de Chamizo.

_Que trabajo le diste al bombero para bajar del árbol.

_¡Mirá Emilia!, yo di trabajo, pero no me aferré a mi salvador como una enamorada.

_Nunca entendiste -Teodora, ¡estaba horrorizada! con las víboras que había en las ramas.

A las seis de la mañana del martes diecinueve, el ómnibus se hundía de culata con veintiséis pasajeros.

{“Tiempos de LLuvia” es una marración basada en hechos reales ocurridos en el Uruguay en la década del cincuenta. Su contenido no ha sido exagerado, por el contrario, se omitieron otros hechos. Los nombres de los personajes son ficticios. Actualmente viven, como también sus rescatadores.}